Volar en Roca: una pasión que se resiste al abandono
Entre vuelos bautismo, cursos de pilotaje y un fuerte compromiso comunitario, el Aeroclub de Roca mantiene viva la pasión por volar, mientras enfrenta una crisis por falta de seguridad e infraestructura que ya afecta los vuelos sanitarios y la conectividad regional.
En el Aeroclub de General Roca, volar no es un lujo: es una forma de estar presentes. En la pista ancha, generosa, que alguna vez recibió a las principales líneas aéreas del país, hoy conviven la pasión, la formación y un silencioso compromiso con la comunidad. Ahí, entre hangares abiertos bajo un día soleado y sin viento, Maxi Alderete señala una de las aeronaves que tiene el club como quien presenta a un viejo amigo.
“Este es un Piper Archer versión 2 de 180 caballos… un monomotor cuadriplaza”. Y en esa definición técnica del piloto e integrante de comisión del Aeroclub, hay algo más que datos. Es la puerta de entrada a nuevas sensaciones que se viven en el aire.
Este espacio respira aviación en cada rincón. Desde los vuelos bautismo, ese primer despegue que suele quedarse para siempre, hasta la formación de pilotos que empiezan desde cero en un modesto pero noble Cessna 150. “El avión escuela”, como lo llaman, es el primer paso de una carrera que mezcla vocación, disciplina y horas en el cielo.

Son cuatro aeronaves en total las que tiene el aeroclub, cada una con su rol, cada una con su historia, incluso aquellas que esperan en mantenimiento, como el Tomahawk de cola en T. Un avión, que ya con solo con el nombre, dan ganas de volar.
Previo a cualquier despegue, no hay margen para la improvisación. Hay un ritual casi sagrado que generalmente está a cargo del piloto. Drenar combustible, revisar alas, hélice y fuselaje, entre otros aspectos. También detectar agua en la estructura, sedimentos y cualquier detalle que pueda alterar lo esencial: la seguridad.

“Se chequea absolutamente todo”, dice Alderete. Antes, durante y después del vuelo, el piloto repasa una lista de chequeo. “Cada avión, desde el más chico al más grande, tiene que repasarla y respetarla a rajatabla. El piloto a cargo del avión debe controlar cada uno de esos items”.
En la lista figuran el estado de las distintas partes exteriores del avión, como los flaps, los alerones y el tren de aterrizaje. Una vez dentro del avión y antes del despegue, se hace un control del instrumental paso por paso.

El despegue llega después de ese minucioso repaso. La pista se extiende y, en minutos, la ciudad cambia de escala. Roca se revela desde otra mirada donde pudimos visualizar sin apuro y a demanda, el intrincado recorrido del río, la geografía de los Valles de la Luna Rojo y Amarillo, y cómo el sector de chacras se va fundiendo con el área urbana de la ciudad.

No hay apuro a esa altura. No son los 10.000 metros de un avión de linea comercial, sino una experiencia íntima, casi artesanal. Una experiencia de poco más de 15 minutos que alcanza para entender por qué hay quienes no pueden dejar de hacerlo.

El vuelo es más que agradable y cuando llega el momento de aterrizar, la sapiencia de Maxi en el descenso hace que los tripulantes ni notaran el contacto con el pavimento de la pista, que se hace a una velocidad de 140 km/h aproximadamente. Al bajar, el relato cambia de tono.
En una sala del aeropuerto, la conversación con integrantes de la comisión directiva deja al descubierto otra cara del aeroclub: la de la resistencia. Maxi Manzini y Sebastián Cimadevilla no esquivan el diagnóstico. La infraestructura básica y principal está: una pista apta para cualquier aeronave, pero faltan condiciones clave. “Balizamiento para un pleno funcionamiento, servicio de bomberos permanente, seguridad, elementos que no solo permitirían mayor conectividad, sino algo más urgente: salvar vidas”, apunta Manzini.

Hasta no hace mucho, la actividad nocturna era vital. Vuelos sanitarios, traslados de órganos y operaciones del INCUCAI. Todo eso se detuvo porque el vandalismo rompió el cerco, dañó las luces, lo que dejó al aeropuerto operando solo de día. Y en ese detalle técnico, hay consecuencias irreversibles. “Hay gente que ha fallecido por no poder salir desde Roca”, dicen.
“Lo que apuntamos no es la proyección de lo que podría ser, sino lo que se perdió. Hace dos años atrás, todas las noches teníamos uno o dos vuelos sanitarios. Pero por culpa de algunas personas que se dedicaron a vandalizar y a romper por romper por romper, se suspendió lo que es la actividad nocturna”.

Hoy, sostener el aeroclub implica mucho más que volar. Es reparar alambrados una y otra vez, reemplazar balizas y pensar en seguridad privada ante la falta de custodia. Todo, o gran parte de eso, se hace con el aporte de los socios. Un esfuerzo que contrasta con el potencial del lugar como podrían ser vuelos de conexión en minutos. Por caso, el tramo entre Roca y Neuquén tarda 15’, o Roca-Las Grutas en 40’. Todo esto en una región donde las rutas muchas veces colapsan.
Aun así, el espíritu no se apaga. El aeroclub sigue abierto. Siguen llegando alumnos, gente que quiere volar por primera vez y también futuros pilotos. “De la hora cero, el avión lo volás vos”, explica Alderete sobre la formación. Con 40 horas mínimas, teoría y práctica combinadas, cualquiera puede iniciar ese camino.

El ejemplo de Sebastián. “Yo me recibí en el 2014. Empecé a volar en este club en el 2012 y me recibí en el 2014 al completar las horas de vuelo. Una vez que se llega a la cantidad mínima de horas para poder rendir, se presenta al alumno ante el ANAC, que es la Administración de Aviación Civil Argentina, la cual manda un inspector y le toma un examen. Se aprueba y ya puede hacer uso de las aeronaves. En mi caso llevo 12 años siendo piloto”.
¿Por qué volar?
La respuesta no siempre es técnica. A veces es herencia de los afectos. “Vengo de familia de pilotos. Mi papá lo es, mi abuela fue la primer alumna mujer del club de Neuquén. Y mi tío abuelo fue piloto de Fuerza Aérea en Buenos Aires. Viene un poquito de la sangre todo esto. Siempre de chico tuve contacto con los aviones. Un día me acerqué al club y empecé a hacer el curso. Y bueno, acá estoy desde entonces”, cuenta Cimadevilla.

En Roca, ese impulso por volar sigue vivo aunque el contexto sea adverso, falten recursos y el futuro dependa de decisiones que aún no llegan. Entre hangares, motores y voluntades, el aeroclub resiste. Y cada vez que un avión despega desde allí, no es solo un vuelo: es una señal de que todavía hay cosas que no pueden quedar en el aire.
En el Aeroclub de General Roca, volar no es un lujo: es una forma de estar presentes. En la pista ancha, generosa, que alguna vez recibió a las principales líneas aéreas del país, hoy conviven la pasión, la formación y un silencioso compromiso con la comunidad. Ahí, entre hangares abiertos bajo un día soleado y sin viento, Maxi Alderete señala una de las aeronaves que tiene el club como quien presenta a un viejo amigo.
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