Tucumán, sepulcro de la tiranía
ARMANDO MARIO MÁRQUEZ (*)
Me apresuro en aclarar que el título no es original sino que lo atrapé de la adjetivación que se le diera, desde su origen, a la Batalla de Tucumán, que conforma el eje central de este trabajo. Con motivo de la sanción de la ley 26.763, generada por la propuesta de un grupo de legisladores nacionales tucumanos, el 24 de septiembre de este 2012 fue día feriado, en razón de cumplirse en esa jornada el bicentenario de la confrontación bélica entre tropas criollas y realistas en las afueras de la ciudad de San Miguel de Tucumán, oportunidad que aparece como inmejorable para rememorar, también, su trascendencia en los sucesos posteriores, enmarcados éstos en la conformación institucional de nuestra Nación Argentina. No vamos a soslayar en este trabajo la importancia militar del combate, en que la preparación y conducción de la batalla por parte del responsable del Ejército del Norte, Manuel Belgrano, aparece elogiada unánimemente por quienes son entendidos en la materia, lo que se erigió junto con la bravura del pueblo tucumano y el acompañamiento de compatriotas de otras tierras –en especial santiagueños y catamarqueños– en el factor decisivo de la victoria, en que las bien pertrechadas tropas enemigas doblaban en número a nuestros hombres a la vez que contaban con más y mejor logística. Simplemente vamos a advertir su importancia desde otra mirada: la histórico-institucional. Nada mejor, tampoco, que hacerlo en este año 2012, dedicado a la memoria y evocación de Manuel Belgrano. “Tucumán, Sepulcro de la Tiranía”, tal la leyenda que lucían las medallas evocativas y alusivas dispuestas por las autoridades de entonces, lo que es totalmente cierto, ya que su primera consecuencia fue frenar el avance realista hacia el centro del territorio patrio, a la vez que dio nuevos bríos e impulso a las ideas acuñadas en mayo de 1810, para ese entonces ya traducidas en la necesidad de independencia. Toma resalto, entonces, la decisión de Manuel Belgrano quien, habiendo producido y encabezado el Éxodo jujeño, tenía órdenes del gobierno central porteño de descender hasta territorio cordobés para dar ahí batalla, cuestión que fue abiertamente desoída por nuestro prócer, el que entendió que era por demás peligroso dejar que el enemigo penetrara hasta el corazón de nuestras tierras, donde podía recibir ayuda desde el este, en particular de la Banda Oriental, con consecuencias que podían ser trágicas, poniéndose seriamente en peligro lo conseguido hasta ese entonces. Es así que se plantó en tierras tucumanas y, con la ayuda de los heroicos compatriotas, venció a un ejército que lo superaba en número y armamento, el que huyó hacía Salta, donde poco después se daría otra batalla decisiva para nuestros objetivos patrios. Todo ello no solamente incidió de manera fundamental en nuestra autoestima, que nos reafirmó en seguir el camino de las ideas libertarias, sino que también tuvo incidencias de corte político. Es así que por los sucesos del 8 de octubre de 1812 acaecidos en la ciudad de Buenos Aires, que tuvieron a José de San Martín entre sus principales protagonistas, cayeron la Asamblea y el Primer Triunvirato, asumiendo el gobierno central el Segundo Triunvirato conformado por Juan José Paso, Nicolás Rodríguez Peña y Antonio Alvarez de Jonte. Éste, que sería el último órgano de poder colegiado en nuestra historia en funciones ejecutivas, dictó el decreto del 24 de octubre de 1812, que bajo la advocación de Independencia y Constitución convocó a Asamblea General conformada por representantes de todo el territorio para que se avocaran a dar respuesta a esas importantes premisas de nuestra Nación. Es de destacar que en su texto se ocupó puntualmente de la Batalla de Tucumán en oportunidad de pronunciarse sobre la elección de congresales al cónclave, al disponer que concurrirían “…dos por cada capital de provincia y uno por cada ciudad de su respectiva jurisdicción, con excepción de Tucumán –dependiente de Salta–, que tendría dos como honrosa distinción por el triunfo glorioso del 24 de septiembre de 1812…”. Así, el 31 de enero de 1813 inició sus actividades la Asamblea General Constituyente, que no declaró la independencia ni tampoco nos legó un texto constitucional, pero que tuvo una muy destacada labor legislativa y en cuyo seno se presentaron cuatro proyectos constitucionales, que fueron especialmente tenidos en cuenta y se erigieron como fuentes para quienes nos legaron nuestra ley mayor en 1853. Que todo ello también forme parte del recuerdo de la Batalla de Tucumán. (*) Miembro del Comité Ejecutivo de la Asociación Argentina de Derecho Constitucional. Presidente del Centro de Estudios Constitucionales del Neuquén
ARMANDO MARIO MÁRQUEZ (*)
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