Surfista y guardavidas: la chica que un día se enamoró del mar de Las Grutas

Mariela Aliborton llegó a los 18 al golfo San Matías porque su padre debía trabajar como ingeniero y usó como argumento "mirá que hay mar" para convencerla de mudarse. Y si al principio no quería saber nada, después no se pudo despegar más. Entre encuentros cercanos con ballenas y lobos marinos, tablas y rescates, esta es su apasionante historia.





Mariela Aliborton surfeando en Las Grutas.

Mariela Aliborton surfeando en Las Grutas.

“Pero allá hay mar”. Con esa frase, que repitió hasta el cansancio, el papá de Mariela Aliborton trató de convencerla, a sus 18 años, de abandonar su Buenos Aires natal para radicarse en San Antonio, donde él había conseguido trabajo como ingeniero. 

No tuvo mucha suerte. Es que tuvieron que pasar años para que la mujer, que hoy tiene 41, se sintiera a gusto lejos de sus amigos y de su gente. Aunque papá Aliborton no se equivocó. Porque bastó con que su hija, ya convertida en guardavidas, se sumergiera un verano en las aguas de Las Grutas para que nada ni nadie consiguiera sacarla de allí. A partir de ahí, empezó su derrotero con los deportes náuticos, y esa historia marcada por las olas en las que ahora combina trabajo y pasión.  

Rumbo a las olas, siempre acompañada por los perros playeros. Foto: Agustina Ramírez

“Todavía me acuerdo del día en que llegamos. Bajamos del micro en San Antonio, porque primero vivimos allí. Mi papá, que me nombraba el mar a cada rato para alentarme, enseguida me dijo. ‘Mirá, si lo tenés ahí, a dos cuadras’. Pero con tanta mala suerte que me lo marcó cuando la marea estaba baja. Así que sólo ví la nada, y los cardos rusos dando vueltas, como en las películas. Estaba atacada,  y no paraba de quejarme por la mudanza” recordó Mariela. 

Mariela es guardavidas desde hace 17 años. En invierno, sigue con prácticas de salvataje. 

Esa primera etapa, sin embargo, ella la pasó en Viedma. “Es que cuando vinimos junto con mi hermana menor y mi mamá yo terminé en la capital de la Provincia, estudiando el profesorado de educación física. Regresaba en los veranos, aunque ya, en el segundo año, había egresado como guardavidas y a partir de ahí todo se ordenó” contó la mujer. 

“Los lobitos marinos siempre te buscan, son curiosos y cuando te ven en el mar van a tu encuentro. Los delfines se muestran, pero no se acercan tanto, y las ballenas son nobles y amistosas

Mariela

De ese “todo” forma parte su desarrollo profesional, que primero se dio como docente en distintas escuelas y luego la catapultó al área de deportes municipal, donde actualmente conduce la escuela de salvataje deportivo y la de natación para adultos. El “todo” incluye, además, su pasión por el deporte, que la llevó a perfeccionar el buceo y hacer kayak, windsurf, ciclismo y atletismo, entre otras disciplinas. 

“A mis alumnos siempre les remarco la fortuna de tener tantas cosas para hacer acá. De chica, en Buenos Aires, era muy caro anotarse en un club. Y si bien hice tae kondo desde los 12 y mi papa me regaló un curso de buceo que dieron en Prefectura, no eran tan accesibles los deportes” destacó Mariela.  

El disfrute del mar le deparó los recuerdos más lindos. Como una vez en la que buceó con tres ballenas. “Habíamos salido en bote, pero, de repente, tuvimos que apagar el motor y quedarnos esperando porque un grupo de ballenas comenzó a acercarse. En esa época estaba a full con el buceo y mi instructora me dijo ‘si se animan, pueden bajar, pero no se acerquen ni intenten tocarlas’. Me sumergí con un amigo y fue mágico. Ellas estaban ahí, junto a nosotros, pero sin hacer nada brusco, y sentías la turbulencia alrededor cuando se desplazaban”. 

