Socios en apuros
Cuando de elegir “socios estratégicos” se ha tratado, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ha tenido mala suerte. De los tres países autoritarios así privilegiados, Venezuela, China y Rusia, sólo China ha podido brindarnos algunos servicios útiles al aportar dinero a las reservas del Banco Central, reduciendo de tal modo el riesgo de que se evaporaran por completo dentro de un año. Los dos restantes, Venezuela y Rusia, no están en condiciones de ayudar a nadie, ya que el derrumbe del precio del crudo les ha asestado un golpe demoledor. Sin el dinero fácil proporcionado por el único recurso económico que posee, Venezuela va camino a la bancarrota, llevando consigo el “socialismo del siglo XXI” inventado por el extinto comandante Hugo Chávez y que, a pesar de sus extravagancias, por un rato obnubiló a muchos contestatarios latinoamericanos. Tampoco motivan optimismo las perspectivas ante Rusia. Aunque el presidente Vladimir Putin –el que hace algunos meses era, a juicio de occidentales impresionados por la anexión de Crimea, “el hombre más poderoso del mundo”– asegura que su país se recuperará luego de un par de años sumamente difíciles, no hay garantía alguna de que lo logre. Por cierto, es poco probable que la empresa estatal Gazprom invierta los mil millones de dólares en Vaca Muerta que, según la ministra de Industria Débora Giorgi, en octubre fueron prometidos en el marco del convenio bilateral que se firmó en San Petersburgo. Sería injusto criticar a Cristina, o al canciller Héctor Timerman, por no haber previsto a tiempo que Venezuela y Rusia se encontrarían entre las principales víctimas de los cambios que estaban por convulsionar los mercados internacionales, ya que el colapso del precio del crudo tomó a virtualmente todos por sorpresa, pero no cabe duda de que cometieron un error muy grave al subordinar la política exterior a sus propios prejuicios ideológicos. Estaban tan resueltos a encontrar alternativas a Estados Unidos y la Unión Europea, en su opinión centros de poder decadentes, que pasaron por alto la debilidad de los hipotéticos candidatos a reemplazarlos. Por depender tanto del valor coyuntural del petróleo y el gas, Venezuela y Rusia tienen economías estructuralmente precarias. También son relativamente pequeñas: en la actualidad, la economía rusa apenas equivale a la mitad de la californiana. Asimismo, aunque China parece estar mejor preparada para enfrentar los desafíos planteados por los cambios tecnológicos de lo que ha resultado estar Rusia, se ha desacelerado últimamente y, en opinión de ciertos analistas escépticos, podría experimentar una serie de crisis financieras parecidas a la que frenó el crecimiento de Estados Unidos y que, por sus repercusiones, sigue obstaculizando el progreso de la mayoría de los miembros de la Unión Europea. Si bien todos los gobiernos del mundo, comenzando con el norteamericano, propenden a subordinar la política exterior a sus propias prioridades internas, los de los países más vulnerables han aprendido que nunca les convendría exagerar. Por razones geográficas, en este ámbito la Argentina ha podido permitirse correr riesgos que en otras partes del mundo tendrían consecuencias nefastas, pero así y todo no le han sido gratuitos los errores perpetrados por Cristina con la colaboración de Timerman, el que, para indignación de los diplomáticos de carrera, ha dejado a contingentes de “expertos” procedentes de La Cámpora apoderarse de la cancillería, disparate que el próximo gobierno tendría que intentar remediar. A cambio de los eventuales beneficios políticos que ha conseguido el gobierno kirchnerista oponiéndose sistemáticamente al orden mundial existente, la especie de guerra verbal que Cristina viene librando contra Estados Unidos –en la que ha llegado al extremo de insinuar que, a su juicio, el presidente Barack Obama y funcionarios de su administración, están al servicio de los fondos buitre– ha impedido que el país rompiera el aislamiento financiero que sufre a partir del default festivo de diciembre del 2001, privando así al gobierno de la posibilidad de concluir su período en el poder sin tener que preocuparse por una crisis económica que, muchos temen, en cualquier momento podría provocar estallidos sociales inmanejables.
