El guardián de la Ruta 23: relatos de un transportista curtido por el clima de la Línea Sur de Río Negro
Con 18 años de experiencia en el transporte de encomiendas, Marcelo lidera un emprendimiento familiar que une Bariloche con los pueblos de la estepa. Los desafíos frente a la nieve, el barro y los pozo.
Marcelo Eduardo Ferrario viaja hace 18 años por la Ruta 23 en la Línea Sur de Río Negro. (Gentileza).
Marcelo Eduardo Ferrario es un hombre curtido por el viento y el frío de la Patagonia. Conoce cada grieta de la Ruta 23 y los secretos de una estepa que a menudo se vuelve hostil para el viajero ocasional. Para él, el transporte no es un simple oficio, sino un compromiso con los habitantes de la Línea Sur de Río Negro que dependen de su llegada. «Por un lado es lindo tener tanta experiencia, pero por otro lado es mucha responsabilidad», afirmó.
Su vida siempre estuvo ligada a los vehículos de gran porte. Fue colectivero durante quince años y camionero otros cinco, antes de volcarse por completo al traslado de encomiendas. Aunque nació en Buenos Aires, reside en Bariloche hace 40 años.
«La conocemos (a la Ruta 23) hasta con los ojos cerrados», aseguró Marcelo. Según el conductor experimentado, este camino impone sus peligros en todas las estaciones del año. En verano, el polvo y los pozos constantes castigan los amortiguadores y la paciencia de cualquier conductor. En invierno, el panorama cambia hacia el blanco absoluto de la nieve o el marrón espeso del barro que atrapa las ruedas.
Sin embargo, para el hombre que eligió la región como hogar, no hay como prepararse unos mates y echarse a andar por la Línea Sur, un trayecto que a lo largo de los años le ha regalado anécdotas y postales increíbles.

Relatos de una vida en la Línea Sur de Río Negro
El vínculo de Marcelo con el volante nació de forma prematura a los 13 años. Bajo la tutela de un tío, dio sus primeros pasos en un Rambler modelo 72, un vehículo imponente que le enseñó a dominar las dimensiones y la potencia.
Aquel «catamarán», como él lo llama, fue la escuela primaria de una carrera que luego lo llevó a cruzar cordilleras y mesetas sin descanso bajo las condiciones más adversas que la geografía rionegrina puede ofrecer.
Uno de los momentos más tensos en su memoria ocurrió hace cuatro años, cuando la ruta casi atenta contra la vida de uno de sus hijos. Contó que el desgaste acumulado por el «serrucho» constante provocó la rotura de un extremo de dirección en pleno viaje. El vehículo quedó sin control, realizó un trompo y terminó contra el guardarraíl. Esa barrera metálica evitó una caída al vacío en una zona de curvas peligrosas entre Pilcaniyeu y Pichi Leufu.
La naturaleza también presentó desafíos históricos, como la erupción del volcán que cubrió toda la región de una espesa ceniza gris. A pesar de la poca visibilidad, Marcelo decidió continuar con sus viajes para no dejar desabastecidos a los pueblos que quedaron en una situación de vulnerabilidad. «Se nos fundió una camioneta por la ceniza. Tuvimos que repararla, tuvo su costo, pero siempre con la idea de llegarle a la gente«, enfatizó.

Durante la pandemia de Covid-19, sintió que su labor cobraba mayor relevancia. «En la pandemia éramos los únicos que viajaban porque el gobierno había autorizado solamente al correo. Tratamos de cumplir siempre con el servicio», relató.
Sin embargo, no hace falta ningún evento extraordinario como la erupción de un volcán o una pandemia para que transitar por la Línea Sur sea toda una aventura. Marcelo comentó que las mañanas de invierno exigen un gran sacrificio físico. Al salir de Bariloche, el asfalto suele estar despejado, pero al internarse en la meseta profunda, el uso de cadenas se vuelve imprescindible.
El proceso es un combate directo contra el clima: «Es complicado poner cadenas con las manos congeladas, lleno de nieve, lleno de barro, pero se hace lo que se puede porque de esto vivimos», relata sobre esa rutina de frío extremo que marca su destino.
Hasta el último rincón de la Ruta 23: «Tratamos de llegar como sea«
Marcelo Eduardo Ferrario montó el emprendimiento familiar hace 18 años. Comparte la gestión operativa y los riesgos del camino con su compañera, Mónica, y sus dos hijos, Luciano y Kevin. La distribución de las rutas y el mantenimiento de los vehículos se deciden en conjunto. «Generalmente va el que más experiencia tiene», aclaró sobre la dinámica de trabajo.
Según relató, en localidades como Pilcaniyeu, Comallo o Jacobacci la llegada de este transporte significa el acceso a elementos de primera necesidad que no se consiguen en los comercios locales. El traslado de medicamentos es, quizás, la tarea que más presión le genera, ya que muchos habitantes dependen de ellos y no tienen otra forma de obtenerlos.
Para el transportista, cada viaje es una oportunidad de romper el aislamiento de los lugares recónditos de la provincia. «Tenemos una responsabilidad muy grande con la gente de la Línea Sur que depende mucho de Bariloche y tratamos de llegar como sea», remarcó.

Marcelo Eduardo Ferrario es un hombre curtido por el viento y el frío de la Patagonia. Conoce cada grieta de la Ruta 23 y los secretos de una estepa que a menudo se vuelve hostil para el viajero ocasional. Para él, el transporte no es un simple oficio, sino un compromiso con los habitantes de la Línea Sur de Río Negro que dependen de su llegada. "Por un lado es lindo tener tanta experiencia, pero por otro lado es mucha responsabilidad", afirmó.
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