Siria, los gases tóxicos y la primavera árabe
TOMÁS BUCH (*)
Estamos en vísperas de una intervención de Estados Unidos en la guerra civil siria que ya destruye el país desde hace dos años y medio. Una intervención que no tiene una explicación creíble, que agravará las condiciones de la guerra civil y que amenaza al mundo con una guerra de alcances imprevisibles. Estados Unidos formó, alimentó con armas y financió a Al Qaeda contra los rusos en Afganistán. Una de las respuestas fueron las Torres Gemelas. Otra, una guerra que se extiende ya por una docena de años, sin fin a la vista. Luego vino el ogro de Irak, que había sido bueno para pelear contra los revolucionarios iraníes y de repente se hizo malo, fue invadido, y hace diez años que se matan entre sunnitas y chiitas. Y Libia, una dictadura que funcionaba, que también fue alternativamente buena y mala, se cambió por un caos desconocido. Un Egipto con futuro incierto. Un Túnez misterioso. Una Turquía que se islamiza. Peligro: la islamización de toda la Media Luna Fértil, con Israel en el medio, lo único que todos tienen en común. La guerra civil siria muestra una situación sumamente confusa. De un levantamiento democrático contra la dictadura laica de los Al Assad, apoyado por Hezbollah (el “Partido de Dios”) e Irán, la guerra está degenerando en una lucha de extremistas islámicos de orígenes varios –hasta paquistaníes y afganos– que cuentan con apoyo occidental. Resultado: 100.000 muertos y cinco millones de fugitivos, mayormente a Turquía. Ahora Estados Unidos busca compinches para una nueva aventura. Hubo, presuntamente, uso de armas químicas, tema que aún no ha terminado de investigar Naciones Unidas. Los estadounidenses afirman tener la seguridad de que fueron usadas pero no muestran las pruebas, que la ONU tendrá recién dentro de unos días. Estados Unidos no tiene ganas de esperar, pero muerde el freno de la repulsa global. El mundo gime y protesta contra un nuevo atropello inútil que puede sumir al mundo en un conflicto incontrolable, ya que se ignora cuántos bandos hay y Estados Unidos apoya a un bando y Rusia, al otro. Hubo entre 500 y 1.000 muertos por gases, filas de niños muertos que se muestran en todos los informativos. Se especula si fue sarín o gas mostaza (que son casi distinguibles a simple vista) y se expresa la seguridad de que fue gente de Al Assad la que lo usó. Para eso nos muestran continuamente una larga fila de niños muertos que no prueban nada. ¿Por qué no esperan el informe de los expertos? Porque Obama quiere atacar y el informe de la ONU tal vez diga que no fue Al Assad el gasista. De todos modos, es un crimen horrible. Como toda guerra. Las armas químicas están bajo una regulación especial que las prohíbe, así como las bacteriológicas y las nucleares. Una bomba de racimo, ¿mata menos gente que una granada de sarín? Ésta es una pregunta peligrosa, porque el sarín está prohibido y las bombas de racimo no. Un ejemplo más de la tremenda hipocresía occidental; se quieren sacar de encima el problema al punto que el mismo Obama consulta a su Congreso, el inglés Cameron quiere pero no lo dejan y el francés “socialista” Hollande no pregunta a nadie, porque Francia fue la dueña colonial de Siria y Líbano. La forma más sencilla de describir los acontecimientos en esa región ha sido hablar de la lucha entre sunnitas y chiitas, o antagonismos entre los elementos a favor y en contra del gobierno sirio, un gobierno laico de la etnia minoritaria alauita cuya religión se acerca al odiado chiismo y crea un puente de acceso de Irán al Mediterráneo. Sin embargo, la situación siria es mucho más compleja, en parte debido al carácter multiétnico del país. La guerra en Siria es tan duradera y molesta precisamente porque se trata de un conflicto tan “multicapas” que comprende al menos seis diferentes batallas que tienen lugar al mismo tiempo. En primer lugar, se trata de una revuelta ciudadana nacional contra el régimen de la familia Al Assad, que ha gobernado Siria durante 43 años. Esto ha provocado