"Un mundo de escritores", un cuento de Diego Rodríguez Reis




Cuento del escritor radicado en Villa La Angostura, Diego Rodríguez Reis, de su libro "Correspondencias secretas” (Ediciones Del Dock, 2015). Además es autor de la muy recomendable novela "Ruido blanco", escrita a cuatro manos junto con Facundo Bocanegra.


Soy escritor. Pienso que ser escritor es, primerísima e insoslayablemente, pensar como escritor, subordinarse una y otra vez a la ardua labor de ser escritor, mirar la vida veinticuatro horas al día con ojos de escritor. Soy escritor y tengo un dilema. Un dilema de orden epistemológico, llamémoslo así. La vida se me presenta indistintamente con rostros trágicos o cómicos, a veces funde ambos en un solo híbrido horroroso, y otras (cada vez las más comunes) me enseña los hechos llanos, desprovistos de rostro alguno, como invitándome, incitándome a estamparle alguno yo mismo.
Veo la vida como una colección de escenas sueltas, exentas de argumento. Como una película casi muda, de actores impávidos, una película a la cual hay que agregarle una música de fondo arbitrariamente adecuada. Y no hay preludios ni epílogos. Todo es urgente, todo es acto.
Por caso, esta mañana salgo de casa y voy hasta la terminal del colectivo. A propósito, es necesario aclarar que ya está construida la nueva terminal (a unos tres kilómetros de la vieja) y que está cercana la fecha de su inauguración. Lo cual no es en absoluto un dato menor, ya que este detalle es lo que signa fatalmente el ambiente en el cual van a desarrollarse las acciones del relato. La terminal, que pronto será (y de algún modo ya es) la vieja terminal, está virtualmente despoblada: los negocios, los vendedores ambulantes, hasta la policía misma, ya se han trasladado a la nueva terminal. Prácticamente, aquí solo venimos los pasajeros.
Pero no estamos totalmente solos. Reemplazando a la vieja población estacionaria ha surgido un grupo de vagabundos, borrachos, desempleados. Descastados, en una palabra.


Estoy sentado, esperando el colectivo. Tengo un libro en el bolso, pero no me animo a sacarlo y leer. No me animo a bajar la vista ni la guardia. Voy pasando revista de las personas presentes en la gran sala de espera, aunque creo que el único que espera algo allí soy yo. A unos cinco metros a mi derecha hay una familia (o lo que yo supongo una familia) compuesta por el padre, la madre y tres hijos, los tres varones, los tres con los mocos pendiendo de sus narices como estalagtitas. A mi izquierda, tan solo a dos butacas de distancia de mí, hay un tipo acostado, aunque no en esas butacas, sino redondamente en el suelo. Es petiso, morocho, lleva una remera musculosa que alguna vez tuvo un color preciso, hoy indefinido. El pelo, horrorosamente tijereteado, le oculta parte del rostro. Por último, atravesando el salón, solitario y recostado (este sí) sobre las butacas, duerme otro sujeto, rubio, barbudo, de una talla descomunal, aunque tan desaliñado como el otro.
Miro la hora en el reloj de la terminal, lo único que sigue funcionando en el lugar. El colectivo lleva cinco minutos de retraso, pero como suele llegar siempre veinte minutos tarde, ello significa que deben quedarme aproximadamente unos quince de espera. Trato de matar el tiempo, miro por los ventanales a la calle, prácticamente desierta, pienso que la próxima vez mejor voy a esperar a un café, alguno que esté abierto a las cinco y media de la mañana, claro.
De repente, percibo un movimiento a mi lado y veo al petiso que se revuelve en el suelo, como si estuviese padeciendo una pesadilla. Entonces, pega un grito enorme, casi animal, y se despierta. Se despereza con displicencia. Aún acostado, mira el techo y bosteza lánguidamente, como si se hallara en la suite de un hotel y no en el suelo de una terminal.


