Un mundo propio

Rodríguez Giavarini habla de la Argentina como país de "segundo mundo". Es absurdo y peligroso dividirlo en partes.

Redacción

Por Redacción

A los políticos les encantan las simplificaciones, las consignas que parecen aclarar lo que antes era borroso, y será por eso que el canciller Adalberto Rodríguez Giavarini se ha apropiado del esquema propuesto por The Economist y otros según el cual la Argentina es un país del «Segundo Mundo», es decir que si bien es demasiado atrasada como para incluirse en el «primero» esto no significa que su lugar esté en el «tercero», categoría que queda reservada para los hundidos en la miseria más absoluta. Puesto que por ahora nadie sabe muy bien qué es el «Segundo Mundo», término antes empleado para ubicar a la Unión Soviética y sus satélites en el tablero imaginario de ciertos geopolíticos, la voluntad oficial de hablar de este modo no parece destinada a provocar demasiados perjuicios, lo cual sí podría suceder si los dirigentes locales intentan convertirlo en una de las bases de la política exterior. Por cierto, el llamado Grupo de los 15 que se reunió en El Cairo con la participación del presidente Fernando de la Rúa y Rodríguez Giavarini no debería considerarse un bloque embrionario. Aunque la Argentina tiene bastante en común con, Chile y Brasil y, en menor medida, con los demás integrantes latinoamericanos, Venezuela, Perú y México, las semejanzas con la India, Indonesia, Sri Lanka y Malasia, para no hablar de Jamaica, Egipto, Argelia, Nigeria, Zimbabwe, Kenya y Senegal, son decididamente escasas. Podemos simpatizar con ellos e incluso ayudarlos, pero sería excesivo pensar que nuestros problemas o sus hipotéticas «soluciones» sean los mismos.

Aunque por razones psicológicas parece necesario que hoy en día un país se sienta miembro pleno de una agrupación internacional bien definida, la verdad es que a esta altura es no meramente absurdo sino también peligroso dividir el mundo en dos, tres o cuatro partes. Antes de 1989, el entusiasmo tanto de peronistas como radicales por el «Tercer Mundo», cuando no por el «Sur», estuvo en la raíz de distorsiones costosas en la política exterior e incidió de forma negativa en el manejo de la economía al dar una pátina de respetabilidad a planteos que, para sorpresa de ningún economista sensato, resultarían ser decididamente contraproducentes. Asimismo, el primermundismo menemista fortaleció la propensión ya tradicional a pasar por alto las gravísimas deficiencias nacionales. ¿Podría el eventual «segundomundismo» tener consecuencias igualmente desafortunadas? Sólo si se multiplicaran las «cumbres» del G-15 y nuestros gobernantes se dejaran tentar por «soluciones» ideadas para Indonesia o Zimbabwe u otros países cuyas posibilidades y problemas son muy distintos de los argentinos.

Mal que nos pese, la Argentina es un caso aparte, una mezcla de todos los «mundos» concebibles. En algunos aspectos, se parece a Australia, en otros a la España de dos o tres décadas atrás, y sólo por la extrema pobreza de amplias zonas puede equipararse con la India o Kenya. Por eso, las recetas que acaso servirían para algo en Asia o Africa arrojarían resultados muy diferentes aquí. Aunque por motivos evidentes no estamos en condiciones de emular todo cuanto hacen los países ricos, convendría que prestáramos más atención a su experiencia que a aquella de los que sólo pueden fantasear con disfrutar de un ingreso per cápita igual al argentino. Es que entre las causas del atraso del país está la resistencia de muchos, sobre todo de los políticos, gremialistas y otros que han prosperado a través de los años, a impulsar los cambios que contribuirían a liberar las energías del pueblo. Tales obstáculos culturales son mucho menos visibles que en el sur de Asia o el Africa, razón por la que está resultando sumamente difícil superarlos, pero la tarea sería facilitada si los dirigentes privilegiaran sus contactos con sus homólogos españoles e italianos, australianos y canadienses, por encima de los vínculos con los líderes de países cuya situación es radicalmente diferente y que, a menudo, están más interesados en reivindicar sus propias tradiciones que en debilitarlas a fin de apurar la modernización que, obvio es decirlo, supone forzosamente un grado notable de occidentalización.


A los políticos les encantan las simplificaciones, las consignas que parecen aclarar lo que antes era borroso, y será por eso que el canciller Adalberto Rodríguez Giavarini se ha apropiado del esquema propuesto por The Economist y otros según el cual la Argentina es un país del "Segundo Mundo", es decir que si bien es demasiado atrasada como para incluirse en el "primero" esto no significa que su lugar esté en el "tercero", categoría que queda reservada para los hundidos en la miseria más absoluta. Puesto que por ahora nadie sabe muy bien qué es el "Segundo Mundo", término antes empleado para ubicar a la Unión Soviética y sus satélites en el tablero imaginario de ciertos geopolíticos, la voluntad oficial de hablar de este modo no parece destinada a provocar demasiados perjuicios, lo cual sí podría suceder si los dirigentes locales intentan convertirlo en una de las bases de la política exterior. Por cierto, el llamado Grupo de los 15 que se reunió en El Cairo con la participación del presidente Fernando de la Rúa y Rodríguez Giavarini no debería considerarse un bloque embrionario. Aunque la Argentina tiene bastante en común con, Chile y Brasil y, en menor medida, con los demás integrantes latinoamericanos, Venezuela, Perú y México, las semejanzas con la India, Indonesia, Sri Lanka y Malasia, para no hablar de Jamaica, Egipto, Argelia, Nigeria, Zimbabwe, Kenya y Senegal, son decididamente escasas. Podemos simpatizar con ellos e incluso ayudarlos, pero sería excesivo pensar que nuestros problemas o sus hipotéticas "soluciones" sean los mismos.

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