Un abismo
columna semanal
LA PEÑA
La llegada de agosto era también la llegada del viento. En realidad no sé por qué, en una punta y en la otra del país agosto es el mes de los vientos, pero nos resultaba bienvenido a pesar de la tierra y de todo lo que eso implicaba, porque era el mes en que los barriletes podían volar sin esfuerzo, podían adueñarse del cielo en tardes enteras que no queríamos que terminaran nunca.
En realidad los barriletes eran parte de la larga lista de juegos que jugábamos de chicos, la mayoría de los cuales quedaron en desuso. Tal vez se pierdan por falta de ejercicio, tal vez se pierdan por falta de quien enseñe a jugar, o tal vez el olvido gane y no vuelvan a adueñarse de cielos ni de cordones de veredas.
Un abismo separa aquellos tiempos del presente. Y no pasaron tantos años desde que jugábamos esos juegos. Apenas 40, que en el escenario de la vida son casi nada.
Un simple mirar nos hará advertir que no se ven chicos jugando a las bolitas en las veredas, que muy pocos barriletes ocupan un pedacito de cielo en días de viento, que no hay niños en los cordones jugando carreras de autitos plásticos cargados de piedras o de plomo para que no volcaran.
No me atrevería a decir qué tiempo fue mejor, porque los chicos de hoy y también sus padres, tendrán sus argumentos, pero sí me animo a decir que era maravillosamente divertido ser parte de aquel tiempo en que lo que valía para jugar mejor era el ingenio y no tanto la tecnología.
Un día aburrido no nos permitía sentarnos en la compu y ponernos en contacto con el mundo.
Un día aburrido nos enseñaba a superar ese aburrimiento con cosas tan simples como unas cuántas latas que servían para tocar, aunque fueran puro ruido, para imaginarnos que éramos parte de la más maravillosa orquesta.
Un día aburrido era el sinónimo de que a cualquiera de nosotros, primos o amigos, se nos iba a ocurrir algo qué hacer. Armar un karting con rulemanes, jugar al fútbol con naranjas agrias de la vereda, improvisar una choza y soñar con que éramos una gran familia.
Hasta aprendimos a jugar a los profesionales y comerciantes, donde el más elegante solía ser el médico, abundaban los almaceneros que sobre algunos cajones de frutas improvisaban una despensa. Dejábamos sin envases la alacena de cada casa para llenar el almacén. Y la plata era nuestra propia moneda, algún cuaderno viejo al que le sobraron hojas.
Un día aburrido podía ser justo el día para jugar con una vieja llanta de bicicleta que guiábamos con un fierrito y corríamos lo más derechitos posible para ver quién era el mejor.
Un día de lluvia era la invitación perfecta para hacer barquitos de papel, que aunque duraran sólo un suspiro porque se mojaban y desarmaban, nos regalaban el enorme placer de verlos partir hacia un puerto imaginario. En nuestro pueblo había un claro abajo y arriba, calles con pendiente pronunciada y con una especie de mar o río en miniatura formados a los costados del asfalto. Por allí partían barcos sin velas que a veces perdíamos de vista y otras veíamos naufragar en medio del aroma que acompaña a la lluvia.
Un momento cualquiera era el punto de partida para los aviones de papel más extraños, algunos de vuelo perfecto, otros de vuelo irregular y los peores de vuelos cortos, apenas lo que durara el impulso del lanzamiento.
Andar en bici era mucho más que utilizar la bici para ir a tal o cual parte. Andar en bici era disfrutar de la bici, era volver con los cachetes colorados por el sol o por el frío después de haber recorrido el pueblo. A veces con ruidos para simular motos que en ese tiempo eran pocas, casi inexistentes. Poníamos un globo de carnaval y lo pasábamos entre los rayos de la bici. Duraban poco, pero nos hacían sentir dueños de las motos que no teníamos.
Jorge Vergara
jvergara@rionegro.com.ar