Abstracciones que matan

Los teócratas iraníes sueñan abiertamente con una batalla apocalíptica contra los no creyentes que dará lugar a un nuevo orden mundial que ellos dominarán.

Por James Neilson

El fallecido líder supremo iraní, ayatolá Ali Khamenei. Foto: AP.

Los líderes comunistas de Cuba harán lo que resulte necesario para mantener viva su “revolución”, incluso si eso significa dejar que toda la población de la isla muera de hambre. Los clérigos que gobiernan Irán y sus partidarios están igualmente dispuestos a sacrificar a los habitantes de su país en aras de su “revolución islámica”. Al igual que los cubanos, están decididos a subordinar todo a la abstracción que los obsesiona. Para más señas, nunca han ocultado su deseo de matar a todos los israelíes y a quienes viven en la misma región antes de pasar a hacer lo mismo con los norteamericanos y sus aliados. Durante casi cincuenta años han dejado sus intenciones asesinas meridianamente claras.

  Sería difícil imaginar un grupo de sujetos más peligroso que los teócratas iraníes. Lo suyo es un culto a la muerte con un claro parecido al de los yihadistas detrás del Estado Islámico que no hace mucho tiempo sembraron el terror en Oriente Medio e inspiraron brutales masacres en París, Moscú y otras ciudades. Sueñan abiertamente con una batalla apocalíptica contra los no creyentes que dará lugar a un nuevo orden mundial que ellos dominarán. Simplemente quedarse de brazos cruzados y permitirles adquirir las armas nucleares que les ayudarían a lograr sus objetivos no puede considerarse una opción razonable, pero hay muchos en Occidente que insisten en que es “ilegal” intentar detenerlos por medios militares, razón por la cual se oponen a los intentos de Israel y Estados Unidos de librar al mundo de ellos.

   Para quienes se identifican con una causa, el simple hecho de sobrevivir puede ser considerado una victoria. Los partidarios de la dictadura iraní piensan que, si se mantiene en el poder a pesar del daño causado al país por los israelíes y los norteamericanos, habrán ganado. Es lo que dicen a sus compatriotas iraníes, de los cuales la mayoría los odia. Sin embargo, cuando éstos, tras ser alentados por Donald Trump, protagonizaron protestas callejeras masivas contra el régimen, decenas de miles de hombres, mujeres y niños fueron abatidos sin piedad por sus opresores sin que su situación despertara mucha simpatía en Estados Unidos o Europa.

  Para muchos en Occidente, el destino del régimen teocrático importa mucho menos que el de Trump y el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu. Se les acusa de provocar a los iraníes para que reduzcan drásticamente el suministro mundial de petróleo cerrando el estrecho de Ormuz y atacando a países árabes vecinos con misiles y drones. Para quienes piensan así, la incapacidad de Estados Unidos e Israel para derrocar al régimen solo mediante el poder aéreo es un resultado positivo; si Trump llega a poner “botas sobre el terreno”, se encargarán de que pague un alto precio en las próximas elecciones legislativas en su país.

  Tales actitudes son miopes. Hay mucho más en juego aquí que las reputaciones de un presidente estadounidense profundamente defectuoso o de un líder israelí controvertido. Si, como muchos parecen pensar, el poder de Estados Unidos ha demostrado ser tan limitado que es incapaz de eliminar una tiranía impopular y extraordinariamente agresiva que representa una amenaza para todo el planeta, los próximos años podrían ser mucho más convulsos de lo que incluso los más pesimistas nos harían pensar.

  En cualquier caso, los límites del poder estadounidense tienen menos que ver con lo que está ocurriendo en Oriente Medio que con la falta de voluntad de los norteamericanos mismos de asumir las responsabilidades que corresponden a una superpotencia. Aunque parece que, a pesar de querer reanudar las negociaciones organizadas por Pakistán, Trump se ha dado cuenta de que dependería de él despejar de minas el estrecho de Ormuz para que pudiera reabrirse al tráfico marítimo, incluso si eso implicaba tomar el control de las áreas adyacentes, pero sigue siendo reacio a arriesgarse a quedar “empantanado” en un conflicto que podría durar varios meses. También ha fracasado en convencer a sus compatriotas de que, a menos que se ponga fin a una teocracia asesina, su propio país sería culpado por las consecuencias.

  El régimen iraní tiene dos grandes activos: su capacidad para bloquear el estrecho de Ormuz y el desprecio que tantos sienten por Trump que, en opinión de muchos, es un fanfarrón mezquino que se las ha arreglado para insultar a los líderes de muchos de los aliados tradicionales de su país. Los islamistas iraníes han hecho buen uso de ambos, pero al mantener al mundo como rehén económico y al jactarse prematuramente de haber humillado a Trump, pueden haber exagerado su jugada al obligarlo a hacer lo que sea necesario para provocar su caída y, de ese modo, demostrar a sus críticos que no es un perdedor.


El fallecido líder supremo iraní, ayatolá Ali Khamenei. Foto: AP.

Los líderes comunistas de Cuba harán lo que resulte necesario para mantener viva su “revolución”, incluso si eso significa dejar que toda la población de la isla muera de hambre. Los clérigos que gobiernan Irán y sus partidarios están igualmente dispuestos a sacrificar a los habitantes de su país en aras de su “revolución islámica”. Al igual que los cubanos, están decididos a subordinar todo a la abstracción que los obsesiona. Para más señas, nunca han ocultado su deseo de matar a todos los israelíes y a quienes viven en la misma región antes de pasar a hacer lo mismo con los norteamericanos y sus aliados. Durante casi cincuenta años han dejado sus intenciones asesinas meridianamente claras.

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