Un panorama distinto

Redacción

Por Redacción

Hubo pocas sorpresas, ya que en casi todos los distritos del país los votantes se limitaron a aprovechar la oportunidad brindada por las elecciones legislativas del domingo para subrayar lo que ya habían dicho en agosto cuando, a través de las PASO, manifestaron su oposición al rumbo emprendido por el oficialismo. Para decepción de los candidatos oficialistas, la simpatía que tantos sentían por una presidenta enferma no se tradujo en más apoyo a la agrupación política que encabeza. En la provincia de Buenos Aires, el intendente de Tigre, Sergio Massa, fortalecido por los votos de quienes abandonaron a su suerte a otro “disidente” peronista, Francisco de Narváez, amplió la brecha que lo separaba de su homólogo de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde, asestando así un golpe a las aspiraciones presidenciales del gobernador Daniel Scioli. Se prevé, pues, que en los meses próximos Massa y Scioli compitan por el liderazgo del peronismo bonaerense; el resultado dependerá por completo de la evolución de sus respectivas imágenes según las encuestas de opinión, ya que en su caso las eventuales diferencias ideológicas e incluso programáticas carecen de importancia. Mientras que Massa procurará convencer a la ciudadanía de que representa algo nuevo, y por lo tanto mejor, Scioli tratará de llamar la atención a sus dotes administrativas, mientras que el porteño Mauricio Macri se esforzará por hacer pensar que, fuera de su propio distrito por lo menos, es tan nuevo como el tigrense y, para más señas, ha resultado ser un administrador más eficiente cuando es cuestión de “solucionar los problemas de la gente”, que el gobernador. Para el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, los resultados electorales fueron amargos; perdió casi la mitad de los votos cosechados apenas dos años antes. Si bien, como nos recuerdan los oficialistas, el Frente para la Victoria no ha dejado de ser la agrupación política más grande del país y conserva, por ahora, la mayoría en las dos cámaras del Congreso –en Diputados se disputaron escaños que logró retener en el 2009, otro año malo desde el punto de vista oficialista, mientras que en el Senado sólo estuvo en juego la tercera parte–, la sensación generalizada de que el gobierno está batiéndose en retirada podría impulsar la migración de algunos, tal vez muchos, legisladores hacia bancadas a su juicio más promisorias. Como es natural, Massa espera ser el más beneficiado por el ajuste político que está en marcha en el movedizo mundillo peronista; si no consigue erigirse en jefe de un bloque sustancial, su estrella no tardará en perder el brillo que últimamente ha adquirido. Luego de las elecciones del 2009 en las que la lista de Néstor Kirchner, y los “testimoniales” Massa y Scioli, perdieron frente a la encabezada por De Narváez, el oficialismo pudo recuperarse. Contaba con dos ventajas: no hubiera sido necesario pisotear la Constitución para permitir la reelección de Cristina o un segundo período presidencial a cargo de su marido, y la economía aún estaba en condiciones de reanudar el crecimiento a un muy buen ritmo. En la actualidad, no hay posibilidad alguna de una re-reelección, la presidenta no se ve escoltada por sucesores en potencia y las perspectivas económicas son deprimentes. Ha llegado, pues, a su fin el “ciclo” político protagonizado por el kirchnerismo, pero sucede que el mandato constitucional de Cristina durará hasta diciembre del 2015, lo que enfrenta al país con un desafío insólito. En circunstancias similares, los franceses dividieron el trabajo gubernamental entre el Poder Ejecutivo y el Legislativo que era dominado por la oposición, instalando lo que llamaban la “cohabitación”, pero es escasa la posibilidad de que un esquema parecido funcionara en la Argentina, donde sería poco probable que la presidenta colaborara y, de todos modos, sus partidarios aún cuentan con una mayoría parlamentaria. Así las cosas, los resultados electorales han creado una situación sumamente complicada. De una manera u otra, los líderes políticos del país tendrán que procurar compatibilizar la voluntad popular que acaba de expresarse en las urnas con las pretensiones de un gobierno de características autoritarias que es reacio a dialogar con quienes no comulgan con su ideario. Si no logran hacerlo, nos aguarda una etapa muy inestable.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Miércoles 30 de octubre de 2013


