Un fracaso costoso

Por Redacción

Para felicidad de la variopinta fauna “globalifóbica” que suele asistir a todas las reuniones internacionales y también para los representantes de las naciones ricas, pero trágicamente para los países pobres, la cumbre de la Organización Mundial de Comercio (OMC) que se celebró en Cancún, México, terminó sin acuerdo alguno. En la raíz del colapso estuvo la incompatibilidad entre las propuestas de los países ya desarrollados, que no quieren reducir los jugosos subsidios que pagan a sus agricultores, y los reclamos de los demás que insistieron en que la eliminación de dichos subsidios encabezara la agenda.  Para la Argentina, cuyos problemas crónicos se deben en parte al proteccionismo agrícola de la Unión Europea, el fracaso rotundo de las negociaciones ha sido un revés muy importante porque en un mundo más abierto estaría en condiciones de aumentar mucho sus exportaciones, de este modo adquiriendo las divisas que necesitará para saldar sus deudas. Asimismo, al fomentar el proteccionismo ajeno la inflexibilidad de los países ricos seguirá perjudicándonos, porque en otros sectores económicos una mayor apertura puede beneficiar no sólo a los países avanzados que quieren encontrar nuevos mercados para sus bienes y servicios, sino también a sus eventuales clientes pobres. Con todo, la delegación argentina pudo asumir una actitud optimista por haber estado entre los impulsores de una nueva agrupación que acaso logre influir mucho en los próximos años.  Sus esperanzas en tal sentido no son ingenuas. Aunque hasta ahora casi todos los bloques de este tipo han resultado ser nada más que foros en los que los presuntos triunfos fueron meramente retóricos, el formado en Cancún podría ser distinto.

En el balneario mexicano la Argentina se encontró en una posición intermedia entre los más pobres, en especial los africanos que provocaron el colapso de las negociaciones, y los ricos al ayudar a crear un bloque de 22 países en su mayoría “emergentes”, entre ellos Brasil, India y China que, de consolidarse, por su peso y por su voluntad de negociar en serio parece más promisorio que otras iniciativas de esta clase que, lejos de impulsar avances genuinos, sirvieron principalmente para frenarlos. La formación de este bloque ha preocupado mucho a los europeos que, lo mismo que los norteamericanos, prefieren los diálogos bilaterales en los que su poder y su riqueza les brindan una ventaja incontrastable. Todavía más inquietante desde su punto vista, si cabe, habrá de ser la actitud sumamente razonable de quienes los critican por fingir creer que la libertad de comercio es fundamental para el bienestar universal aunque por motivos de política interna se niegan a dejar de entregar miles de millones de dólares anuales a los lobbies agrícolas locales so pretexto de que representan campesinos pobres y pintorescos cuando en realidad el grueso de los subsidios va directamente a empresas muy grandes. En esta puja por el dinero, los subsidiados europeos y norteamericanos cuentan con la ayuda muy valiosa de los “globalifóbicos” y de algunas ONG que, al contribuir a sabotear las reuniones de la OMC, brindan a los países ricos excusas para seguir resistiéndose a prestar atención a los reclamos de los perjudicados.  Aunque para sorpresa de pocos la cumbre de Cancún resultó ser una farsa, la lucha de los países que no tienen por qué temer a la libertad de comercio contra el proteccionismo europeo y norteamericano dista de haber terminado en una derrota. Además de incluir en sus filas a naciones tan poderosas como China y los miembros del Grupo Cairns liderado por Australia y la Argentina, tiene aliados en Estados Unidos y la Unión Europea donde son cada vez más los conscientes tanto de los efectos devastadores de los subsidios agrícolas para el “Tercer Mundo” como del precio que han de pagar sus propios consumidores por productos que de otro modo les resultarían mucho más baratos. Así las cosas, no es de descartar que los proteccionistas pronto tengan que batirse en retirada, lo que posibilitará la apertura de mercados que en buena lógica deberían considerarse naturales para los productos del campo que, mal que les pese a aquellos románticos que sueñan con una Argentina casi exclusivamente industrializada, conformarán la base de nuestras exportaciones por mucho tiempo más. 


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