Un mundo más duro
Lo que está sucediendo en Grecia es preocupante no sólo para los griegos sino también para los habitantes de muchos otros países, incluyendo al nuestro, en que los gobiernos se han acostumbrado a subordinar lo económico a lo político, o sea a sus propias prioridades electoralistas. Intimidados por los mercados, los demás europeos han llegado a la conclusión de que, a menos que Grecia sea castigada con ferocidad por los errores cometidos por gobernantes que, además de aumentar el gasto público a un nivel insostenible, se endeudaron demasiado y, como si esto no fuera suficiente, mintieron impúdicamente falsificando las estadísticas económicas, el contagio resultante tendrá consecuencias devastadoras para toda la Eurozona. Huelga decir que los más castigados no serán los políticos griegos que fueron responsables del desastre o los evasores impositivos que tanto contribuyeron a agravarlo. Serán los trabajadores, jubilados y empresarios honestos que están por ver caer precipitadamente sus ingresos, lo que para muchos podría suponer penurias apenas soportables. También se verán perjudicados millones de jóvenes al hacerse todavía más exigente el mercado laboral. Como es natural, quienes se saben víctimas del ajuste severo que ya es inevitable están protestando contra lo que les aguarda, aunque a esta altura la mayoría entenderá que las manifestaciones callejeras masivas y los disturbios violentos que suelen acompañarlas sólo servirán para empeorar todavía más la situación en que se encuentran. Cuando en la segunda mitad del 2008 estalló la crisis financiera que pronto tendría repercusiones muy fuertes en “la economía real” de virtualmente todos los países, muchos se consolaron con la idea de que, merced al desprestigio resultante del sistema capitalista, estaba por iniciarse una etapa caracterizada por políticas sociales más benignas. Huelga decir que las esperanzas así supuestas duraron poco. Como suele ocurrir en períodos de crisis económica, tanto los gobiernos como los empresarios entendieron que en adelante tendrían que ser más rigurosos que en el pasado. Por este motivo, en todas partes los gobiernos están procurando convencer a los ciudadanos de la necesidad de retrasar la edad de jubilación y están comprometiéndose a reducir los gastos sociales, entre ellos los destinados a los desocupados, una vez que haya terminado la emergencia. Aunque es posible que en el futuro los financistas tengan que respetar reglas que sean menos “neoliberales” que las vigentes últimamente, los eventuales cambios en tal sentido no afectarán del todo a la mayoría abrumadora de las personas. Como no dejan de recordarnos voceros del gobierno de la canciller alemana Angela Merkel y otros dirigentes europeos, no habrá mucha simpatía por los habitantes de países poco “competitivos”. Atribuyen los problemas de Grecia, Portugal y España a su falta de “competitividad” y afirman que, hasta que estén en condiciones de ser tan productivos como los alemanes, franceses y holandeses, tendrán que resignarse a un estándar de vida mucho más modesto. Que sea así es sin duda lógico, sobre todo en un momento en que países como China están conquistando partes cada vez mayores del mercado de consumo internacional, pero significará que millones de personas de carne y hueso tendrán que conformarse con ingresos inferiores a los que, antes de la crisis, se habían acostumbrado. Por lo demás, existe el riesgo de que los países así supuestos, encabezados por Grecia, se vean atrapados en una espiral descendente, ya que, sin la alternativa de poder endeudarse y de este modo postergar la hora de la verdad, al caer el consumo bajarán los ingresos fiscales, lo que hará necesario otro ajuste más severo y, después, otro más. Dicho de otro modo, parecería que varios países del sur de Europa se encuentran ante perspectivas parecidas a las enfrentadas por la Argentina no sólo en los meses finales del 2001 sino también en muchas otras oportunidades cuando, luego de haber vivido el país por encima de sus posibilidades, el gobierno de turno tuvo que apretarse el cinturón, con el resultado de que otra franja de la otrora relativamente próspera clase media se vio precipitada en la pobreza, sin que por eso se emprendieran medidas capaces de aumentar la productividad de la economía en su conjunto.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 768.803 Director: Julio Rajneri Co-directora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación de Editorial Río Negro SA – Viernes 30 de abril de 2010