Hubo pocas sorpresas, ya que en casi todos los distritos del país los votantes se limitaron a aprovechar la oportunidad brindada por las elecciones legislativas del domingo para subrayar lo que ya habían dicho en agosto cuando, a través de las PASO, manifestaron su oposición al rumbo emprendido por el oficialismo. Para decepción de los candidatos oficialistas, la simpatía que tantos sentían por una presidenta enferma no se tradujo en más apoyo a la agrupación política que encabeza. En la provincia de Buenos Aires, el intendente de Tigre, Sergio Massa, fortalecido por los votos de quienes abandonaron a su suerte a otro “disidente” peronista, Francisco de Narváez, amplió la brecha que lo separaba de su homólogo de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde, asestando así un golpe a las aspiraciones presidenciales del gobernador Daniel Scioli. Se prevé, pues, que en los meses próximos Massa y Scioli compitan por el liderazgo del peronismo bonaerense; el resultado dependerá por completo de la evolución de sus respectivas imágenes según las encuestas de opinión, ya que en su caso las eventuales diferencias ideológicas e incluso programáticas carecen de importancia. Mientras que Massa procurará convencer a la ciudadanía de que representa algo nuevo, y por lo tanto mejor, Scioli tratará de llamar la atención a sus dotes administrativas, mientras que el porteño Mauricio Macri se esforzará por hacer pensar que, fuera de su propio distrito por lo menos, es tan nuevo como el tigrense y, para más señas, ha resultado ser un administrador más eficiente cuando es cuestión de “solucionar los problemas de la gente”, que el gobernador. Para el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, los resultados electorales fueron amargos; perdió casi la mitad de los votos cosechados apenas dos años antes. Si bien, como nos recuerdan los oficialistas, el Frente para la Victoria no ha dejado de ser la agrupación política más grande del país y conserva, por ahora, la mayoría en las dos cámaras del Congreso –en Diputados se disputaron escaños que logró retener en el 2009, otro año malo desde el punto de vista oficialista, mientras que en el Senado sólo estuvo en juego la tercera parte–, la sensación generalizada de que el gobierno está batiéndose en retirada podría impulsar la migración de algunos, tal vez muchos, legisladores hacia bancadas a su juicio más promisorias. Como es natural, Massa espera ser el más beneficiado por el ajuste político que está en marcha en el movedizo mundillo peronista; si no consigue erigirse en jefe de un bloque sustancial, su estrella no tardará en perder el brillo que últimamente ha adquirido. Luego de las elecciones del 2009 en las que la lista de Néstor Kirchner, y los “testimoniales” Massa y Scioli, perdieron frente a la encabezada por De Narváez, el oficialismo pudo recuperarse. Contaba con dos ventajas: no hubiera sido necesario pisotear la Constitución para permitir la reelección de Cristina o un segundo período presidencial a cargo de su marido, y la economía aún estaba en condiciones de reanudar el crecimiento a un muy buen ritmo. En la actualidad, no hay posibilidad alguna de una re-reelección, la presidenta no se ve escoltada por sucesores en potencia y las perspectivas económicas son deprimentes. Ha llegado, pues, a su fin el “ciclo” político protagonizado por el kirchnerismo, pero sucede que el mandato constitucional de Cristina durará hasta diciembre del 2015, lo que enfrenta al país con un desafío insólito. En circunstancias similares, los franceses dividieron el trabajo gubernamental entre el Poder Ejecutivo y el Legislativo que era dominado por la oposición, instalando lo que llamaban la “cohabitación”, pero es escasa la posibilidad de que un esquema parecido funcionara en la Argentina, donde sería poco probable que la presidenta colaborara y, de todos modos, sus partidarios aún cuentan con una mayoría parlamentaria. Así las cosas, los resultados electorales han creado una situación sumamente complicada. De una manera u otra, los líderes políticos del país tendrán que procurar compatibilizar la voluntad popular que acaba de expresarse en las urnas con las pretensiones de un gobierno de características autoritarias que es reacio a dialogar con quienes no comulgan con su ideario. Si no logran hacerlo, nos aguarda una etapa muy inestable.

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