La joven bioquímica que salió de una colonia rural, pasó por el Balseiro y hoy busca detectar el Parkinson a tiempo
Cristina Weber tiene apenas 27 años. Esta misionera se recibió como bioquímica y hoy avanza para detectar el Parkinson antes del inicio de los síntomas.
Cristina Weber nació en Misiones. Se crió en una chacra ubicada en el paraje Colonia Aurora donde su padre trabajaba en un campo tabacalero y su madre, ama de casa, estaba abocada al cuidado de sus ocho hijos. Gracias al acompañamiento de una tutora de la asociación civil Conciencia, Cristina se inscribió en la carrera de Bioquímica. Al egresar, llegó al Instituto Balseiro y de ahí, aplicó en el Instituto de Histología y Embriología de Mendoza que depende del Conicet y la Universidad de Cuyo, donde hoy, con 27 años, investiga biomarcadores de Parkinson para detectar la enfermedad en forma temprana.
«Hacía ocho kilómetros para llegar a mi escuela primaria que estaba en otro paraje. Había un maestro para todos los grados. Al terminar, entré al Instituto de Enseñanza Agropecuaria 9 y fui la primera egresada», contó.
Mientras cursaba el segundo año del secundario, referentes de Conciencia hicieron un relevamiento del perfil de los alumnos, sus condiciones económicas, cantidad de hermanos y el grado de estudios de los padres. Tras una evaluación, algunos estudiantes recibían el acompañamiento de una tutora; otros, una beca. A Cristina le asignaron ambas.

En un primer momento, Cristina pensó en su futuro como ingeniera agrónoma, pero cuando conoció el plan de estudios de Bioquímica, con matemáticas, física y químicas -las materias que le resultaban muy fáciles-, supo que ahí estaba su vocación. Además, tenía una buena salida laboral.
«Ninguno de mis hermanos terminó el secundario, excepto mi hermanita que siguió mis pasos. En mi familia no se inculcaba eso. De modo que transitarlo fue un mundo nuevo. Pero con esta tutora de Conciencia, que tenía una formación como base, se me hizo más fácil. Ante cualquier problema, recurría a ella», dijo. Gracias a ella, por ejemplo, logró comprarse una computadora para estudiar en varias cuotas. «Cuando me fui a estudiar Bioquímica a Posadas, tenía la computadora del gobierno, pero se me rompió, la mandé al servicio técnico y no me la mandaron más«, dijo.
Durante su cursada en la Universidad Nacional de Misiones en Posadas, a kilómetros de su casa, Cristina era conocida como «la chica de la biblioteca» porque como no sacaba fotocopias, debía estudiar con los libros de esa casa de estudios. «Pasaba todo el día entre las paredes de la biblioteca. Mis papás nunca pudieron ayudarme, aunque sí me cocinaban para que me lleve algunas cosas. Yo me sostenía como podía, con la beca de Conciencia, la beca Progresar, una beca de la universidad para investigación y hasta la beca Belgrano por mis calificaciones», acotó. Orgullosa, mencionó que nunca desaprobó una sola materia.
Cristina se recibió como bioquímica el 4 de agosto de 2023 y once días después, ya había conseguido un cargo en el Hospital Escuela de Agudos «Ramón de Madariaga».
Por una compañera de la universidad, supo de las becas de verano del Instituto Balseiro en Bariloche. Como era ayudante de cátedra en Microbiología, le pidió a la profesora una carta de recomendación para aplicar en esa institución. Llenó el formulario de inscripción y esperó la respuesta. Un viernes de diciembre, recibió un correo en el que confirmaban su selección. «No lo podía creer así fue que envié un correo preguntando si era cierto que había quedado. Yo no había viajado nunca en avión y no sabía siquiera sacar los pasajes. Me ayudaron las profesores», dijo.
Cristina insistió en que su paso por el Balseiro le cambió la vida. «Se hacía un recorrido por todas las instalaciones viendo los grupos de investigación y empezás a trabajar con el que más te identificás. Me gustó el Departamento de Caracterización que empleaba el microscopio electrónico. Trabajaban con muestras de riñones, de neuronas del instituto mendocino al que pertenezco ahora«, señaló. Hasta ese momento, la joven bioquímica solo había empleado microscopios ópticos de la universidad. De modo que usar uno electrónico, la deslumbró. «Te permite ver partículas o estructuras muy chicas. En los microscopios ves las células como una estructura redonda; en el microscopio electrónico ves las diferentes partes de la célula. Es como ver en HD», señaló.
Su director en el Instituto Balseiro le insistió en que se quedara a trabajar en Bariloche, pero Cristina debía volver a defender la tesis. Se graduó con Medalla de Oro y fue distinguida como Graduada de Honor en los 50 años de la Universidad de Misiones. «Pensé en hacer el doctorado en el Balseiro, pero me alertaron que vivir ahí era muy caro y que con la beca no me alcanzaría. Me contacté entonces con el actual director del Instituto de Histología y Embriología, de Mendoza, y le gustó mi perfil», señaló.
Diagnóstico temprano
Desde 2024, está radicada en Mendoza donde investiga nuevos biomarcadores para el diagnóstico y pronóstico de enfermedades neurodegenerativas, principalmente del Parkinson. Su pasión por las neuronas despertó durante su paso por el Balseiro. “Las muestras biológicas de neuronas me enloquecían. Empecé a investigarlas con una beca del Conicet, aunque también soy docente en la Universidad Agustín Maza y en la Universidad de Mendoza”, comentó, mientras desarrolla un Doctorado en Ciencias Biológicas.
Su objetivo, acotó, es buscar biomarcadores de pronóstico para el Parkinson. «Hoy el diagnóstico se da cuando la patología ya está instalada, cuando empiezan los síntomas. Con un diagnóstico temprano, la terapia arranca antes y es más efectiva que cuando la patología ya está instalada«, aseguró.
Hasta ahora, la investigación fue in vitro, pero el objetivo es avanzar con «pacientes reales». Por eso, días atrás, envió una petición al Comité de Bioética del hospital. «Me puse en contacto con neurólogos y una asociación de pacientes con Parkinson y detecté que hay muchos. Me sorprendió la cantidad de gente interesada en las investigaciones. En un primer momento, pensé que la problemática no era tan grande y que me toparía con 10, 15 pacientes, pero no: un solo neurólogo tiene 220 pacientes. Y son cada vez personas más jóvenes«, dijo.
Cristina advirtió que si bien no hay cura, existen tratamientos de sostén. «Si el paciente cambia algunos aspectos de su vida (como la fisioterapia o la actividad física regular) puede retrasar el comienzo de los temblores», sostuvo.
Su investigación incluye un proyecto post mortem a fin de extraer tejido cerebral y de los riñones de esos pacientes. «Está comprobado que en el riñón se produce la proteína del Parkinson», explicó.
«El Balseiro fue mi puente para llegar a Mendoza. Me abrió la puerta a mil oportunidades. Hoy me siento realizada porque nunca pensé que llegaría tan lejos. Y en este camino, la educación pública fue una oportunidad. Sin la educación pública no hubiera llegado. Muchos no se dan cuenta que quienes somos de clase baja, indigentes, también queremos la oportunidad de estudiar. Es un derecho», concluyó.
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