Transiciones

Por Redacción

Desde el balotaje ganó espacio en los medios y en la retórica política la idea de que vivimos una “transición”. Los matices en el uso de esa palabra están determinados, sobre todo, por el grado de colaboración que se le adjudique al gobierno saliente en ese proceso. Así, leemos sobre ministros que “colaboran” y al jefe de Gabinete preguntando con sorna si el presidente electo pensaba llevarse el short para bañarse en la pileta de Olivos. Más allá de esos extremos, vale pensar que las cosas serían diferentes si, más correctamente, habláramos de “traspaso del mando” o “cambio de autoridades”. Sucede que la idea de una transición, desde un punto de vista histórico, debería tener otras connotaciones. El uso de un concepto tan cargado como ese para hablar del momento de la asunción del gobierno de Mauricio Macri merece alguna revisión. Esta fue una campaña presidencial escasa en ideas y definiciones. Algunas evidencias: la apelación a los nombres propios para hablar de los candidatos y la rápida definición de orientaciones políticas a partir de las cabezas de lista (“macrismo”, “cristinismo”, “kirchnerismo”, para llegar al “tinellismo” en el caso de las elecciones de la Asociación del Fútbol Argentino). El hecho de que Cambiemos, una fuerza hegemonizada por la centroderecha, haya podido apelar a la idea del Cordobazo (una insurrección obrera y estudiantil de fuerte contenido clasista y anticapitalista) en un afiche de campaña y en el discurso de su candidato (“Hagamos un Cordobazo del crecimiento”) sin sonrojarse y de que el oficialismo derrotado hable de pasar a la “resistencia” (a un gobierno democráticamente electo que aún no asume) con las connotaciones que esto tiene especialmente para el peronismo (que resistió, pero a proscripciones, fusilamientos y cárcel) dice mucho sobre lo epitelial de las genealogías políticas y la labilidad de los relatos acerca del pasado. Esta es otra arista de un proceso por el cual el pasado devino en una cantera proveedora de símbolos despojados de connotaciones ideológicas o políticas que sintonizan más con humores sociales que con proyectos ideológicos. Quien mejor interpreta esos climas, gana. No es tan relevante lo que proponga o esconda, sino las cuerdas sensibles que toque. No deja de ser llamativo, si pensamos que una de las más fuertes críticas al Frente para la Victoria ha sido, precisamente, la elaboración de un “relato” totalizador y excluyente. Propios y ajenos al FpV han sobredimensionado el valor del pasado. Ese sobredimensionamiento profundizó tanto la banalización como el esmerilado de la densidad histórica del pasado, de las posibilidades que este tiene no de “dar lecciones”, sino de ofrecer elementos para ubicar coyunturas en procesos históricos más complejos y prolongados. El “relato” es tan fuerte hacia el pasado como vago en definiciones hacia el futuro: el motto de Daniel Scioli, el candidato derrotado, fue “cambiar lo que haya que cambiar y mantener lo que haya que mantener”. Es un signo de época de escala mundial que excede a la Argentina llamado presentismo: la ausencia de un futuro imaginado, la disolución del tiempo histórico en un presente permanente, en el cual el espejo del pasado suplanta la proyección, es decir, la imaginación y la construcción política. La idea de “transición” no escapa a este contexto. Pero, antes que tomarla como descripción del presente, vale pensar lo que revela en cuanto a expresión de deseos y a conductas sociales. En nuestro pasado reciente esa palabra fue utilizada con fuerza a partir de 1983. Por entonces se hablaba de “transición democrática” o “transición a la democracia” en función del pasaje de la dictadura al gobierno de Raúl Alfonsín. Desde hace algunos años, algunos historiadores preferimos hablar de “posdictadura”. De esta manera, llamamos la atención sobre procesos de más larga duración que abren por lo menos dos grandes líneas analíticas. La primera, cuánto de nuevo y de ruptura con el pasado tuvo la democracia y en qué aspectos. Luego, las continuidades entre la dictadura y el nuevo régimen democrático. Por ejemplo: ¿en qué grado algunas estructuras represivas se mantuvieron bajo el mandato constitucional? ¿Cuánto de la reconfiguración productiva a sangre y fuego se prolongó en el tiempo? La idea de “transición”, si bien marca con justicia un momento de pasaje, encierra la semilla del distanciamiento y la desresponsabilización: “yo soy lo nuevo” que “convive con lo viejo que se va”. Pero los procesos históricos son más complejos que esta idea aliviadora. Así, hablar de transición puede ser autoengañoso. Porque es difícil caracterizar un proceso en marcha pero, sobre todo, porque nos evita la incómoda pregunta acerca del grado en el que contribuimos a cavar trincheras en torno a la “grieta” o de la (in)comodidad para convivir con ella. La transición, entonces, está por verse. (*) Historiador y escritor

Opinión

Federico Lorenz – @FedeLorenzyClio