Lo que está sucediendo en Grecia es preocupante no sólo para los griegos sino también para los habitantes de muchos otros países, incluyendo al nuestro, en que los gobiernos se han acostumbrado a subordinar lo económico a lo político, o sea a sus propias prioridades electoralistas. Intimidados por los mercados, los demás europeos han llegado a la conclusión de que, a menos que Grecia sea castigada con ferocidad por los errores cometidos por gobernantes que, además de aumentar el gasto público a un nivel insostenible, se endeudaron demasiado y, como si esto no fuera suficiente, mintieron impúdicamente falsificando las estadísticas económicas, el contagio resultante tendrá consecuencias devastadoras para toda la Eurozona. Huelga decir que los más castigados no serán los políticos griegos que fueron responsables del desastre o los evasores impositivos que tanto contribuyeron a agravarlo. Serán los trabajadores, jubilados y empresarios honestos que están por ver caer precipitadamente sus ingresos, lo que para muchos podría suponer penurias apenas soportables. También se verán perjudicados millones de jóvenes al hacerse todavía más exigente el mercado laboral. Como es natural, quienes se saben víctimas del ajuste severo que ya es inevitable están protestando contra lo que les aguarda, aunque a esta altura la mayoría entenderá que las manifestaciones callejeras masivas y los disturbios violentos que suelen acompañarlas sólo servirán para empeorar todavía más la situación en que se encuentran. Cuando en la segunda mitad del 2008 estalló la crisis financiera que pronto tendría repercusiones muy fuertes en “la economía real” de virtualmente todos los países, muchos se consolaron con la idea de que, merced al desprestigio resultante del sistema capitalista, estaba por iniciarse una etapa caracterizada por políticas sociales más benignas. Huelga decir que las esperanzas así supuestas duraron poco. Como suele ocurrir en períodos de crisis económica, tanto los gobiernos como los empresarios entendieron que en adelante tendrían que ser más rigurosos que en el pasado. Por este motivo, en todas partes los gobiernos están procurando convencer a los ciudadanos de la necesidad de retrasar la edad de jubilación y están comprometiéndose a reducir los gastos sociales, entre ellos los destinados a los desocupados, una vez que haya terminado la emergencia. Aunque es posible que en el futuro los financistas tengan que respetar reglas que sean menos “neoliberales” que las vigentes últimamente, los eventuales cambios en tal sentido no afectarán del todo a la mayoría abrumadora de las personas. Como no dejan de recordarnos voceros del gobierno de la canciller alemana Angela Merkel y otros dirigentes europeos, no habrá mucha simpatía por los habitantes de países poco “competitivos”. Atribuyen los problemas de Grecia, Portugal y España a su falta de “competitividad” y afirman que, hasta que estén en condiciones de ser tan productivos como los alemanes, franceses y holandeses, tendrán que resignarse a un estándar de vida mucho más modesto. Que sea así es sin duda lógico, sobre todo en un momento en que países como China están conquistando partes cada vez mayores del mercado de consumo internacional, pero significará que millones de personas de carne y hueso tendrán que conformarse con ingresos inferiores a los que, antes de la crisis, se habían acostumbrado. Por lo demás, existe el riesgo de que los países así supuestos, encabezados por Grecia, se vean atrapados en una espiral descendente, ya que, sin la alternativa de poder endeudarse y de este modo postergar la hora de la verdad, al caer el consumo bajarán los ingresos fiscales, lo que hará necesario otro ajuste más severo y, después, otro más. Dicho de otro modo, parecería que varios países del sur de Europa se encuentran ante perspectivas parecidas a las enfrentadas por la Argentina no sólo en los meses finales del 2001 sino también en muchas otras oportunidades cuando, luego de haber vivido el país por encima de sus posibilidades, el gobierno de turno tuvo que apretarse el cinturón, con el resultado de que otra franja de la otrora relativamente próspera clase media se vio precipitada en la pobreza, sin que por eso se emprendieran medidas capaces de aumentar la productividad de la economía en su conjunto.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora