Un ídolo en desgracia

La historia de las miserias argentinas se repite hasta el infinito con uno u otro matiz.





OPINIÓN

Soy un ídolo en desgracia” solía repetir en su casona de la avenida Leandro Alem de la ciudad de Bahía Blanca el mayor ensayista, junto con Domingo F. Sarmiento, que ha dado la República Argentina. Y no se equivocaba Ezequiel Martínez Estrada porque, con un estoicismo digno de imitar, sufrió en carne propia los vituperios y las humillaciones más perversas de sus conciudadanos. Como Leopoldo Marechal, que una vez hasta llegó a preguntarse por qué sus compatriotas se orinaban sobre él. Tomás Eloy Martínez escribió al respecto, sobre el autor de “Radiografía de la pampa”, que “bastaba advertir la soledad de su confinamiento y el menosprecio en que lo habían sumido para saber que tenía razón: ya el ídolo en desgracia era un muerto de cuidado”. Es conocida la anécdota en la cual un hojalatero amigo suyo de San Genaro, Santa Fe, le escribió para ofrecerle sus ahorros “para que se evitara las miserias de preparar la comida por sí mismo y alimentar a los pájaros”, ofrecimiento que rechazó “porque no me hace falta ese dinero”. Rebajado en su puesto de empleado de Correos y Telecomunicaciones, fue denostado de mil maneras y blanco de humillaciones hasta tal punto que -decía- se abrieron ante él meses de pesadillas. Padeciendo una enfermedad denigrante durante varios años, se preguntaba si el enfermo era él o la patria. “Yo, que siempre me había negado a ser instrumento de los enemigos del país, aparecí ante ellos como la conciencia que los acusaba y con mi enfermedad expié también la sordera de mi pueblo enfermo”. “He aquí a un cristiano que está fuera de la Iglesia, uno de los que caminan al lado de Moisés, de los Gracos y de Cristo. O, para que sea más claro, he aquí a un partidario de la libertad y la dignidad humana”, le confió esa tarde a Eloy Martínez. Viviendo austeramente de los haberes de su flaca jubilación y de algunas escasas colaboraciones literarias, podía aceptar como una fatalidad las estrecheces de su vida, pero con las del país era intolerante. “Desde hace muchos años -le dijo al periodista aquella vez- la Argentina está en mano de los usurpadores. A partir de 1930, hemos vivido con tres ruedas sobre los rieles y una cuarta en el aire. La cuarta rueda es el símbolo de aquellos períodos efímeros en que contamos con un gobierno supuestamente legítimo que era de inmediato derrocado, porque cuando tuvimos un gran hombre como Hipólito Yrigoyen o Juan Perón, o era un incapaz o era un canalla. ¡Pobrecitos, pobrecita gente!”. Su voz era tan descarnada y profética como la del Ezequiel ante el valle de los huesos secos. “Si tengo que hablar, no debo mentir. Estamos muertos de silencio. Todos en mi país saben tanto o más que yo, pero tienen la sagacidad de callarlo. En la conspiración está comprometido el 80 por ciento de los argentinos. El único tonto fui yo, porque me atreví a revelar el secreto de nuestra desgracia”. Y denunciaba a los tratadistas de derecho “que no han señalado con el dedo las usurpaciones políticas” y a los jueces “que han abrazado la corrupción general como si fuera una cruzada patriótica”, y en general “a los que cuando ven luchar a un hombre como yo, se le arrojan encima para que sus amos le ofrezcan un poco más de carne”. Hombres de la talla de Martínez Estrada, de Favaloro, de Marechal, de Scalabrini de algún modo son la conciencia dolorosa de este país que hemos sabido conseguir. “Me siento abatido ahora -le confió esa tarde a Eloy Martínez-, destruido moralmente, solísimo. Tengo miedo de que, a los 70 años, quieran ponerme preso. Vivo acobardado. ¿Pero quién en este país no vive acobardado?”. Con una lucidez digna de todo encomio, hace 50 años negó toda salida para las tragedias argentinas: “Para encontrarla debiéramos conocer el mapa donde estamos confinados. Si lo tuviéramos, deberíamos matar al gendarme. Pero no hay mapas. Quizá ni siquiera hay gendarmes. Todo lo que nos queda, entonces, es sentarnos a la puerta de nuestra celda y ponernos a llorar”. La historia de las miserias argentinas se repite hasta el infinito con uno u otro matiz. Y poco y nada ha cambiado desde aquella Argentina que observaba y amonestaba Ezequiel Martínez Estrada, tal vez porque “la Patria -decía José María Castiñeira de Dios- es un dolor que nunca cesa”. (*) Escritor. Valcheta

Jorge Castañeda (*)


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