Lo veo ahí tirado y pienso que es un buen principio para un cuento: un hombre (borracho o linyera) se despierta en una estación de colectivos y, bueno, después le pasa algo, no sé, cosas, algo interesante. Algo insólito o levemente inquietante. O quizá algo trivial para él pero terrible para el lector. O mejor no, mejor sería que lo interesante, lo relevante, hubiere sucedido antes: un hombre se despierta en una terminal de colectivos y descubre que le han robado todo, hasta la ropa, que lo han vestido con una remera musculosa toda roñosa y que, además, le han cortado el pelo con un pedernal.
Pienso en el principio de La metamorfosis, en Gregorio Samsa despertándose convertido en bicho, pero el petiso no me da tiempo para más. Se incorpora, se corre el pelo de la cara y me deja ver sus ojos demasiado juntos, la nariz de un rojo encendido y un bigotito de bagre, como garabateado. Me pide un pucho con un gesto y yo, con otro, le hago entender que no fumo, que no tengo cigarrillos o que no le doy. Que no, en una palabra. Sonríe, pasa delante mío y le hace el mismo gesto al padre de la familia que está a mi derecha. Ellos, los cinco, le dan vuelta la cara y el petiso vuelve a sonreír. Entonces, ve al otro tipo, al barbudo, acostado en las cinco butacas de enfrente, me dirige una mirada cómplice y avanza hacia él, despacio, casi en puntas de pie.
Se para a un paso de distancia del tipo y desde allí vuelve a mirarme, como pidiendo mi aprobación o mi permiso, o tan solo corroborando mi asistencia a la escena, como si de alguna forma estuviésemos juntos en ella. Coloca la mano a un palmo de distancia de la nariz del barbudo y la hace bailar, todo eso sin dejar de mirarme y de sonreír.
Entonces, yo quiero estar en otro lado, en cualquier parte menos allí. No quiero ser parte de eso, ni siquiera atestiguándolo. Miro a la familia al lado mío y los veo sonriendo como alelados, todos con el mismo gesto y la misma postura (hacen, todos, todo al mismo tiempo), siguiendo el baile de la mano del petiso.
Quiero irme, comienzo a abandonar la idea de transformar aquello en un cuento, siento que es demasiado grotesco, demasiado patético. Ningún texto, ninguna estructura lo resistiría. Esto es carne cruda. Le falta sal, le falta gracia.
Miro la hora en aquel reloj y advierto que es la misma desde que llegué, claro, porque no funciona, está fuera de servicio, como todo en la maldita terminal. Sin embargo, afuera todavía está oscuro, no deben ser más de las seis menos cuarto. Vuelvo la vista inevitablemente hacia el petiso y tiemblo. Está introduciendo dos dedos en el bolsillo del pantalón del barbudo, que aún duerme. Quiere hacerlo con sigilo pero la mano le tiembla, tirita incontrolablemente. Al fin, parece pescar algo, lo que supongo un billete o una moneda, no sé, y saca la mano, pero con ella sale también disparada una sarta de objetos mínimos, todos especialmente escandalosos. Caen al suelo produciendo un estrépito que el eco del salón se encarga de multiplicar infinitamente. Varias moneditas de escaso valor, clavos, tornillos, una pila, insólitos lápices de colores aterrizan en el suelo, rebotan, aturden al petiso, a la familia, a mí y, por supuesto, despiertan al barbudo.
Fue cosa de un segundo o quizá menos. El barbudo estiró la mano izquierda y agarró al petiso del cuello y comenzó a golpearlo con la derecha directamente a la cara. Mientras se incorporaba, seguía golpeándolo: una, dos, tres, cien veces, perdí la cuenta. El petiso cayó al suelo, se le resbaló de las manos al barbudo, que aprovechó para comenzar a patearlo salvajemente, como si fuese una bolsa de cebollas.
Entretanto, yo presencio la golpiza atónito. Miro a la familia que babea boquiabierta siguiendo la constante trayectoria del pie derecho del barbudo, que se incrusta una y otra vez en el estómago del petiso. Entonces siento que debo hacer algo, no sé, detener al barbudo antes de que sencillamente asesine al petiso o avisar a la policía. Sin darme cuenta, me levanto y me voy acercando a ambos, golpeador y golpeado.
