Teatro del absurdo

Redacción

Por Redacción

A pesar de los esfuerzos del grueso de sus integrantes por congraciarse con la ciudadanía asumiendo posturas populistas y desbaratando los proyectos de ley que le envía el Poder Ejecutivo, la reputación del Congreso nacional no parece encaminada a mejorar. Si bien ya se oye poco el grito exasperado «que se vayan todos», esto no quiere decir que la mayoría se haya reconciliado con sus representantes. Como es lógico, éstos se sienten sumamente frustrados por su propia incapacidad para persuadir a sus compatriotas de que distan de ser los inútiles corruptos de la leyenda negra que se ha difundido y que, a esta altura, parece inmodificable. Es que la única forma de lograrlo consistiría en trabajar con más seriedad, reconociendo que el país está en medio de una crisis devastadora y que por lo tanto es necesario que sus dirigentes tengan el coraje para respaldar medidas que perjudiquen a distintos intereses creados.

Por cierto, convendría que los legisladores nacionales entendieran que el rencor es un mal consejero y que es inevitable que resulten contraproducentes los intentos de algunos senadores de contraatacar, como el del peronista José Luis Gioja que acusó a tres banqueros de ser «traidores a la Patria» por objetar una ley, impulsada por el senador catamarqueño Luis Barrionuevo, destinada a dar al sindicato de los bancarios el manejo de un fondo que recibiría el dos por ciento de las comisiones e intereses que los bancos cobran a sus clientes, y del radical Carlos Maestro que ha dicho que promovería una querella contra el periodista del Financial Times londinense, Thomas Catán, al que calificó de «empleado y testaferro de los bancos extranjeros», por haber informado hace más de un mes que algunos banqueros se habían quejado ante los embajadores de Estados Unidos y Gran Bretaña por «pedidos de dinero» para frenar aquel proyecto de ley que, por razones patentes, no les gustaba del todo. Lejos de brindar la impresión de ser hombres honestos atacados vilmente por una alianza ad hoc de periodistas y banqueros, los muchos senadores que han estado dando rienda suelta a su supuesta indignación sólo han logrado convencer a más personas de que a esta altura no pueden pensar en nada mejor que desviar la atención de las denuncias contra la Cámara alta. Para colmo, la sospecha de que los legisladores están habituados a vender sus votos se ha visto fortalecida últimamente por la denuncia según la cual ciertos diputados peronistas han estado cobrando sobresueldos, aunque nadie parece saber los motivos.

En otras circunstancias, el que tantos senadores parezcan haber llegado a la conclusión de que procurar impedir que el gobierno de Eduardo Duhalde alcance un acuerdo con el FMI equivale a «traición a la Patria» sería tomado por una novedad muy importante porque en buena lógica presagiaría una ofensiva sin cuartel contra todos aquellos -políticos, sindicalistas, militantes piqueteros, etc.- que nunca han disimulado su voluntad de obligar a las autoridades a romper definitivamente con la auditoría internacional. Sin embargo, nadie imaginaría que su actitud se haya debido al entusiasmo por un acuerdo. Sólo ha sido cuestión de continuar intentando hacer pensar que los banqueros y los periodistas, no los políticos, son los máximos responsables de los desastres nacionales, planteo éste que muy pocos podrían tomar en serio.

En cuanto a la idea genial del senador Maestro de querellar a un periodista extranjero por haber informado sobre una reunión que claramente tuvo lugar -de otro modo, al PJ no se le hubiera ocurrido acusar a los banqueros de «traición»- ha servido para que los abogados del así perseguido hayan comenzado a hablar de la posibilidad de que pida asilo político en la embajada de su país. Desde luego que si lo hiciera el episodio resultante no contribuiría en absoluto a mejorar nuestra imagen en el resto del mundo. Antes bien, sería más que suficiente como para propagar la idea de que los políticos locales se han puesto a intimidar a cualquiera que se anime a sugerir que algunos podrían ser corruptos, lo cual, en un país cuyos dirigentes, según todos los observadores extranjeros y la mayoría abrumadora de sus propios habitantes, están entre los más venales del mundo entero, no nos ayudaría en lo más mínimo.


A pesar de los esfuerzos del grueso de sus integrantes por congraciarse con la ciudadanía asumiendo posturas populistas y desbaratando los proyectos de ley que le envía el Poder Ejecutivo, la reputación del Congreso nacional no parece encaminada a mejorar. Si bien ya se oye poco el grito exasperado "que se vayan todos", esto no quiere decir que la mayoría se haya reconciliado con sus representantes. Como es lógico, éstos se sienten sumamente frustrados por su propia incapacidad para persuadir a sus compatriotas de que distan de ser los inútiles corruptos de la leyenda negra que se ha difundido y que, a esta altura, parece inmodificable. Es que la única forma de lograrlo consistiría en trabajar con más seriedad, reconociendo que el país está en medio de una crisis devastadora y que por lo tanto es necesario que sus dirigentes tengan el coraje para respaldar medidas que perjudiquen a distintos intereses creados.

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