Te quiero lejos
Columna semanal
El disparador
Soy Marisa, ¿cómo estás?”. Antes de que girara la cabeza, la mujer me besó la mejilla. Yo estaba sentado en la sala de prensa de la Feria del Libro de Buenos Aires. “¿Quién será esta mina?”, pensé. “¿La entrevisté alguna vez?”.
La mujer, de unos sesenta años, tenía el pelo negro, por los hombros, y por encima de la frente salía un jopo pequeño y firme. Llevaba un traje gris, una camisa blanca y, me daría cuenta después, las uñas violeta. Quedé algo desconcertado, tratando de descifrar de dónde la conocía.
Marisa me preguntó que era lo más destacado del día y le comenté que yo iba a ir a una conferencia de La Fiera. Enseguida replicó: “¡Es una dibujante brillante! Y vive en Uruguay. Vamos juntos”.
Le avisé que debía terminar un artículo para el diario y ella se quedó merodeando por la sala. Se sirvió café y medialunas. La escuché saludar a otros periodistas. Al rato me tocó el hombro, preocupada porque se nos iba a hacer tarde para la charla.
Los pasillos de la Feria estaban repletos de gente hablando en voz alta y sacándose fotos con escritores. Desorientado, le pregunté a una promotora por la sala “Roberto Desespera”. Estábamos a 200 metros. Marisa abrió un bolso enorme que llevaba consigo y le pidió a la promotora que le guardara dos ejemplares de los diarios que repartía. Aproveché para tomar algunos apuntes en mi libreta.
Seguimos y me preguntó lo que temía: “¿Vos sabés quién soy yo?”. Me hice el distraído, pero a ella no le importó: “Inventé ‘Gente como uno’, que por tu edad no lo debés conocer. Fue el programa de televisión que llevó a la fama a Cándido López. Ahora lo elogian pero hace veinte años nadie lo conocía. Me robaron la idea y me echaron. Seis millones de dólares me tenían que pagar… pero sobornaron a un juez y no cobré nada”.
Marisa hablaba pero ya no le pude prestar atención. Al enfatizar el “péee-ro”, voló desde su boca un trozo de medialuna y cayó sobre mi libreta. Al impactar, salpicó mi hoja. Me dio náuseas. No dije nada. Recién en la puerta de la sala la volví a oír. Me decía que iba a presentar “Lluvia del alma”, su nuevo libro. “Poesía pura, te quiero ver ahí, sí o sí, eh”, me exigió, mientras yo pensaba en el nombre de su libro. Musité algo, pero no pude formular lo que sentía.
Nos sentamos en la primera fila. Googleé en mi celular: Marisa no aparecía y el libro que me había mencionado lo había publicado otra autora diez años atrás. Por el rabillo del ojo percibí una sombra. Era ella estirando su cuello para espiar mi celular. “Vos sos Ignacio, no Inacio como Lula Da Silva, ¿no?”, me preguntó.
Durante la conferencia, La Fiera repasó anécdotas, dijo que el éxito le llegó cuando no lo esperaba y contó que ya no trabajaba tan duro como antes. “Dejé la cocaína y el alcohol. Es mejor así”, afirmó la dibujante, que al final se sometió a las preguntas de los espectadores. Marisa fue la primera: “¿Seguís viviendo en Uruguay?”. La Fiera abrió grande los ojos, demoró unos segundos y respondió: “No, estoy en Buenos Aires hace tres años, ¿por?”.
Agaché la cabeza y dejé de escuchar. Quería evitar que me relacionaran con Marisa. Miré mi anotador. Había una aureola amarillenta, seca, hedionda. Fruncí el ceño. Me costó tragar. Entrecerré los ojos. Una fuerte acidez ascendió por el esófago y se estacionó en mi garganta. “Te quiero lejos”, pensé. Entonces me animé: arranqué la hoja, hice un bollo y al salir de la sala la tiré a la basura.
Juan Ignacio Pereyra