Cinco cocineras de Bariloche, 400 raciones diarias y una misión que no da respiro
El trabajo comenzó en 2020 cuando se alimentaba a 30 personas. Poco a poco, los comensales fueron aumentando y las cocineras debieron aprender a entender las cantidades.
«De nada. Buen provecho», se escucha decir, una y otra vez, en la cocina de la Fundación San José Obrero, en el barrio Malvinas, al sur de Bariloche. Hacia el mediodía, comienzan a aparecer niños, jóvenes y adultos que se agrupan en el salón. Otros se asoman por una ventana que conecta directamente a la cocina. Desde ahí, Estela recibe los tuppers que va amontonando sobre una mesa, al tiempo que entrega otros que contienen varias porciones de pizza. La mujer es tan veloz para la entrega como amable en el trato. Mientras tanto, en la cocina, Meli le coloca orégano a las pizzas mientras canta a los gritos: «El tiempo que duró nuestro amor». Ante la risa de sus compañeras, amaga con bailar. María desparrama el queso de algunas pizzas y luego, procede a cortar prolijamente las porciones.
El reloj está por marca las 12.30. Hora de comer. Alejandra prepara la primera asadera gigante que contiene un montón de porciones y la lleva hasta el salón donde los comensales aguardan, sin ocultar su ansiedad. «De a uno, ¿si? Así alcanzan para todos, por favor», les implora, siempre con una sonrisa.
«Hola, abuelo, ¿cómo lo trata el frío? Ya le preparo su bandejita», le dice Titi dulcemente a un hombre. Apenas se le ve el rostro por su bufanda y el gorro que parecen protegerlo del termómetro bajo cero.

Las cinco cocineras llegan a partir de las ocho a la Fundación San José Obrero, de lunes y viernes, donde permanecen unas 8 horas. La tarea es ardua y cansadora: preparan comida para unas 400 personas. El menú, especificado en un cartel colgado en la pared, es de lo más variado: tallarines con salsa, guiso de lentejas o de porotos, polenta con tuco, estofado, milanesas y la pizza, el clásico de los viernes. Para el último día de la semana, preparan 25 pizzas en asaderas gigantes.
En otros carteles, tienen anotadas las cantidades que no son menores. Para los tallarines, usan 60 paquetes de fideos y 8 kilos de cebolla, entre tantos otros ingredientes. Para la carne o pollo al horno, con ensaladas o puré, emplean 40 kilos de carne y 60 kilos de papa. Los guisos, por ejemplo, requieren 15 paquetes de lentejas y 15 kilos de carne, además de muchos otros insumos.
De 20 a 400 comensales
Meli se sumó a la cocina seis años atrás durante la pandemia. Solo que en ese momento, se preparaba comida para unas 20 o 30 personas. Nunca imaginó que la situación cambiaría drásticamente en los próximos años. «El tiempo nos fue enseñando. Fuimos calculando cómo cocinar: alguno nos decía que con cinco kilos de arroz podíamos alimentar a 40 personas«, comenta al tiempo que le sonríe a un nene y le asegura que espere su tupper con pizza.
«No vengo de este rubro, pero me gusta cocinar de chiquita. Y acá cocino como lo hago en casa: con ganas. Me gusta cocinar así como me gusta comer«, acota la más bromista del grupo.
Alejandra, en cambio, era ayudante de cocina en un reconocido restaurante de Bariloche. Ahora colabora en la fundación, cortando verdura y carne, entregando viandas o ayudando en lo que sea que se necesite. «Empecé cuando me anoté en un taller y acá estoy. Lo que más disfruto es el compañerismo. Muchas veces, acá encontrás una contención que no hay en otro lado. Yo siento la necesidad de venir. Me hace bien, pero también te rompe el corazón ver a tanta gente que viene a buscar comida«, reconoce la mujer, con los ojos llorosos por la emoción.
Sucede que cada vez más, la cocina de la fundación recibe a más gente en busca de comida lo que genera una fuerte preocupación. «Ayer entregamos guiso y hubo mucha gente que vino tarde y ya no quedaba nada. A veces, te vas medio bajón. La comida queda rica y uno logra sacar todo en horario, pero pareciera que eso tampoco alcanza«, plantea Alejandra.