Cuando de elegir “socios estratégicos” se ha tratado, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ha tenido mala suerte. De los tres países autoritarios así privilegiados, Venezuela, China y Rusia, sólo China ha podido brindarnos algunos servicios útiles al aportar dinero a las reservas del Banco Central, reduciendo de tal modo el riesgo de que se evaporaran por completo dentro de un año. Los dos restantes, Venezuela y Rusia, no están en condiciones de ayudar a nadie, ya que el derrumbe del precio del crudo les ha asestado un golpe demoledor. Sin el dinero fácil proporcionado por el único recurso económico que posee, Venezuela va camino a la bancarrota, llevando consigo el “socialismo del siglo XXI” inventado por el extinto comandante Hugo Chávez y que, a pesar de sus extravagancias, por un rato obnubiló a muchos contestatarios latinoamericanos. Tampoco motivan optimismo las perspectivas ante Rusia. Aunque el presidente Vladimir Putin –el que hace algunos meses era, a juicio de occidentales impresionados por la anexión de Crimea, “el hombre más poderoso del mundo”– asegura que su país se recuperará luego de un par de años sumamente difíciles, no hay garantía alguna de que lo logre. Por cierto, es poco probable que la empresa estatal Gazprom invierta los mil millones de dólares en Vaca Muerta que, según la ministra de Industria Débora Giorgi, en octubre fueron prometidos en el marco del convenio bilateral que se firmó en San Petersburgo. Sería injusto criticar a Cristina, o al canciller Héctor Timerman, por no haber previsto a tiempo que Venezuela y Rusia se encontrarían entre las principales víctimas de los cambios que estaban por convulsionar los mercados internacionales, ya que el colapso del precio del crudo tomó a virtualmente todos por sorpresa, pero no cabe duda de que cometieron un error muy grave al subordinar la política exterior a sus propios prejuicios ideológicos. Estaban tan resueltos a encontrar alternativas a Estados Unidos y la Unión Europea, en su opinión centros de poder decadentes, que pasaron por alto la debilidad de los hipotéticos candidatos a reemplazarlos. Por depender tanto del valor coyuntural del petróleo y el gas, Venezuela y Rusia tienen economías estructuralmente precarias. También son relativamente pequeñas: en la actualidad, la economía rusa apenas equivale a la mitad de la californiana. Asimismo, aunque China parece estar mejor preparada para enfrentar los desafíos planteados por los cambios tecnológicos de lo que ha resultado estar Rusia, se ha desacelerado últimamente y, en opinión de ciertos analistas escépticos, podría experimentar una serie de crisis financieras parecidas a la que frenó el crecimiento de Estados Unidos y que, por sus repercusiones, sigue obstaculizando el progreso de la mayoría de los miembros de la Unión Europea. Si bien todos los gobiernos del mundo, comenzando con el norteamericano, propenden a subordinar la política exterior a sus propias prioridades internas, los de los países más vulnerables han aprendido que nunca les convendría exagerar. Por razones geográficas, en este ámbito la Argentina ha podido permitirse correr riesgos que en otras partes del mundo tendrían consecuencias nefastas, pero así y todo no le han sido gratuitos los errores perpetrados por Cristina con la colaboración de Timerman, el que, para indignación de los diplomáticos de carrera, ha dejado a contingentes de “expertos” procedentes de La Cámpora apoderarse de la cancillería, disparate que el próximo gobierno tendría que intentar remediar. A cambio de los eventuales beneficios políticos que ha conseguido el gobierno kirchnerista oponiéndose sistemáticamente al orden mundial existente, la especie de guerra verbal que Cristina viene librando contra Estados Unidos –en la que ha llegado al extremo de insinuar que, a su juicio, el presidente Barack Obama y funcionarios de su administración, están al servicio de los fondos buitre– ha impedido que el país rompiera el aislamiento financiero que sufre a partir del default festivo de diciembre del 2001, privando así al gobierno de la posibilidad de concluir su período en el poder sin tener que preocuparse por una crisis económica que, muchos temen, en cualquier momento podría provocar estallidos sociales inmanejables.
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