Un exceso de optimismo

Por Redacción

Lo mismo que sus homólogos en otros países, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner tiene forzosamente que dar a entender que la Argentina está en condiciones de enfrentar con éxito la crisis económica mundial que se nos viene encima, pero convendría que no exagerara. Según la presidenta, el país cuenta con un modelo tan virtuoso que ya le permitió continuar batiendo récords en todos los sectores de la economía, mientras el resto del mundo se derrumbaba estrepitosamente, lo que es una verdad a medias ya que aquí también el crecimiento se frenó en el 2009, con consecuencias negativas para la campaña electoral de su marido en la provincia de Buenos Aires. De todos modos, hay muchos que no comparten el optimismo obligatorio de Cristina. Lejos de sentirse impresionados por la fortaleza del “modelo” kirchnerista que supuestamente impedirá que nos afecten las turbulencias ajenas, quienes están en condiciones de hacerlo están comprando cantidades cada vez mayores de dólares estadounidenses, de tal modo señalando que a su juicio Estados Unidos sigue siendo un país más seguro que la Argentina. Por lo demás, la bolsa porteña, motivada según parece por el temor a que en adelante el “viento de cola” resulte a lo sumo una brisa débil, ha experimentado caídas aún mayores que las de Europa y Estados Unidos. Sería mejor, pues, que la presidenta reconociera que, de resultar tan turbulenta como muchos prevén la próxima fase de la crisis económica mundial, el país enfrentará muchas dificultades y que para superarlas el gobierno tendría que obrar con un grado de realismo que hasta ahora le ha sido ajeno, tomando medidas para reducir la tasa de inflación y para asegurar a los inversores que sus derechos serán debidamente respetados. El impacto inmediato de una nueva convulsión internacional en la Argentina sería menor que en muchos otros países no porque el “modelo” la haya blindado contra los choques externos, sino porque de resultas del default de diez años atrás aún está marginada de los mercados de capitales. Otra ventaja –en términos políticos y económicos, se entiende– consiste en que ya se ha acostumbrado a que una parte sustancial de la población viva hundida en la pobreza y que, a diferencia de lo que sucede en España, Grecia y otros países europeos, aquí son rutinarias las ruidosas protestas callejeras contra la situación imperante, de suerte que pocos les prestan atención a menos que den pie a batallas campales con un tendal de muertos y heridos. Asimismo, si bien sería poco razonable exigirle a la presidenta subrayarlo, nuestro ingreso per cápita sigue siendo muy inferior a los de Grecia, Portugal, España e Italia, y por lo tanto resulta un tanto absurdo procurar hacer pensar que nuestro “modelo” económico es llamativamente mejor que los del atribulado sur de Europa. Para que la Argentina disfrutara de ingresos parecidos a los de la Grecia actual, le sería necesaria otra década de crecimiento “a tasas chinas”, lo que sería poco probable si la economía mundial cayera en una nueva recesión. Cuando de la economía se trata, comprometerse férreamente con un “modelo” determinado es siempre peligroso. Lo aprendimos hace poco más de diez años; en la actualidad, lo están aprendiendo los norteamericanos y europeos que se habían convencido de que les sería dado continuar endeudándose por mucho tiempo más porque, se decían, merced al avance vertiginoso de la tecnología y de la globalización regía un “nuevo paradigma”. Parecería que los gobiernos de Estados Unidos y de los integrantes de la Unión Europea ya se han dado cuenta de su error, de ahí la puesta en marcha tardía de programas de austeridad. En cambio, otros gobiernos, entre ellos los de ciertos países “emergentes” que se han visto beneficiados por el aumento sostenido de los precios de los commodities como la soja pero que no han aprovechado la oportunidad para llevar a cabo reformas destinadas a hacerlos más productivos, se las han arreglado para persuadirse de que por fin han encontrado una fórmula mágica –un “modelo”– que les garantiza un futuro brillante sin que les resulte preciso modificar nada. A juzgar por la experiencia universal, aquellos países que, por los motivos que fueran, se nieguen a adaptarse a los cambios que están modificando el panorama internacional pronto recibirán algunas sorpresas desagradables.


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