Las porciones de pizza se van agotando y María, otra colaboradora, se apura a terminar de lavar la asadera vacía para llevar otra bandeja a la mesa. De pronto, la gente empieza a cantar el feliz cumpleaños. Las miradas se concentran en un joven que sonríe agradecido.
«A veces duele el corazón cuando caen abuelos y ya no hay cupos para la comida. Es feo tener que decir que no queda más. Muchas veces, les damos un paquete de arroz crudo para que se cocinen en la casa»,
María, integrante de la cocina.
La misión de las 400 milanesas
Lo más complicado, coinciden las cocineras, es preparar 400 porciones de milanesas. Con este menú, demoran al menos tres días. «Pero las milanesas les encanta, igual que cuando hacemos pizza: la gente se para ansiosa, no bien nos asomamos con las bandejas. Es como la abeja en la miel», define Meli.
Estela lleva cuatro años al frente de esa cocina. En realidad, la mujer se había inscripto en el taller de panadería de la fundación y luego, en un curso de embutidos. De a poco, empezó a colaborar con la cocina hasta que Jorge, el encargado, se jubiló y le ofrecieron ese puesto. «Ha sido un aprendizaje constante. Cuando hacemos tallarines usamos 35, 40 paquetes y 35 kilos de carne para el tuco. El trabajo es cansador, pero cansa un poco más que cada vez vienen más abuelitos y mamás solas con nenes a pedir comida. Hay mucho hambre«, señala la mujer.
Valora que, a veces, les llevan un regalito para valorar el esfuerzo, pero considera que muchas veces no se tiene en cuenta la tarea. «Tratamos de cocinar rico como hacemos en nuestras casas. Cocinamos con amor», confía.
Titi trabajó muchos años como madre cuidadora en un jardín maternal y hoy, también se suma como colaboradora en la cocina. «Ella fue mi maestra en la guardería. Es loco trabajar juntas ahora», resalta Meli mientras la abraza con fuerza.
Un ración de almuerzo de 700 pesos
El servicio del comedor en el barrio Malvinas comenzó en 2020, justo durante la pandemia mientras se desarrollaban algunos talleres de capacitación para personas que no tenían dónde estar y evitar, a su vez, que los chicos estuvieran en la calle.
En ese momento, el comedor albergaba a unas 30 personas. Hoy, se preparan 400 raciones por día. La mitad se entrega a los participantes de los diversos talleres de La Fábrica de Futuro y la otra mitad, se brinda como vianda para que la gente coma en sus casas.
El servicio se sostuvo desde un inicio a través del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que se administra desde el Ministerio de Desarrollo Social de Nación. No solo se provee el dinero para la compra de insumos sino que evalúa las compras en base al valor nutricional que incluye las calorías y harinas. Una vez por mes, integrantes del PNUD lleva adelante una inspección y controla que la cocina esté en condiciones, sugieren arreglos y evalúan el menú.
«El problema es que el valor de la ración es bajo (763 pesos) y, a la vez, tenemos muchas más personas. En este momento, nos están pagando 330 raciones, cuando, en realidad, estamos llegando a 400«, señala Fernando Fernández Herrero, director de la Fundación San José Obrero.
¿Cómo logran contrarrestar los montos? Este año, la fundación adhirió al Banco Patagónico de Alimentos, un programa que hace un rescate de insumos de dos supermercados. Son alimentos que, según consideran los supermercadistas, ya no venderán por la inminente fecha de vencimiento. «Cuando nos avisan, retiramos esos insumos y los complementamos con el resto», acota. Otro supermercado aporta los artículos de limpieza.
«La crisis económica, la falta de trabajo y los bajos sueldos hacen que cada vez venga más gente. Le damos prioridad a determinadas personas: madres con hijos o gente mayor. Tenemos mucha gente en situación de calle que viene a comer así como personas con padecimiento de salud mental. Nos genera una responsabilidad enorme todo esto«, admite Fernández Herrero que valora las horas de trabajo que aportan estas cinco mujeres que integran el área de la cocina.
«Es tan duro como impresionante. A las 8 de la mañana, ya están pelando papas o cebollas. Hay que darle de comer a 400 personas. No es nada fácil«, reconoce.
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