Triunfaréis pero no convenceréis
La frase que da título a la presente nota corresponde al gran don Miguel de Unamuno. Y eso está sucediendo en la democracia argentina desde hace tiempo. Hay un distanciamiento cada vez mayor de la clase política respecto de los derechos y necesidades de la mayoría del pueblo que los votó. Y los ciudadanos “son las víctimas de estas llamadas democracias donde los tiranos militares fueron muchas veces sustituidos por correctos eunucos. Comediantes que por el hecho de ser reemplazados cada cuatro o seis años en un desganado domingo electoral se creen herederos del humanismo de Occidente y con derecho a proponernos una vida sin heroísmo, sin fe, sin grandeza y sin dioses”.
Creen estos señores que se encaraman al poder que están por encima de la Constitución y las normas y que una ley se debe aprobar por el chantaje, la fuerza, la represión o la presión sobre los gobernadores y legisladores, olvidando la cita de Montesquieu sobre que “Una cosa no es justa por el hecho de ser una ley. Debe ser ley porque es justa”. Y como se ha visto muchas veces, el caos, la furia y el desorden ganan la calle, y lamentablemente es abrir las puertas a la frase de Jünger: “Si los lobos contagian a la masa, un mal día el rebaño se convierte en horda”. Como en La Fronda en Francia.
La pregunta: ¿es esto una democracia? ¿Son éstos los gobiernos de la mayoría de los argentinos?
En política no se puede consentir con la razón del más fuerte en ningún caso. Las ovejas que se creen aliadas del lobo son las primeras en ser devoradas.
Nada bueno es dable esperar ante la vergonzosa sanción de la ley previsional porque “cuando se legaliza la injusticia, la resistencia es un deber y denunciarla una obligación”.
No se puede en una democracia que se precie de dejar de lado el debate sin presiones, la búsqueda de consenso, obviar el sentido común, blindar el parlamento, porque de esa forma se hace real el aserto de Alexis de Tocqueville cuando dijo que “la democracia es la tiranía de las mayorías”.
“Si no hay comida cuando se tiene hambre –escribió Nelson Mandela–, si no hay medicamentos cuando se está enfermo, si hay ignorancia y no se respetan los derechos elementales de las personas, la democracia es una cáscara vacía, aunque los ciudadanos voten y tengan parlamento”.
Solamente si volvemos a los viejos valores, al ejemplo de los que sin tener nada fundaron una gran nación y nos dieron todo; si dejamos las aparcerías políticas de cuarta, si recreamos las doctrinas nacionales, si instalamos el diálogo como instrumento cotidiano, podremos superar la gravedad del momento que estamos atravesando. Así debiera ser, así debería ser.
Jorge Castañeda
DNI 8.569.045
Jorge Castañeda
DNI 8.569.045
La frase que da título a la presente nota corresponde al gran don Miguel de Unamuno. Y eso está sucediendo en la democracia argentina desde hace tiempo. Hay un distanciamiento cada vez mayor de la clase política respecto de los derechos y necesidades de la mayoría del pueblo que los votó. Y los ciudadanos “son las víctimas de estas llamadas democracias donde los tiranos militares fueron muchas veces sustituidos por correctos eunucos. Comediantes que por el hecho de ser reemplazados cada cuatro o seis años en un desganado domingo electoral se creen herederos del humanismo de Occidente y con derecho a proponernos una vida sin heroísmo, sin fe, sin grandeza y sin dioses”.
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