Tácticas contraproducentes

Por Redacción

Puede que las empresas privadas que optaron por encargarse de muchos servicios públicos sí sean tan “insaciables” como suelen decir el ministro de Economía Roberto Lavagna y otros funcionarios del gobierno del presidente Néstor Kirchner -al fin y al cabo, todas quieren ganar más dinero-, pero no les convendría señalarlo con tanta frecuencia. Aunque les ha resultado políticamente muy provechoso asumir el papel de defensores de un pueblo martirizado contra una cohorte de capitalistas rapaces resueltos a depauperarlo en beneficio propio, tal actitud entraña ciertas desventajas. Una consiste en que si bien hasta ahora su prédica antiempresaria les ha servido para conservar un alto nivel de popularidad, también ha contribuido a convencer a muchos empresarios de que no sería de su interés arriesgarse demasiado en un país gobernado por quienes les son muy hostiles. Otra desventaja es que cuando el gobierno se vea constreñido a permitir un aumento de las tarifas, por pequeño que fuera, muchos interpretarán la decisión como una derrota, lo que no mejorará la reputación de personas que han hecho de su “dureza” su marca de fábrica. Por eso, es de prever que el gobierno termine sacrificando el mediano y largo plazo en aras de las encuestas de opinión de mañana resistiéndose a cualquier modificación de las tarifas, aunque entienda muy bien que la falta de nuevas inversiones incidirá de forma muy negativa en la calidad de los servicios prestados y por lo tanto en el nivel de vida de la población.

Desde el colapso de la convertibilidad y de una parte nada despreciable de la economía a fines del 2001, la clase política ha logrado desviar los dardos que en aquel entonces llovían sobre las cabezas de casi todos sus integrantes atribuyendo el desastre a los bancos, a los empresarios extranjeros, a los acreedores y a los “neoliberales”.  En términos políticos, dicha maniobra podría considerarse una obra maestra, pero sucede que quienes en última instancia pagarán los costos no serán los capitalistas ricos o los “neoliberales”, sino las decenas de millones de personas que no tendrán ninguna posibilidad de disfrutar de un mínimo de prosperidad a menos que la Argentina consiga hacerse más atractiva para los inversores. Por simpáticos que puedan ser los objetivos sociales y culturales que se insinúan en los discursos oficiales, para que sean algo más que ideales abstractos será necesario que la Argentina se convierta en un país capitalista “normal”, condición que supone, entre otras cosas, el respeto por los contratos y por la ley más la conciencia generalizada de que sin empresarios auténticos no habrá mucho para distribuir y sin bancos solventes el crédito seguirá siendo un lujo casi inalcanzable.

Es posible que el presidente Kirchner, el ministro Lavagna y otros integrantes del equipo gobernante entiendan muy bien que “combatir al capital” será contraproducente en cualquier país, sobre todo en uno ya descapitalizado como la Argentina.  De vez en cuando, nos informan que nada les gustaría más que ver venir a un sinnúmero de capitalistas “buenos” conscientes de sus deberes para con el resto de la sociedad. Sin embargo, por razones políticas a veces encuentran irresistible la tentación de criticar con virulencia a los empresarios y financistas que están en el país, pidiendo a estos últimos emular a los funcionarios de la banca pública y a los primeros conformarse con pérdidas durante algunos años porque en el pasado menemista sus ganancias fueron impresionantes. Aunque la voluntad de los voceros oficialistas de renovar periódicamente sus credenciales populistas es comprensible, les sería mejor cambiar de enfoque antes de que los perjuicios ocasionados por su actitud resulten irremediables. Algunas empresas ya han decidido retirarse del país por motivos que acaso no tuvieran nada que ver con el discurso de hombres como Lavagna y el presidente Kirchner pero que aun así parecen marcar una tendencia que, de consolidarse, hará todavía más ardua la eventual recuperación de una economía que, a pesar de las mejoras registradas últimamente, aún dista de haber encontrado el camino del crecimiento “sustentable” que le permitiría aspirar a algo más que reducir las pérdidas causadas por el gran bajón que se produjo menos de dos años atrás.


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