Terapia

Columna semanal

Redacción

Por Redacción

El disparador

Son las ocho de la mañana, llovizna y a la poca gente que hay en la calle le sale humo de la boca. Parado frente a un parquímetro, un tipo de unos 45 años se demora para imprimir un ticket de estacionamiento.

Isidoro Reyes espera detrás, convencido de que él será más expeditivo. Cuando le toca, se da cuenta de que es una máquina nueva. Finalmente, le pide ayuda al tipo, que le termina dando una ficha porque la suya es antigua.

De pronto, aparece una mujer hablando en inglés, apenas un tono por debajo de un grito. Parece ser la pareja del tipo, que rezonga e intenta sacar otro ticket para ella. Pero se da cuenta de que se quedó sin fichas.

Una señora sale de un edificio y les dice que no pasa nada con el auto, que lo dejen así, que total son solo 50 minutos. El tipo lo mira a Reyes y le comenta: “Esa es la psicóloga… Prefiero quedarme una hora acá afuera intentando sacar el ticket que entrar a escucharlas a estas dos”. Tras protestar, resopla y se va con su mujer.

Reyes sigue su rumbo. Mientras camina hacia una reunión, le resuena: ¿para qué sirve hacer terapia? La pregunta se la hizo mil veces. Pero entabla una conversación interior, consigo mismo, como si fuera la primera vez que se concentrara en el tema. Recuerda varias cosas, como amigos que le dicen que van a empezar terapia “cuando me acomode” o “después de casarme, hora es todo un quilombo”.

Es ahí cuando Reyes intenta contagiarlos con su convencimiento de que la terapia ayuda. Les dice que Freud explicó que la terapia no nos promete sustituir el sufrimiento por la felicidad, sino que se propone algo mucho más modesto: sustituir el sufrimiento exagerado por el sufrimiento que es “normal” en la vida. Les cuenta que hacer un duelo ayuda a sanar las heridas y que de esa manera se puede aspirar a un bienestar más genuino, con bases más sólidas.

Como si estuviera hablando con alguien que lleva adentro suyo, Reyes advierte que hay que luchar contra la ansiedad, porque es un proceso lento para lograr un mayor conocimiento de uno mismo, para entender qué nos pasa y por qué hacemos lo que hacemos. En ese camino, él descubrió explicaciones que admite que pueden sonar absurdas pero le sirvieron para aclararse.

Por ejemplo, así Reyes entendió por qué le causa rechazo el olor a café con leche: representaba el prólogo de una soledad que le daba tristeza. Era el aroma que inundaba su nariz cada mañana, antes de que su casa quedara desierta, porque sus padres se iban a trabajar y sus hermanos al colegio. Y él aún no, porque era muy chico. Y se aburría, solo.

Algo cansado de sí mismo, Reyes pensó en lo que le decían otros amigos que también compartían su entusiasmo por la terapia. Uno de ellos lo tomaba como un lugar para parar la pelota, pensar y reflexionar, porque los cambios personales se construyen día a día con las pequeñas actitudes: “A medida que pasa el tiempo -le dijo el amigo, que va por su cuarto año de terapia- me doy cuenta de lo poco que sé sobre el comportamiento humano. Y, mucas veces, ese desconocimiento me condujo a la angustia. Es un espacio de aprendizaje, como si fuera una manera de estar capacitándose de forma permanente para vivir más plenamente”.

Juan Ignacio Pereyra


El disparador

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