A 50 años del golpe, repintaron los pañuelos en el Centro Cívico de Bariloche: «Es la plaza del pueblo»
Cientos de barilochenses y turistas se congregaron esta mañana en la plaza para repintar los pañuelos y mantener viva la memoria. Cómo se gestó el reencuentro ideado por la dirigente sindical Graciela Bedini.
Cada 24 de marzo, la gente se concentra en la plaza del Centro Cívico en el corazón de Bariloche con pequeños tarros de pintura. Poco a poco, empiezan a repintar los pañuelos blancos. Cada uno lleva un nombre. Así como cada año se suman más pañuelos con nombres, en esta ocasión, se sumaron algunas flores de colores. Esta mañana, no importaban los 5 grados, familias, gente mayor, referentes de instituciones y sindicatos se pusieron manos a la obra en el ritual que se lleva adelante en Bariloche desde hace 25 años.
«¿Me prestarías el pincel para pintar uno?», preguntó una mujer a un joven que acababa de dejar un pincel sobre la tapa de un frasco. «Todo tuyo», fue la respuesta amable del otro lado. A unos metros, dos personas se abrazaban emocionadas; mientras otro grupo hacía sonar kultrunes y rodeaba la estatua de Roca cubierta por un kutrun gigante.
María Lanari y Leo Gallo, concentrados, repintaban dos pañuelos. Se sumaron a esta convocatoria desde un inicio. Cada año, solo indagan la hora de encuentro y allí están. «Vinimos a pintar los nombres de amigos y compañeros del colegio y el Club de Rugby de La Plata, un lugar álgido. Quedó como una forma de honrarlos. De traerlos de nuevo a la memoria«, comentó Gallo.

Consideró que la controversia que generó la pintada de pañuelos en el corazón del Centro Cívico «refleja lo que ocurría en los años 70. La mayoría quería un cambio por el bien común, pero hubo una minoría que tomó el poder y generó esa represión». Recordó que años después de esa primer iniciativa, se sumaron los kultrunes: «Sucede que el del pueblo mapuche fue el primer genocidio«.

En otro extremo de la plaza, Vicente Padilla pintaba el nombre de sus primas; mientras Susana Capobianco avanzaba con el de otras dos personas: «Pinto a Rudy que lo secuestraron junto con Cristina y conmigo el 27 de enero de 1977. Estuve en el Pozo de Quilmes, pero yo tuve más suerte que ellos. Ellos siguen desaparecidos, aunque siguen en la memoria. Seguir reclamando para que aparezcan es mantener viva la memoria. Esto no puede olvidarse, ni negarse«, manifestó Susana con la voz entrecortada.
Kitty Villagra pintaba el nombre de su hermana Julia. «A mi hermana la mataron de un tiro en la espalda cuando tenía 18. Ella repartía volantes en San Isidro. Pudimos hacer el juicio y el responsable está en la cárcel», recordó la mujer, mientras descansaba sentada en el piso. Vivió en Buenos Aires hasta 1975 cuando, junto al padre de sus hijos, decidieron radicarse en Bariloche. «Yo estudiaba Psicología en la universidad pero nos vinimos porque allá no sabías cuando te mataban. Fueron 30 mil, no se puede olvidar lo que hicieron los militares. Esto es mantener viva la historia«, explicó la mujer.

Así se gestó la pintada de pañuelos
La pintada de los pañuelos nació en 2001, como una idea de Graciela Bedini, secretaria general del Soyem y de la CTA, que murió diez años después.
Cada 24 de marzo, esta dirigente sanjuanina proponía alguna forma novedosa de visibilizar la fecha. Tras una suelta de globos negros, sugirió pintar pañuelos blancos en el lugar más emblemático de la ciudad. La idea cautivó a su esposo, Oscar de Paz, y a Marta Olivera, otros dos referentes sindicales en Bariloche que rápidamente trasladaron la iniciativa.

A 50 años del golpe, Manuel de Paz, el hijo de Graciela, se sumó junto a su hermano y su padre, una vez más a la repintada de pañuelos. «Cuando todo esto arrancó, yo tenía 17 años. Terminaba la secundaria. Cada vez se fue sumando más gente y el intendente de turno reaccionaba mejor o peor. Hubo quienes intentaron tapar los pañuelos e incluso tirar aceite para no poder repintarlos«, recordó Manuel que hoy tiene 42 años. Valoró que la tradicional marcha por la tarde sigue siendo «una forma de interpelar, pero esto es un ambiente familiar. Pintar estos nombres es una forma de dejar una huella y contraponer la idea de que el patrimonio histórico es vivo y se construye todos los días».
En tanto, Oscar recordó que, en un principio contaban con plantillas para dibujar los pañuelos en la plaza. «Cuando la idea se difundió, fue un escándalo porque algunos decían que íbamos a arruinar el patrimonio. Al principio éramos unos 30, 40 que pintamos un pañuelo grande y otros seis, siete más chiquitos. Cada año se fue sumando gente nueva y ahora no sabés si son barilochenses o son turistas», aseguró.
¿Qué significa para él cada reencuentro el 24 de marzo por la mañana? «Es un lugar de reencuentro, una marca que ha quedado. La plaza es nuestra, el centro de todos los reclamos y las expresiones populares. Es la plaza del pueblo. La Plaza de los Pañuelos la inventó Graciela y uno no puede evitar emocionarse«, concluyó.

Cada 24 de marzo, la gente se concentra en la plaza del Centro Cívico en el corazón de Bariloche con pequeños tarros de pintura. Poco a poco, empiezan a repintar los pañuelos blancos. Cada uno lleva un nombre. Así como cada año se suman más pañuelos con nombres, en esta ocasión, se sumaron algunas flores de colores. Esta mañana, no importaban los 5 grados, familias, gente mayor, referentes de instituciones y sindicatos se pusieron manos a la obra en el ritual que se lleva adelante en Bariloche desde hace 25 años.
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