una respuesta militar violenta del régimen, hasta militarizar el conflicto político. El presidente hereditario de segunda generación es laico y el partido gobernante es el Baaz sirio, que en algún pasado (en tiempos de Nasser, hace medio siglo) fue nacionalista y socialista, pero todo el grupo dominante es alauita, una etnia minoritaria que habita la zona costera pero que domina en el ejército. Al Assad sería más feliz como oftalmólogo, pero tuvo que mantener la dinastía. En segundo lugar, la lucha armada por el control de Siria volvió a encender la segunda capa del conflicto, que ha definido la región desde la década de 1950 –la guerra fría árabe entre las fuerzas regionales variadas que cambian con el tiempo, pero que no se pueden describir fácilmente desde sus ideologías militantes–. Hay fundamentalistas sauditas y qataríes que son buenos y fundamentalistas de Al Qaeda que son malísimos pero esta vez están de nuestro lado, con consecuencias que ya se vieron una vez. La tercera capa del conflicto en Siria es la vieja rivalidad iraní-árabe, que se define muchas veces como una rivalidad entre chiitas y sunnitas pero se remonta a siglos atrás. El cuarto conflicto que se desarrolla en Siria es la versión renovada pero más limitada de la Guerra Fría entre Estados Unidos y Rusia (con otros actores, como China y una variedad de Estados europeos dando vueltas para recoger contratos de energía y otros resultados). Siria no tiene petróleo, pero está atravesada por un oleoducto que lleva el de Irán a los centros de consumo europeos vía el acceso al Mediterráneo. Sería bueno controlar ese conducto. El quinto conflicto en Siria es la tensión centenaria entre el poder del Estado moderno centralizado y las fuerzas de la desintegración y la fragmentación por motivos étnicos, religiosos, sectarios, nacionales y tribales, que siempre irrumpen cuando falla el Estado o su gobierno. Y la sexta y más reciente capa del conflicto en Siria es entre las fuerzas de Al Qaeda, de inspiración salafista fanática, y la Hermandad Musulmana, contra los laicos demócratas, una especie de réplica de los acontecimientos egipcios. Así que lo que estamos presenciando en los alrededores de Siria es mucho más complicado que el desborde a los países vecinos o la continuación de la rivalidad entre sunnitas y chiitas. Toda la Media Luna Fértil (salvo Israel, es de esperar, pero incluyendo la laica Turquía, que quiere entrar en la UE) está en peligro de caer en el fanatismo islámico, que será alimentado con una mayor intromisión occidental. A esto se agrega la presencia de una minoría kurda de cierta importancia que se extiende por el norte de Siria, pero ya sabemos que hay kurdos desde Turquía hasta Irán. Los kurdos sirios están siendo atacados por los seguidores de Al Qaeda, sin que por eso se los deba considerar partidarios del gobierno de Al Assad. ¿Son buenos o malos? Nadie lo sabe. La actitud de Occidente nunca ha sido ambigua, hace mucho que suministra armas a los rebeldes. Sin embargo, éstos al parecer tienden a perder terreno, así que hay que ayudarlos, no sólo con armas –que mueven las economías de varios países–. El argumento –verdadero o falso– de esa intervención es el pretendido (y tal vez cierto) uso de armas químicas de Al Assad contra sus propios ciudadanos –al parecer, sobre todo, en tiempos pasados–. Como lo hizo, hace años, Saddam Hussein contra los iraníes y sus propios ciudadanos kurdos. Y ahora los ataques con gas sobre poblaciones civiles sirias, que dejaron cientos de muertos. Mientras Occidente se manifiesta convencido de que ese ataque provino de las tropas gubernamentales y se prepara para una intervención militar contra Al Assad, éste lo niega. El argumento se parece notablemente al empleado para justificar la invasión a Irak, cuya posesión de armas de destrucción masiva resultó ser una histórica mentira. Los israelíes se mantienen alertas, mientras Al Assad e Irán anuncian acciones contra Israel, si se produce un ataque occidental contra ¿quién? (*) Físico y químico