Tabúes ficticios
Según el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, el presidente Néstor Kirchner ya ha roto por lo menos dos «tabúes»: uno será que «no se puede vivir sin un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional» y otro que «no se puede vivir sin un alineamiento con los Estados Unidos». Sin embargo, sucede que desde hace un par de años el país se las arregla para sobrevivir sin un acuerdo auténtico con el FMI mientras que durante el interregno supuesto por la gestión de Eduardo Duhalde la relación con Washington se hizo conflictiva, aunque últimamente ha mejorado, de suerte que en verdad el santacruceño es un mandatario decididamente menos trasgresor de lo que Fernández, por motivos de imagen, quisiera hacernos creer. A pesar de la vehemencia de su retórica, Kirchner, a diferencia de sus partidarios más entusiastas, parece entender muy bien que no le convendría oponerse sistemáticamente al mundo tal y como es con la esperanza de que la popularidad que tal actitud podría reportarle en círculos determinados le permita minimizar los inconvenientes que con toda seguridad produciría una estrategia que se basara en la confrontación constante. En cambio, Duhalde siempre subordinó los intereses nacionales a sus propios impulsos, dando por descontado que el aplauso pasajero que podrían suponerle sus exabruptos antinorteamericanos o sus intentos de ayudar a «los productivos» lo eximiría del deber de pensar en las posibles consecuencias a largo plazo.
La razón principal por la que a partir de la etapa final de la presidencia de De la Rúa el país «vive sin el Fondo», consiste en que por motivos comprensibles los técnicos del organismo no confían en las promesas de sus interlocutores. Conforme a Fernández, el gobierno actual no se ha propuesto reeditar los mismos errores porque «no se trata de firmar un papel que al día siguiente no se cumpla, ni de establecer objetivos que nunca se lograrán, sino analizar la realidad a ver qué se puede hacer y comprometer». Tal seriedad es loable, aunque puede que se haya debido en parte a la decisión del FMI de tener una oficina permanente, una especie de embajada, en Buenos Aires con el propósito de monitorear desde cerca la evolución de la economía nacional. Para algunos, dicha iniciativa sabe a imperialismo, pero debería beneficiar tanto al país como al Fondo mismo al impedir que haya más «malentendidos» atribuibles a una brecha excesiva entre la realidad y las habitualmente optimistas proyecciones oficiales. En efecto, la propensión de gobiernos anteriores no sólo a embellecer las previsiones acerca de la evolución de la economía, sino también a creer en sus propias cifras y palabras, contribuyó enormemente a crear las condiciones para el colapso de finales del 2001.
Como suele ocurrir toda vez que resulta difícil alcanzar un acuerdo importante con los organismos internacionales, el gobierno de Kirchner intenta persuadir a la ciudadanía de que su negativa a tomar ciertas medidas que a juicio del FMI y de los líderes de todos los países avanzados son imprescindibles se debe a que está resuelto a defender los intereses del «pueblo» contra aquellos políticos y financistas foráneos que de tener la oportunidad no vacilarían en pisotearlos. Esta tesitura, idéntica a la manifestada por el gobierno anterior, sería más convincente si no fuera por el hecho innegable de que para la mitad más pobre de la población los años de vivir sin el Fondo hayan sido desastrosos a raíz tanto de las medidas instrumentadas por Duhalde como de la desconfianza causada por la impresión de que las fracciones peronistas dominantes se sentían tentadas a hacer de la transgresión económica y del antinorteamericanismo el eje de su estrategia. Su bien publicitada «dureza» ante el FMI, los acreedores externos y el gobierno estadounidense no obstante, Kirchner parece haber conseguido reducir los temores en tal sentido, acaso por saber que aun cuando los eventuales beneficios políticos de la transgresión puede ser grandes, en última instancia los únicos que los disfrutarán serán los políticos mismos, mientras que, como los venezolanos han descubierto, los costos, que siempre son muy elevados, de los shows así supuestos tendrán que ser pagados tarde o temprano por quienes dependen por completo de la evolución de la economía local.
Según el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, el presidente Néstor Kirchner ya ha roto por lo menos dos "tabúes": uno será que "no se puede vivir sin un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional" y otro que "no se puede vivir sin un alineamiento con los Estados Unidos". Sin embargo, sucede que desde hace un par de años el país se las arregla para sobrevivir sin un acuerdo auténtico con el FMI mientras que durante el interregno supuesto por la gestión de Eduardo Duhalde la relación con Washington se hizo conflictiva, aunque últimamente ha mejorado, de suerte que en verdad el santacruceño es un mandatario decididamente menos trasgresor de lo que Fernández, por motivos de imagen, quisiera hacernos creer. A pesar de la vehemencia de su retórica, Kirchner, a diferencia de sus partidarios más entusiastas, parece entender muy bien que no le convendría oponerse sistemáticamente al mundo tal y como es con la esperanza de que la popularidad que tal actitud podría reportarle en círculos determinados le permita minimizar los inconvenientes que con toda seguridad produciría una estrategia que se basara en la confrontación constante. En cambio, Duhalde siempre subordinó los intereses nacionales a sus propios impulsos, dando por descontado que el aplauso pasajero que podrían suponerle sus exabruptos antinorteamericanos o sus intentos de ayudar a "los productivos" lo eximiría del deber de pensar en las posibles consecuencias a largo plazo.
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