Un pacto precario

Por Redacción

En opinión de casi todos los dirigentes israelíes, el acuerdo provisional que acaban de firmar en Ginebra representantes de Irán por un lado y de Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, Alemania, Rusia y China por el otro fue, en palabras del primer ministro Benjamin Netanyahu, “un error histórico”. No creen que sirva para que la teocracia iraní abandone la ambición de pertrecharse de un arsenal nuclear a cambio de la suavización de sanciones económicas. Los israelíes no son los únicos que piensan así, ya que coinciden los árabes sunnitas, encabezados por los sauditas, que tienen sus propios motivos para temer a los chiitas iraníes, pero los norteamericanos y europeos están celebrando lo que algunos toman por un gran triunfo diplomático que, dicen, contribuirá a pacificar el Oriente Medio, mientras que los iraníes mismos dan a entender que han salido airosos del encuentro porque, según el presidente Hassan Rouhani, “los derechos a enriquecer uranio en suelo iraní han sido reconocidos por las naciones” y por lo tanto “el enriquecimiento continuará como en el pasado”. El secretario de Estado norteamericano John Kerry discrepa con dicha interpretación de un acuerdo que supuestamente frenará un programa nuclear muy peligroso, pero ni él ni el presidente Barack Obama quieren permitir que un detalle de tal tipo eche una sombra sobre el resultado de las negociaciones. Insisten en que los iraníes han hecho concesiones muy importantes y que, a menos que respeten todos los términos del pacto, sufrirán sanciones económicas aún más duras que las aplicadas hasta ahora. El valor del acuerdo dependerá de lo que suceda en los próximos meses y años. Tarde o temprano sabremos si ha inaugurado un período prolongado de paz o si ha hecho virtualmente inevitable que estalle pronto una gran guerra. De estar en lo cierto los israelíes, sauditas y otros que son igualmente escépticos, el régimen islámico aprovechará la tregua que ha conseguido para dotarse de los medios necesarios para ensamblar bombas atómicas, como ya hicieron en circunstancias equiparables los norcoreanos, con el propósito de sorprender un día al resto del mundo con un hecho consumado. Los países occidentales, acompañados tal vez por Rusia y China, apuestan a que el líder supremo de la revolución islámica y sus partidarios, entre ellos Rouhani, hayan llegado a la conclusión de que los costos de intentar engañar a sus interlocutores serían tan grandes, y los beneficios de optar por una estrategia conciliadora tan evidentes, que se justificará el optimismo manifestado por Obama cuando, minutos después de enterarse del acuerdo, afirmaba: “Hoy la diplomacia ha abierto una nueva vía hacia un mundo mucho más seguro”. Puesto que para los israelíes está en juego la existencia misma de su país y de sus habitantes, tanto judíos como árabes, es lógico que estén menos interesados en confiar en la buena voluntad de quienes con cierta frecuencia prevén la aniquilación inminente de “la entidad sionista” que los dirigentes norteamericanos y europeos que, además de anotarse algunos triunfos diplomáticos, quieren alejarse lo más posible de los conflictos sanguinarios que están convulsionando el Oriente Medio. Lo mismo que los sauditas, los israelíes descreen del “realismo” de teócratas de convicciones apocalípticas que, sospechan, serían plenamente capaces de provocar una conflagración nuclear por motivos que otros encontrarían incomprensibles. Puede que se hayan equivocado y que, en verdad, los ayatolás no tomen al pie de la letra su propia retórica, pero en vista de la trayectoria de la República Islámica en las décadas últimas, es natural que se hayan sentido alarmados por lo fácil que les ha resultado a los iraníes congraciarse con los norteamericanos y europeos. Asimismo, si bien a los rusos y chinos no les convendría que un país tan imprevisible como Irán, uno que, para más señas, está comprometido con una ideología política y religiosa muy distinta de las imperantes en Moscú y Pekín, se erigiera en una potencia nuclear, quieren reducir todavía más lo que aún queda de la influencia occidental en una parte del mundo que, merced al petróleo, es de importancia estratégica, razón por la que no han sido reacios a apoyar, si bien de manera ambigua, a los iraníes en su conflicto con Estados Unidos y los países europeos.


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