Tiempo de realineamiento

Redacción

Por Redacción

Para alivio de los kirchneristas más fervorosos, en las elecciones del 27 de octubre lograron conservar la mayoría en las dos cámaras del Congreso. Pudieron hacerlo a pesar de un resultado nada favorable porque, cuatro años antes, habían sufrido una derrota dolorosa, de la que se recuperaron pronto merced al desempeño satisfactorio de la economía y la incoherencia de una oposición sin líderes evidentes, además de que no habría barreras constitucionales para una eventual reelección de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner o su marido, el expresidente Néstor Kirchner. Sin embargo, en la actualidad el panorama es muy distinto: la economía ha entrado en una fase de estanflación de la que le costará salir sin un ajuste traumático, han surgido líderes opositores claramente presidenciables y, desde luego, se ha esfumado el sueño reelectoral de quienes fantaseaban con una “Cristina eterna”. Es de prever, pues, que en los meses próximos los legisladores peronistas y su aliados coyunturales se reagrupen a fin de prepararse para enfrentar la etapa siguiente. Tendrán que hacerlo: si la experiencia les ha enseñado algo a los políticos profesionales, esto es que no les convendría anteponer su eventual lealtad hacia un dirigente determinado a sus propios intereses personales. Puesto que, con escasísimas excepciones, querrán continuar ocupando un lugar en la clase política nacional, no les cabrá más alternativa que la de adaptarse, de la manera más elegante posible, al nuevo ecosistema que está en vías de formarse. Según se informa, ya está creciendo con rapidez el bloque parlamentario que responderá al diputado electo Sergio Massa, por tratarse del más prometedor de los triunfadores de la jornada electoral. Sin tener que esforzarse, el tigrense ha agregado siete legisladores a los trece que figuraron en su lista, lo que, huelga decirlo, alentará a otros a acercarse al polo que, andando el tiempo, podría ser mayoritario. No serviría para mucho tildar de oportunistas a los neomassistas. A su modo, los legisladores peronistas son como los funcionarios de países dotados de un sector público formalmente apolítico que se concentran en su trabajo sin preocuparse por las pretensiones ideológicas del gobierno de turno o las ambiciones personales de sus integrantes. Abundan los que han sido sucesivamente cafieristas, menemistas, frepasistas, duhaldistas y, últimamente, kirchneristas. Por un rato, serán massistas o, si les parece mejor, sciolistas; repetirán las consignas de moda con la misma convicción de siempre y, de creerlo necesario, nos hablarán de su voluntad de ayudar a solucionar los problemas de la gente sumándose a una mayoría emergente resuelta a poner fin a una larga historia de frustraciones. Acusarlos de cinismo, cuando no de hipocresía, sería fácil, pero sucede que, en el mundo confuso en que nos ha tocado vivir, tanto el dogmatismo ideológico como la lealtad incondicional hacia un caudillo distan de ser virtudes. Por el contrario, en el transcurso de los dos siglos últimos, los reacios a cambiar de opinión o de fracción han provocado una serie de catástrofes inenarrablemente cruentas, razón por la que es reconfortante que una proporción creciente de quienes figuran en el elenco político estable haya llegado a la conclusión de que lo que el país más necesita no es tanto un “modelo” socioeconómico novedoso, cuanto una buena dosis de moderación acompañada por más sentido común. Parece que nadie sabe muy bien qué se ha propuesto Massa o cómo ubicarlo con precisión en el mapa ideológico que, por desactualizado que esté, sigue utilizándose, y lo mismo podría decirse de otros presuntos presidenciables que se afirman a favor del pluralismo, el diálogo, el respeto por los derechos ajenos y un esfuerzo mancomunado por atenuar las muchas lacras del país. En política, ser pragmático no equivale a no tener principios, sino estar dispuesto a obrar con realismo, actitud que raramente se ha visto en las filas del kirchnerismo, un movimiento cuyos líderes no han vacilado en privar al país de estadísticas confiables por entender que, a diferencia de las confeccionadas por el Indec intervenido, reflejarían el abismo que separa el país tal y como es del imaginado por el gobierno y, por lo tanto, el fracaso de la gestión de la presidenta actual.