El petiso parece muerto, se contrae ante cada golpe como por un reflejo. El barbudo sigue pateándolo fuera de sí, como poseído. Me acerco un poco más y le hablo despacio, una o dos veces, pero no me escucha. Así que apoyo muy lentamente la palma de mi mano derecha en su espalda. Entonces, el tipo se detiene como fulminado. Se da vuelta y me mira como volviendo en sí, como volviendo al mundo de los hombres. Luego, se inclina y comienza a juntar, con una delicadeza extrema, sus cosas del suelo. Se las mete al bolsillo y vuelve a sus butacas, a dormir de nuevo supongo.
Yo miro al petiso, enrollado en el suelo como una manguera, sangrando por la nariz, por la boca, por las orejas, por todas partes. Lo muevo un poco con el pie, pero no reacciona, así que, sin saber bien qué hacer, regreso a mi butaca. Me siento y sigo aguardando ese inaudito colectivo, cada vez con menos esperanzas.
Pienso en posibles argumentos, otra vez. Un hombre espera el colectivo (o un tren, o una mujer, cualquier cosa) que nunca llega. No, eso está muy usado. Otro: un hombre viaja en un tren o colectivo del que nunca puede bajarse. Ese es un poco mejor, aunque básicamente es la misma idea del primero. Y pensándolo bien, tal vez sean los únicos argumentos (o arquetipos de argumentos) posibles, a saber: la historia de un alguien que desea, o bien iniciar, o bien terminar algo.
Y además, claro, pienso en otra posibilidad, la tercera posibilidad, que constaría de alguien haciendo efectivamente algo, sin la necesidad explícita de comenzar o concluir. Sencillamente haciendo.
Pienso en un hombre, en una estación, esperando por esperar, sin ánimos de desentrañar el objeto o los inicios de la espera, sin ansias siquiera de culminar, solo esperando. Alguien (Borges creo, o tal vez Beckett) escribió que un hombre es, apenas, sus circunstancias.
Algo me distrae. Alzo la vista, que hasta entonces tenía clavada en mis zapatos, y entonces veo al petiso, con la cara contorsionada en una mueca deforme a causa de la paliza recibida, inclinado nuevamente sobre el barbudo que duerme, introduciendo otra vez los dedos ganchudos en el mismo bolsillo. Yo tiemblo, me siento íntimamente abrumado ante la repetición de un acto que ya como único me parecía una aberración. Adivino toda la secuencia recurriendo una infinidad de veces, eleáticamente, todo el tiempo. Me siento un vago actor secundario en una escena que continuará sucediendo aún después de mi partida.
Pero no, la realidad bruta, irregible, me sorprende y me aplasta de nuevo. El petiso no falla esta vez. Providencialmente pesca la moneda en el bolsillo del barbudo, que sigue durmiendo como si nada, y luego retrocede un poco, como calculando el alcance de esos brazos, cuya potencia ya conoce en carne propia. Se da vuelta y me mira con una felicidad que se le dibuja en los ojos y en la boca, en una sonrisa horrorosa donde bailan cuatro o cinco dientes amarillos y avanza. En un principio, parece que avanza directo hacia mí, pero a último momento se desvía a la izquierda y se enfrenta con el padre de la familia, con toda la familia en realidad.
Le tira la moneda al padre, que la atrapa y se la guarda. Entonces, el tipo este saca un atado de cigarrillos de la nada, extrae un único pucho y, luego de sopesarlo como quien sopesa una piedra preciosa, se lo alcanza. El petiso, realizado, feliz, pasa delante mío, ignorándome por completo, y va a sentarse en una butaca a mi izquierda.
Y entonces es cuando me resigno por completo a no escribir nada de esto, a no usar nada de esto con fines literarios, en no transformar nada de esto en literatura, aunque no sé bien por qué en realidad.
Tal vez, porque siento que hay algo que no acabo de entender, porque hay algo acá y ahora que no puedo ni podré nunca traspasar a palabras, porque esto está rebosante de un sentido inconmensurable o porque todo es un maldito sinsentido.
Porque el tipo no trasluce nada y yo no quiero ni debo decidirlo por él. El tipo solo está ahí sentado, a dos butacas de distancia de mí, a dos pasos de distancia de mí, simplemente fumándose su cigarrillo.
Parece estar disfrutándolo mucho.


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