A domar las olas del golfo. Foto Agustina Ramírez

Esa experiencia le sirvió para saber que, pese a su tamaño, los cetáceos “son los animales más dignos, nunca van a dañarte”. Eso recordó años después, cuando, andando en kayak, una ballena comenzó a acercarse hasta quedar muy próxima. “Iba con un chico que disparó con su kayak hacia la costa. Yo me quedé quieta con el mío, porque no tuve tiempo de hacer nada. Y el animal pasó por debajo del bote, luego, lo levantó con la cola. Caí al agua, pero fue algo extraordinario, que parece mentira cada vez que me escucho contarlo” recordó. 

Mariela saluda a los lobitos. Fue a mediados de julio. Foto: Agustina Ramírez.

Ahora está en pareja, no piensa en compromisos ni quiere tener hijos y disfruta de sus 4 gatos y del mar. “La vida es corta y prefiero disfrutarla así, mi legado está en mis alumnos, en lo que les dejo como motivación. Ahora, por caso, me están pidiendo que organice una pedaleada hasta el Fuerte Argentino, al sur de Las Grutas”. 

 Una nueva aventura que emprenderá en breve. Con fondo de mar, como todas las suyas. De hecho, el trabajo de su papá, que estuvo en la marina trabajando como ingeniero electrónico, la llevó, de pequeña, a residir en Venezuela. “Habrá durado un año, y yo era muy chica. Pero me acuerdo del agua, de quemarme los pies en la arena, y de los caimanes que veíamos al cruzar una laguna a la que me llevaba mi viejo, que me daba un pedazo de tergopol para que pudiera cruzarla” contó. 

La playa es su lugar en el mundo. “En cuarentena, me quería morir cuando prohibieron bajar al mar”. Foto: Agustina Ramírez

Recuerdos que, como las nuevas experiencias que planea, siempre estuvieron pasados por agua.  


Salvatajes, tablas y anécdotas

La experiencia que tiene como guardavidas Mariela Aliborton es de 17 años. “Tengo varios rescates en mi haber. Algunos veranos son intensos. Pero la satisfacción del ‘deber cumplido’ cuando uno ayuda a una persona en el agua no te la saca nadie” contó la mujer. 

Ahora, con un grupo de trabajo, formó una asociación de actividades acuáticas deportivas. La matrícula la obtuvieron a fines del año pasado, y este verano organizaron varias actividades en la playa. “Hicimos charlas de Reanimación Cardiopulmonar (RCP), para los turistas. También les enseñamos a los nenes el código de las banderas que colgamos para indicar la peligrosidad del mar” relató.  

Su trabajo como guardavidas la enorgullece.

El surf es una de sus grandes pasiones. “Empecé en 2010, antes barrenaba las olas con el cuerpo, pero un amigo me invitó a surfear y lo intenté. Me fue mal, rompí la tabla, tragué agua, me caí mil veces… pero me gustó. Y empecé a investigar sobre tipos de tablas. Arranqué con una que me permitía surfear de panza, porque me costaba. Pero ahora ya le tomé la mano, me compré una tabla más larga y hace años surfeo parada”. 

Con la escuela de salvataje deportivo municipal que lidera ya cosechó muchos logros. En 2018 participaron de las olimpíadas de la disciplina, y obtuvieron varias medallas y distinciones. 

Selfie en el golfo.

También se confiesa orgullosa de su labor como profesora de la carrera de guardavidas. “El año pasado tuvimos la primera camada de chicos que se formaron en nuestro natatorio municipal, que funciona desde hace algunos años” destacó.  

Un lugar ideal para surfear. Foto: Agustina Ramírez

De su experiencia con la fauna marina, elaboró un ránking de especies, según su grado simpatía y comportamiento. “Los lobitos marinos siempre te buscan, son curiosos y cuando te ven en el mar van a tu encuentro. Los delfines se muestran, pero no se acercan tanto, y las ballenas son nobles y amistosas” enumeró Mariela.  

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