Cuti, Roberto y seis Carabajal más: el día en que el patio santiagueño se vivió en una chacra del Alto Valle

La histórica familia folklórica reunió música, poesía y tradición en una tarde patagónica. Entre chacareras, relatos familiares y generaciones unidas sobre el escenario, los Carabajal volvieron a demostrar por qué su obra emociona más allá de Santiago del Estero y atraviesa la identidad cultural de toda la Argentina.

Por Natalia López

Es domingo en Plottier. El sol cae sobre los árboles añosos de una chacra de Plottier, mientras las hojas amarillas del otoño alfombran el césped. Pero hay algo en el aire que desarma la geografía: la sensación de estar en un patio santiagueño. Desde distintos puntos del país, llegaron Cuti, Roberto y otros seis integrantes de la familia Carabajal para compartir su música y una tradición que atraviesa generaciones. Entre tortas fritas, asado, vino patagónico y guitarras, las chacareras y zambas convirtieron la tarde en una celebración colectiva a orillas del Limay.

Saúl Belindo “Cuti” y Roberto Carabajal, dos leyendas vivas de la música argentina, portan en sus voces el peso de una herencia que trasciende el tiempo. Junto a Diario RÍO NEGRO caminan las calles de tierra a pocos metros del río Limay, encabezando un grupo familiar que llegó al sur para compartir la música y la poesía norteña. Junto a ellos están Juan, Dipi, Jorge Luis, Agustín, Florian y Rodrigo, distintas generaciones de una misma raíz artística que sigue encontrando nuevas formas de expandirse.

El folclore: una forma de ser y estar en el mundo


Para los Carabajal, el folklore no es un género de vitrina, sino una defensa activa de la identidad. «Si usted me dice qué es un folclorista, míreme a mí. Yo soy un folclorista, defiendo la tierra, las costumbres», afirma Cuti con la convicción de quien ha «mamado» la cultura desde la cuna.

Cuti y Roberto Carabajal encabezaron una reunión familiar y musical que convirtió a Chacrita La Luna en una peña folklórica a orillas del Limay. Foto gentileza.

Esa manera de entender el folklore atraviesa a toda la familia Carabajal. No aparece como una pieza de museo ni como un espectáculo que empieza y termina arriba de un escenario: es una práctica cotidiana que moldea la relación con la tierra, la memoria, la música y los vínculos con los demás.

Entre chacareras, humor y relatos compartidos, los Carabajal desplegaron en Plottier una celebración de la identidad folklórica argentina. Foto gentileza.

La charla fluye como el Limay buscando su cauce, una metáfora que ellos mismos usan para describir la música popular. Roberto, con la serenidad de la segunda generación de esta dinastía del barrio Los Lagos, en La Banda, Santiago del Estero, explica cómo la música actúa como un puente para los desterrados: «A través de la música los acercamos nuevamente a que se sientan realmente como en su pago». Es esa nostalgia, ese “extrañar”, lo que fertiliza la poesía que luego recorre el mundo.

Entre santiagueños, neuquinos y familias enteras, la música de los Carabajal encontró eco mucho más allá de las fronteras del norte argentino. Foto gentileza.

Dentro del auditorio de La Chacrita conviven historias muy distintas. Hay santiagueños y santiagueñas que dejaron el pago atrás, pero también patagónicos sin raíces norteñas. Todos vibran con la misma intensidad al ritmo de las chacareras y la poesía popular.

La música, la poesía y la complicidad familiar fueron protagonistas de una jornada que agotó localidades en Chacrita La Luna. Foto gentileza.

La emoción que transmiten los Carabajal excede cualquier frontera provincial: habla de la memoria, de la tierra y de una identidad cultural que encuentra eco en todo el país. Y todo eso convive, además, con el humor y la chispa permanente entre ellos, esa complicidad familiar que aparece en cada anécdota y en cada cruce sobre el escenario, y que termina envolviendo también al público.

Un evento especial y una trama de afectos


La escena no nació de una gran productora ni de un circuito tradicional de recitales. Surgió, más bien, de una trama de afectos. Teresita Peláez (Almendras del Limay) fue el nexo entre la familia Carabajal y Verónica Peralta, anfitriona de Chacrita La Luna. “La idea surgió con Tere, de hacer este encuentro con la familia Carabajal. Para nosotros es un honor recibirlos”, cuenta Verónica mientras supervisaba la bienvenida.

Verónica Peralta, Cuti Carabajal, Teresa Peláez y el responsable del exquisito almuerzo criollo con sabor a folclore. Foto gentileza.

