Un futuro que promete y abruma: Santiago Bilinkis delinea los dilemas del mundo que viene

Desde concebir una pastilla que permita borrar recuerdos traumáticos hasta combatir enfermedades irreversibles y ampliar la expectativa de vida a los mil años, la ciencia avanza a paso frenético instalando dilemas éticos y filosóficos que interpelan sobre los modos en que el hombre gestionará la continuidad de la especie, cuyo devenir analiza el tecnólogo Santiago Bilinkis en su libro “Pasaje al futuro”.



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Tras siglos en los que la evolución humana fue atribuida a la acción de un agente exterior -que la religión cifró en la figura de Dios y los no creyentes a la selección natural o fenómenos emergentes- las sociedades están en el umbral de una constatación extraordinaria y abrumadora a la vez: si hasta ahora ni la inteligencia ni la vida eran fruto de la intervención humana, no muy lejanamente será posible romper ese paradigma y contar con recursos casi ilimitados para diseñar el mundo.

Sobre esta hipótesis central se despliegan los avances que describe Bilinkis, un economista que hace cuatro años decidió exhumar su interés por la tecnología y se anotó junto a otros 1.600 aspirantes en Singularity University, una institución patrocinada por la NASA que durante diez semanas ofrece la posibilidad de escuchar a los principales referentes mundiales en campos como biotecnología, inteligencia artificial y neurociencia.

Este hombre que de chico soñaba con ser inventor y encontraba más placer en desmontar sus juguetes que en usarlos, se quedó con una de los 80 vacantes disponibles y viajó a San Francisco para vivir experiencias que incluyen desde comandar un transbordador espacial hasta confrontarse con la inquietante paradoja de que las tecnologías pueden servir para solucionar los peores problemas de la humanidad y al mismo tiempo hacer realidad “los escenarios más espantosos imaginados por la ciencia ficción”.

Todos esos adelantos, que Bilinkis conoció a su paso por esta universidad de enfoque innovador, deben convivir con una resistencia biológica al cambio: “El cerebro, si bien muy plástico, es resultado de miles de años de evolución en un mundo muy diferente a éste. Durante toda la historia de la humanidad, los recursos eran escasos y si uno encontraba algo que era fuente de alimento, el cuerpo le pedía que comiera tanto como sea posible”, expone.

“Y así, muchos de los señalamientos que el cuerpo desarrolló como recompensa por aquello que era bueno para la subsistencia, hoy ya no sirven. Cambiar esos procesos es muy difícil y tiene que ver con los sesgos cognitivos que tiene el cerebro y nos predisponen negativamente al cambio. Si uno combina estos dos factores, obtiene personas que frente a una determinada situación de cambio, siempre prefieren mantener el status quo. Y eso en un mundo que evoluciona tan aceleradamente es una receta para el desastre”, dictamina.

En “Pasaje al futuro” (Sudamericana), Bilinkis explora las transformaciones disparadas por la innovación tecnológica desde un enfoque que traspone la fascinación “techie” y apunta a un lector que se siente intimidado por los avances tecnológicos, incluso cuando aún no ha tomado conciencia de la encrucijada económica, filosófica y hasta ética que ponen en juego muchos de estos dispositivos.

“Uno de los ejemplos que ilustran estas tensiones es el de los autos autónomos, que tienen el atributo de manejarse solos. Se sabe que tendrán un efecto benéfico por la reducción de la cantidad de muertes que tenemos en accidentes viables o del estrés que implica el tránsito en las grandes ciudades, pero al mismo tiempo la aplicación de este tipo de nuevas tecnologías implica tomar decisiones éticas muy profundas”, señala.

“¿Qué pasaría si una de estas unidades autómonas va por un camino de cornisa y estalla un neumático? -se interroga Bilinkis-. Un humano intentará salvar su vida girando el volante hacia la montaña y tratando de evitar el precipicio. Un auto autónomo, en cambio, cuenta con mayor información y puede tomar otra decisión”.

El divulgador plantea entonces que en esa instancia el vehículo autocomandado puede detectar, por ejemplo, si se acerca un ónmibus escolar lleno de chicos: “La encrucijada está planteada porque si el auto va hacia el precipicio, el conductor muere pero salva diez vidas ¿Qué tiene que hacer? ¿Debe matar a su conductor en pos de salvar diez vidas o debe maximizar las chances del conductor aun cuando en el camino pueda matar a más gente?”, asegura.

