Sistema político: vulgaridad y ausencias
DEBATES
CARLOS TORRENGO
carlostorrengo@hotmail.com
De todos los defectos de un gobernante, algunos alcanzan el rango de graves.
Uno –escribió uno de los más lúcidos conservadores argentinos, Eduardo Hardoy– es el “corazón ligero” con que se asumen decisiones. La caracterización no era suya. Le llegaba desde la autocrítica con que la historiografía francesa define la frivolidad en muchas tomas de decisiones que jalonan la historia gala.
Siempre siguiendo a Hardoy, se ubica otro defecto grave en un gobernante: “El hinchado demagogo”. Alentado por la vanidad, el gobernante y un imaginario de reproducción eterna de su poder se deslizan hacia la desfiguración de la realidad. Su discurso, entonces, se convierte en un modelo de “vaciedad sonora, gestos teatrales y ridículos”, sentencia Hardoy.
La presidenta de la Nación Cristina Kirchner despliega hoy su relación con la sociedad con mucho de estos dos defectos: “corazón ligero” e “hinchado demagogo”. Huelgan los datos que fundamentan esta reflexión. Optemos por algunos que, por su proyección, se definen nada más que en términos graves.
En relación con “corazón ligero”, vale la conducta frívola seguida por el gobierno nacional en la tragedia ferroviaria de Once. Para la abogada Delia Ferreira de Rubio –de Poder Ciudadano–, “la presidenta no entiende que el poder concentrado que ejerce implica la concentración de las responsabilidades”. Así, sorprendida por la magnitud del hecho y la vinculación de éste con el irracional manejo de la política de transporte que hace el gobierno, la presidenta calló primero. Se fue a El Calafate después. En un gesto que abonó sólidamente el convencimiento de que medio centenar de muertos y cientos de heridos no eran otra cosa que expresión natural de la dialéctica de la vida.
Trascartón, habló su gobierno vía distintos funcionarios. Cínicamente le restaron toda culpa en el suceso. El infierno eran, en todo caso, el maquinista, TBA. Y eventualmente todo el resto de la vida argentina que estuviera por fuera del oficialismo. Hasta los nacidos en ese día tan duro. “Y en un alarde de insensatez –por no decir algo más fuerte– se trató de descargar responsabilidades en las propias víctimas por su cultura de viajar en los primeros vagones para llegar rápido a trabajar o subirse en ‘sitios vedados’ pero abiertos y no resguardados”, reflexiona Delia Ferreira Rubio.
Esta conducta conlleva un fiel ejemplo de “corazón ligero”. Por la magnitud de lo sucedido en Once, no es un dato más en la historia de la presidenta. Es sí el más grave, en clave a tragedia. Pero a diario la mandataria alimenta con gestos y palabras la frivolidad que da forma a la cultura de “corazón ligero”.
Y así se establece un puente entre ese “corazón ligero” y el “hinchado demagogo” del que también hablaba el inteligente Emilio Hardoy.
Es desde ese “hinchado” que el discurso cotidiano incrementa con tenacidad la vocación por la vulgaridad de formas y la hartante repetición argumentativa.
Nada nuevo hay en estas líneas al afirmar que la centralidad de ese discurso abreva en el desprecio por lo diferente, por lo distinto.
Su visión binaria, maniquea de la historia del país y de la política, abreva en dictados muy profundos de su formación intelectual en esos planos. Y tampoco hay nada nuevo en que en su discursividad siempre está vigente su convicción de ser permanentemente blanco de conspiraciones que se suceden sin solución de continuidad. Ad infinitum.
Lo realmente nuevo en sus palabras es la creciente voluntad por apelar a la vulgaridad con que se refiere a temas de fuerte trascendencia política. Apelación desplegada mediante expresiones intimistas. Propias de tertulias de media tarde entre amigas y torta mediante. Construcciones semánticas generalmente direccionadas a valorizar lo propio o fustigar lo distinto. No hay astucia en ese estilo. Menos, entonces, ironía e imaginación.
El imaginario binario desde el cual asume la presidenta la política no le deja espacio para la agudeza de pensamiento que ambas requieren.
Desde estas perspectivas, la discursividad de la presidenta es rústica. Propia de chanzas de café luego de un Boca- River.
¿Qué gana –por caso– la mandataria al derramar su enojo diario con muchos medios, al evitar nombrarlos mediante la patética fórmula “ya saben a qué diario me refiero”, si igualmente esos medios la sacan de sus casillas y ella termina hablando de ellos?
¿Qué quiso ganar –por caso– al apelar hace horas a la tapa del diario “El País” de España, hablar del jaque que tiene la economía española y señalar con su índice a “este pelado”, el ministro de economía del gobierno de Rajoy?
¿Qué gana –por ejemplo– al soslayar maniáticamente en sus discursos toda reflexión sobre la inflación que lastima a millones de argentinos pero para alguno de sus ministros es sólo una sensación?
¿Qué ganó con el gesto disfrazado de conducta patriótica con que alentó recientemente poner en ridículo al primer ministro inglés Cameron por el tema Malvinas?
Ganó, sí, la aprobación mecánica de la corte de funcionarios que la rodean en cada discurso. Esos círculos que, “caros al afecto del gobernante, más de una vez deforman, al calor de la amistad, la sensación del interés general”, escribió otro conservador lúcido: Roque Sáez Peña.
Círculos que son ajenos al daño que inflige a su poder la vulgaridad discursiva de la presidenta.