Terminator al poder
Lo mismo que tantos argentinos hace menos de dos años, son muchos los norteamericanos que se sienten hartos de las mañas de “los políticos”, sobre todo cuando no resultan capaces de manejar bien la economía, pero a diferencia de quienes en nuestro país soñaban con el reemplazo inmediato de los “dirigentes” conocidos por otros que serían radicalmente distintos, en Estados Unidos algunos han encontrado una forma de convertir aquella fantasía cívica en realidad, de ahí la consagración electoral del actor Arnold Schwarzenegger como gobernador de California. No es cuestión de un cargo meramente decorativo: como los mandatarios provinciales argentinos, los gobernadores estaduales norteamericanos tienen más poder que muchos presidentes nacionales. Además, aunque se trata de un Estado que es notorio por sus excentricidades, si California fuera un país independiente tendría la quinta economía del mundo detrás de la norteamericana, la japonesa, la alemana y la británica, pero por delante de las de Francia e Italia, de suerte que de la noche a la mañana “Terminator” se ha erigido en por lo menos un peso mediano de la política internacional. Puesto que el gobernador anterior, Gray Davis, fue destituido precisamente por su incapacidad de manejar la gigantesca economía californiana, que es cinco o seis veces mayor que la argentina pero que se ha hundido en dificultades fiscales enormes, el desafío que enfrenta el “superhéroe” cinematográfico podría abrumar incluso a los personajes ficticios que se ha habituado a encarnar, para no hablar del ser humano de carne y hueso que en realidad es.
Es natural, pues, que la transformación de Schwarzenegger en gobernador de California haya asestado un choque al establishment político del país más poderoso, y más influyente, del mundo actual. La sorpresa no se ha debido a su condición de inmigrante austríaco que, lo mismo que el ex secretario de Estado Henry Kissinger, ha conservado su acento teutón, porque los norteamericanos siempre han estado más que dispuestos a aprovechar plenamente los aportes de los recién llegados sin preocuparse demasiado por la distinción entre “nativos” y “extranjeros”, sino a su falta casi completa de experiencia política. En comparación con Schwarzenegger, Ronald Reagan, otro actor que fue elegido gobernador de California -y que después, para frustración de sus muchos detractores, sería uno de los presidentes más exitosos de su país-, fue un político aguerrido que durante años se había destacado por su militancia primero como demócrata y más tarde como republicano. En cambio, Schwarzenegger es un novato que, para colmo, hizo sus pinitos pocos meses antes de las elecciones que ganaría al darse cuenta de que le sería dado aprovechar la situación política confusa producida por un proceso electoral en el que los votantes decidirían el destino de Gray en el mismo momento en el que elegirían a su sucesor entre un centenar de candidatos por lo general aún más extravagantes que él mismo. Desde el punto de vista de los californianos, el que el astro del cine no haya actuado en política no constituye una desventaja. Antes bien, a su juicio significa que podrá afrontar los problemas de su Estado sin sentirse cohibido en absoluto por los prejuicios, costumbres, lealtades y deudas personales que suelen acumular aquellos profesionales que llegan a la cumbre por una ruta más ortodoxa. Tal actitud no es forzosamente caprichosa ni irresponsable porque, como sabemos muy bien, las cualidades que pueden ayudar a los resueltos a trepar por un escalafón partidario no siempre son las más apropiadas para que sean buenos gobernantes, pero así y todo, tanto Schwarzenegger como cualquier otro que conquiste un puesto electivo luego de haberse distinguido en otro ámbito tendrá que trabajar junto con una multitud de personas que han hecho de la política su única actividad. Puede que en teoría sea muy atractiva la idea de impedir que se forme una clase política estable conformada por individuos habituados a vivir en una especie de micromundo con sus propias tradiciones, reglas, códigos y, claro está, internas, pero hay que reconocer que hasta ahora todos los esfuerzos por devolver la política a “la gente” han brindado resultados ya decepcionantes, ya desastrosos.
Lo mismo que tantos argentinos hace menos de dos años, son muchos los norteamericanos que se sienten hartos de las mañas de “los políticos”, sobre todo cuando no resultan capaces de manejar bien la economía, pero a diferencia de quienes en nuestro país soñaban con el reemplazo inmediato de los “dirigentes” conocidos por otros que serían radicalmente distintos, en Estados Unidos algunos han encontrado una forma de convertir aquella fantasía cívica en realidad, de ahí la consagración electoral del actor Arnold Schwarzenegger como gobernador de California. No es cuestión de un cargo meramente decorativo: como los mandatarios provinciales argentinos, los gobernadores estaduales norteamericanos tienen más poder que muchos presidentes nacionales. Además, aunque se trata de un Estado que es notorio por sus excentricidades, si California fuera un país independiente tendría la quinta economía del mundo detrás de la norteamericana, la japonesa, la alemana y la británica, pero por delante de las de Francia e Italia, de suerte que de la noche a la mañana “Terminator” se ha erigido en por lo menos un peso mediano de la política internacional. Puesto que el gobernador anterior, Gray Davis, fue destituido precisamente por su incapacidad de manejar la gigantesca economía californiana, que es cinco o seis veces mayor que la argentina pero que se ha hundido en dificultades fiscales enormes, el desafío que enfrenta el “superhéroe” cinematográfico podría abrumar incluso a los personajes ficticios que se ha habituado a encarnar, para no hablar del ser humano de carne y hueso que en realidad es.
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