Un logro excepcional
La proeza del Invap da al país una buena oportunidad para intentar frenar la ola de pesimismo. El peligro es creer que está todo dicho con estos logros excepcionales.
Puede entenderse la alegría que ha ocasionado la venta a Australia de un reactor nuclear de baja potencia y de uso medicinal por parte de Invap, entidad estatal que consiguió imponerse a empresas de Alemania, Francia, Estados Unidos y Canadá. También es comprensible que muchos políticos, desde el presidente Fernando de la Rúa hacia abajo, hayan estado tratando de asociarse con el éxito. En un momento en que, gracias a la prédica derrotista de tantos «dirigentes», el estado de ánimo del país está por los suelos, es bueno que se haya producido un motivo para confiar en que la Argentina está en condiciones de abrirse camino en el mundo actual y para recordarnos que aún quedan algunas islas de excelencia y que a pesar de todas las dificultades planteadas por la necesidad de adaptarse a un orden internacional para el cual pocos se habían preparado y al cual muchos quisieran resistir, el desafío así supuesto dista de ser insuperable.
¿Contribuirá la proeza del Invap a liberarnos del complejo de inferioridad que se ha abatido sobre el país luego de que se agotara la expansión desatada por el primer período presidencial de Carlos Menem? Es de esperar que sí, que algunos empresarios entiendan que siempre y cuando hagan bien las cosas estarán en condiciones de competir no sólo en el mercado protegido del Brasil sino también en el Primer Mundo, donde se encuentra el grueso de las oportunidades. Asimismo, sería positivo que la evidencia de que los científicos y técnicos nacionales puedan medirse con los mejores de otros países sirviera para convencerlos de que la investigación es fundamental no sólo porque en ocasiones puede conducir a descubrimientos importantes sino también porque quienes se resignan a ser meros consumidores pronto dejarán de ser capaces de aprovechar plenamente los avances ajenos. Aunque por razones evidentes a un país relativamente pequeño como la Argentina no le será dado aspirar a emular a los gigantes en todos los muchos ámbitos científicos y tecnológicos, puede, al igual que Holanda, Bélgica, Suecia y Finlandia, destacarse en algunos «nichos» promisorios.
La venta del reactor, pues, brinda a los preocupados por el destino del país una buena oportunidad para intentar frenar la ola de pesimismo autodestructivo que está impulsando con tanto vigor una coalición variopinta de cruzados antiliberales, pero también entraña un peligro. Por diversos motivos, nos hemos acostumbrado a tomar los triunfos de ciertos individuos -o, en este caso, grupos- excepcionales por evidencia de que estamos tan vivos que no hay necesidad de preocuparnos por nada. Por ejemplo, la fama internacional de Jorge Luis Borges ha tenido el efecto perverso de hacer pensar que en el fondo la crisis educativa no es tan grave como algunos pretenden. Del mismo modo, la compra por parte de los australianos de un reactor nuclear argentino, luego de haber considerado los méritos de otros ofrecidos por empresas de países reconocidamente avanzados, podría estimular la ilusión de que aquí la ciencia disfrute de excelente salud y que por lo tanto no será forzoso hacer demasiados esfuerzos más. El propio gobierno parece vulnerable a dicha fantasía: después de anunciar la noticia, el presidente De la Rúa afirmó que se está «convocando para que vuelvan los jóvenes (científicos) argentinos que han emigrado a otros países». ¿En verdad? ¿Qué harían si en efecto regresaran? Mal que les pese a los políticos, la ciencia no es como el fútbol y no se puede formar un buen seleccionado científico nacional limitándose a invitar esporádicamente a quienes viven y trabajan con éxito en el exterior a jugar un partido en una cancha local. Antes de repartir todas las invitaciones, será necesario reconstruir una comunidad científica que por motivos culturales nunca ha podido consolidarse, tarea ésta que según parece no interesa demasiado a nadie. En este ámbito, el problema no tiene que ver con la calidad de aquellas personas que, pese a todos los obstáculos, consiguen ser científicos de verdad, sino con el conjunto: mientras la clase dirigente se niegue a entender esta realidad, logros como el anotado por el Invap continuarán siendo excepcionales, no previsibles.
Puede entenderse la alegría que ha ocasionado la venta a Australia de un reactor nuclear de baja potencia y de uso medicinal por parte de Invap, entidad estatal que consiguió imponerse a empresas de Alemania, Francia, Estados Unidos y Canadá. También es comprensible que muchos políticos, desde el presidente Fernando de la Rúa hacia abajo, hayan estado tratando de asociarse con el éxito. En un momento en que, gracias a la prédica derrotista de tantos "dirigentes", el estado de ánimo del país está por los suelos, es bueno que se haya producido un motivo para confiar en que la Argentina está en condiciones de abrirse camino en el mundo actual y para recordarnos que aún quedan algunas islas de excelencia y que a pesar de todas las dificultades planteadas por la necesidad de adaptarse a un orden internacional para el cual pocos se habían preparado y al cual muchos quisieran resistir, el desafío así supuesto dista de ser insuperable.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora