El pincel que fue todas las resistencias en Neuquén

En el centro de Neuquén se encuentra el mural de los artistas plásticos Eduardo Carnero y Antonio Ortega y Castellano. Muchos fueron los intentos para que no se pintara. Todos fracasaron.

Pocas son las cosas que quedan en la ciudad de Neuquén como testigos de su pasado y de la historia de su pueblo. Pero por suerte, algunas aún perduran pese a los ataques de quienes no ven en ellas el valor testimonial que encierran. Incluso hay lugares que después de muchos años se resignifican y se convierten en emblema de un tiempo.

Tal es el caso del mural que engalana la esquina de Alderete y avenida Argentina, sobre la pared curva del hotel del Comahue. Fue inaugurado en 1984, cuando sus artistas plásticos, Eduardo Carnero y Antonio Ortega y Castellano resolvieron plasmar las atrocidades producidas por la última dictadura cívico militar de Argentina.

Con colores ocres e imágenes de trazos simples fue el primer mural de la capital neuquina, hoy transformado en un icono del microcentro. Pero para esta obra de arte a cielo abierto llegar a cumplir 39 años de permanencia en la misma pared no fue tarea sencilla. Tampoco para sus autores.

Primero, antes de comenzar a plasmar la idea, los artistas resolvieron utilizar pintura de coche para pintarlo, mucho más duradera e impermeable que otras. Es que ya sabían que aquel mural no iba a recibir el mantenimiento necesario para que no se descolore ni estropee. Eran tiempos donde esas “cosas” no eran importantes.

Al comenzar con los primeros trazos negros sobre la gigantesca pared, surgió un nuevo obstáculos. En ese tiempo, el hotel pertenecía al Sindicato de Luz y Fuerza. Al ver la s primeras imágenes que allí se pintarían intentaron por todos los medios impedir que los artistas continuaran con su trabajo. Incluso alguna vez, Ortega y Castellano recordó que mientras pintaban el mural, el propio general Domingo Trimarco, interventor del gobierno militar, les sacaba fotografías. Algo lo incomodaba y tenía razón de ser. El mensaje del mural es contundente.

Sin amedrentarse los artistas plásticos continuaron con su tarea. Pero cada mañana al llegar al lugar notaban que los andamios habían sido desajustados, que algún tablón faltaba, que alguna cuerda estaba cortada.

Pero la obra continuó su destino no sin nuevos contratiempos. En alguna ocasión, el día los encontró con una enorme mancha de pintura lanzada sobre la obra. Los artistas entonces resolvieron no quitarla, porque a los intolerantes hay que darles batalla y mostrarles que nada ni nadie puede callar la voz del pueblo.
Hoy sigue allí, en la misma esquina, casi cuarenta años después, como símbolo de todas las resistencias.


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