“Supongamos que decidimos como sociedad programar al auto para que sacrifique al dueño en pos de salvar otras vidas ¿Te subirías a un auto para el cual salvar tu vida no es su prioridad? Y un paso más allá: en sociedades como las nuestras, iríamos a la calle Warnes para que nos ajusten el software del auto y que en todo caso mate a otros pero no sacrifique tu vida? -plantea Bilinkis-. Lo interesante de esa decisión es que no la toma el auto: la tomamos nosotros cuando lo programamos”.

El autor sostiene que a diferencia de la Revolución Industrial -cuando las transformaciones eran lo suficientemente progresivas como para leerse en prolija continuidad con el presente- los cambios ya no responden a una lógica temporal sino exponencial: la velocidad ha disuelto toda lógica anterior asociada a la influencia de la tecnología, “por eso cuanto más sepa alguien y más embebido haya estado del ritmo de cambio anterior, más difícil es que pueda anticipar lo que depara el futuro”.

¿El problema que afrontan las sociedades hoy es que los cambios sociales son mucho más lentos que las transformaciones tecnocientíficas? “Totalmente y es ahí donde el libro pretende ser provocador, alertando acerca de cómo la tecnología alterará la vida de una manera profunda. No sólo eso: el ritmo de cambio al que estamos expuestos se va a acelerar mucho más. Y algún día la velocidad a la que suceden las cosas ahora nos parecerá lenta”, explica.

Y así, en un mundo tan cambiante, son grandes contratiempos de la escena contemporánea la rápida desactualización de los objetos, la corta duración de las innovaciones y, en el caso de algunas sociedades, la falta de prospectiva para anticipar el tránsito entre lo novedoso y lo obsoleto.

“Hace un tiempo Argentina lideró el mundo en la implementación de netbooks en las escuelas. Hoy en día es un objeto desactualizado aunque no pasaron tantos años desde su aparición -apunta-. Parte del desafío es que actualizarse no es una decisión de una única vez sino que requiere de una inversión constante porque por la naturaleza misma del fenómeno todo queda desactualizado enseguida”.

“Otro punto interesante respecto a la educación es que se le puede dar una netbook a cada chico en la escuela pero si el docente no sabe qué hacer con ella se convierte en un objeto perturbador en el aula, de modo que incorporar computadoras en las escuelas es genial como primer paso pero requiere cambios mucho más profundos: en la metodología de enseñanza, en los contenidos…”, acota.

Bilinkis asegura que es crucial revisar los paradigmas cognitivos y educativos para adecuarlos a las demandas actuales -”el pizarrón ya no sirve”, sentencia-, dotar a la enseñanza de un sesgo anticipatorio en tanto funciona como la principal herramienta para moldear el futuro y estimular el pensamiento crítico.

El problema es que se incorporan nuevas herramientas sin asimilar al mismo tiempo la narrativa de su uso: “Hay que revisar la filosofía del aprendizaje. Yo nunca me copié en la escuela pero ahora tengo una mirada muy distinta frente a eso: hoy propondría que la copia sea obligatoria, ni siquiera permitida -provoca-. Antes tenía sentido privilegiar la memoria porque si había un dato que uno no recordaba, obtenerlo implicaba un esfuerzo muy grande”.

“Dada la dificultad de acceso a la información era importante almacenar tanto como fuera posible. Hoy que todo dato es accesible en pocos segundos, memorizar no tiene sentido. Deberíamos privilegiar en cambio la asociación y la articulación de datos antes que la memorización. Sin embargo, el grueso de la evaluación en las escuelas todavía consiste en repetir con palabras propias un concepto memorizado previamente”, alega.

“Hacer obligatoria la copia significa que la evaluación consista en combinar datos de diferentes fuentes: el famoso copiar y pegar que hoy es el gran miedo de los docentes. La idea sería que copien y peguen, pero que puedan combinar por lo menos tres fuentes distintas y lograr con eso un discurso articulado y novedoso que no tenga repeticiones ni anacronismos en la exposición. Un chico que puede hacer eso está cien veces más preparado que uno que puede recitar todos los ríos de Europa de memoria”, insiste Bilinkis.

Télam


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