Para alivio de los kirchneristas más fervorosos, en las elecciones del 27 de octubre lograron conservar la mayoría en las dos cámaras del Congreso. Pudieron hacerlo a pesar de un resultado nada favorable porque, cuatro años antes, habían sufrido una derrota dolorosa, de la que se recuperaron pronto merced al desempeño satisfactorio de la economía y la incoherencia de una oposición sin líderes evidentes, además de que no habría barreras constitucionales para una eventual reelección de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner o su marido, el expresidente Néstor Kirchner. Sin embargo, en la actualidad el panorama es muy distinto: la economía ha entrado en una fase de estanflación de la que le costará salir sin un ajuste traumático, han surgido líderes opositores claramente presidenciables y, desde luego, se ha esfumado el sueño reelectoral de quienes fantaseaban con una “Cristina eterna”. Es de prever, pues, que en los meses próximos los legisladores peronistas y su aliados coyunturales se reagrupen a fin de prepararse para enfrentar la etapa siguiente. Tendrán que hacerlo: si la experiencia les ha enseñado algo a los políticos profesionales, esto es que no les convendría anteponer su eventual lealtad hacia un dirigente determinado a sus propios intereses personales. Puesto que, con escasísimas excepciones, querrán continuar ocupando un lugar en la clase política nacional, no les cabrá más alternativa que la de adaptarse, de la manera más elegante posible, al nuevo ecosistema que está en vías de formarse. Según se informa, ya está creciendo con rapidez el bloque parlamentario que responderá al diputado electo Sergio Massa, por tratarse del más prometedor de los triunfadores de la jornada electoral. Sin tener que esforzarse, el tigrense ha agregado siete legisladores a los trece que figuraron en su lista, lo que, huelga decirlo, alentará a otros a acercarse al polo que, andando el tiempo, podría ser mayoritario. No serviría para mucho tildar de oportunistas a los neomassistas. A su modo, los legisladores peronistas son como los funcionarios de países dotados de un sector público formalmente apolítico que se concentran en su trabajo sin preocuparse por las pretensiones ideológicas del gobierno de turno o las ambiciones personales de sus integrantes. Abundan los que han sido sucesivamente cafieristas, menemistas, frepasistas, duhaldistas y, últimamente, kirchneristas. Por un rato, serán massistas o, si les parece mejor, sciolistas; repetirán las consignas de moda con la misma convicción de siempre y, de creerlo necesario, nos hablarán de su voluntad de ayudar a solucionar los problemas de la gente sumándose a una mayoría emergente resuelta a poner fin a una larga historia de frustraciones. Acusarlos de cinismo, cuando no de hipocresía, sería fácil, pero sucede que, en el mundo confuso en que nos ha tocado vivir, tanto el dogmatismo ideológico como la lealtad incondicional hacia un caudillo distan de ser virtudes. Por el contrario, en el transcurso de los dos siglos últimos, los reacios a cambiar de opinión o de fracción han provocado una serie de catástrofes inenarrablemente cruentas, razón por la que es reconfortante que una proporción creciente de quienes figuran en el elenco político estable haya llegado a la conclusión de que lo que el país más necesita no es tanto un “modelo” socioeconómico novedoso, cuanto una buena dosis de moderación acompañada por más sentido común. Parece que nadie sabe muy bien qué se ha propuesto Massa o cómo ubicarlo con precisión en el mapa ideológico que, por desactualizado que esté, sigue utilizándose, y lo mismo podría decirse de otros presuntos presidenciables que se afirman a favor del pluralismo, el diálogo, el respeto por los derechos ajenos y un esfuerzo mancomunado por atenuar las muchas lacras del país. En política, ser pragmático no equivale a no tener principios, sino estar dispuesto a obrar con realismo, actitud que raramente se ha visto en las filas del kirchnerismo, un movimiento cuyos líderes no han vacilado en privar al país de estadísticas confiables por entender que, a diferencia de las confeccionadas por el Indec intervenido, reflejarían el abismo que separa el país tal y como es del imaginado por el gobierno y, por lo tanto, el fracaso de la gestión de la presidenta actual.

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