Detrás de esa conexión hay otra historia. Peláez trabaja en la Clínica Pasteur y conoció a integrantes de la familia a partir de la rehabilitación de un joven músico que había sufrido una lesión medular y no podía volver a tocar la guitarra. “Desde la clínica lo acompañaron con adaptaciones para que pudiera volver a tocar, y ellos estuvieron presentes en ese proceso. Para Benjamín fue enorme volver a la música acompañado por Dipi y Juan”, recuerda. La presencia de los Carabajal en la región terminó abriendo la puerta a este encuentro en Plottier.

La convocatoria sorprendió incluso a las organizadoras. “Explotó todo. Quedó mucha gente afuera”, resume Verónica. El formato también era nuevo para el espacio, acostumbrado a bodas y eventos sociales. Esta vez hubo que sumar otra logística, habilitaciones municipales y el desafío de montar un espectáculo musical de gran trayectoria en un ámbito íntimo y rural. “Ojalá sea el principio de una larga serie de eventos así”, agrega Teresa.

Los Carabajal en el sur: un encuentro excepcional


La familia Carabajal ha logrado lo que pocos: una integración natural de sus nuevas generaciones. Roberto y Cuti utilizan una analogía culinaria para explicar este proceso: «Los chicos se van preparando como se prepara el pan. Se amasa, se le pone sal, agua… y lo mandás al horno cuando ya está más o menos con la cocción justa». Esa “cocción” lenta, dicen, asegura que el mensaje no se pierda y que la esencia sobreviva a las modas.

Ocho integrantes de la familia Carabajal llevaron su música y su tradición a una chacra de Plottier, en una tarde que tuvo espíritu de patio santiagueño. Y en la que no faltó el fútbol. Foto gentileza.

Pero sostener esa tradición también implica un esfuerzo cotidiano. Florian cuenta que no es tan frecuente que todos puedan reunirse para tocar juntos. Aunque la música atraviesa a toda la familia, muchos combinan los escenarios con otros trabajos y coordinar agendas para organizar giras se vuelve cada vez más difícil. Sin embargo, arriba del escenario nada de eso se nota: las voces, las guitarras y los silencios encajan con una armonía que suena precisa y natural, como si compartieran escenario todos los días.

Más allá de encuentros emblemáticos como la Fiesta de la Abuela Carabajal, en Santiago del Estero, no siempre logran coincidir todos arriba de un escenario. Quizás por eso la reunión el evento tuvo algo especial: el valor de lo excepcional, de la familia reunida lejos de casa para convertir una tarde patagónica en un auténtico patio santiagueño.

Cuti y Roberto Carabajal: el vínculo con Milo J cargado de futuro


La vigencia aparece hoy en otro fenómeno inesperado: el vínculo con las nuevas generaciones urbanas. La reciente colaboración con Milo J dejó una marca profunda en ellos. Roberto y Cuti describen al joven artista como “una persona joven con alma de gente grande”.

Roberto recuerda con emoción haber visto niños de ocho o nueve años sobre los hombros de sus padres cantando clásicos folklóricos en los shows de Milo. “Eso me movió un poco el piso. Tenemos ahí un futuro de 30 años más, por lo menos”, dice.

Cuti y Florian Carabajal unieron sus voces con armonía y potencia, reafirmando la continuidad de una herencia musical que atraviesa generaciones. Foto gentileza.

Para los Carabajal, la canción es un organismo vivo donde música y poesía son inseparables. Roberto destaca la importancia de musicalizar a grandes poetas, de “igualar para arriba” para que las obras perduren.

Al final del día, el paisaje no es algo que se mira: es algo que se lleva adentro. Como resume Roberto: “En mí está el paisaje, ahí adentro”. Mientras ese latido siga sonando, el folklore argentino seguirá encontrando, como el agua, nuevos cauces para llegar a otras generaciones.


Es domingo en Plottier. El sol cae sobre los árboles añosos de una chacra de Plottier, mientras las hojas amarillas del otoño alfombran el césped. Pero hay algo en el aire que desarma la geografía: la sensación de estar en un patio santiagueño. Desde distintos puntos del país, llegaron Cuti, Roberto y otros seis integrantes de la familia Carabajal para compartir su música y una tradición que atraviesa generaciones. Entre tortas fritas, asado, vino patagónico y guitarras, las chacareras y zambas convirtieron la tarde en una celebración colectiva a orillas del Limay.

Saúl Belindo “Cuti” y Roberto Carabajal, dos leyendas vivas de la música argentina, portan en sus voces el peso de una herencia que trasciende el tiempo. Junto a Diario RÍO NEGRO caminan las calles de tierra a pocos metros del río Limay, encabezando un grupo familiar que llegó al sur para compartir la música y la poesía norteña. Junto a ellos están Juan, Dipi, Jorge Luis, Agustín, Florian y Rodrigo, distintas generaciones de una misma raíz artística que sigue encontrando nuevas formas de expandirse.

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