Un pequeño país exitoso

Por Redacción

HÉCTOR CIAPUSCIO (*)

Botswana, comunidad negra subsahariana, estuvo hace poco en los títulos periodísticos mundiales en razón del accidente que sufrió el rey de España cuando cazaba elefantes en un parque natural del territorio. La foto del personaje con un rifle bajo el brazo y un paquidermo abatido a sus pies pasó a ser un embarazo público para el monarca y una lápida para su nombre entre ecologistas y personas sensibles. En un título como de contrapartida hubo en relación con el mismo país una información simpática, la operación humanitaria de la Fundación Bill & Melinda Gates, con una suma millonaria de asistencia al gobierno para su exitoso programa de lucha contra el sida. Tenemos desde hace poco otro titular para completar tres con los anteriores, uno que se refiere a Botswana pero también a la Argentina al que cerrando la nota aludiremos. Sobre el país africano cabe hasta una historia que podría comenzar con “Había una vez…”, porque ha estado también en una lejana crónica histórica. En el siglo XIX el país se llamaba Bechuanaland y era sólo nombrado por contener el gran desierto de Kalahari y ser potencialmente riquísimo en oro y diamantes. Tenía por entonces dos peligros en sus fronteras, la expansión de los bóeres al sur y del imperio alemán al este. Pero el más temible era un tercer peligro, y de adentro: el brillo de sus enormes riquezas naturales a ojos del legendario Cecil Rhodes, colonizador insaciable y déspota en la empresa sudafricana de diamantes De Beer. Era lógico que los jefes de tribus nativas liderados por Khama, un cacique inteligente y hábil, temieran lo peor y que buscaran un remedio para atajar a Rhodes: obtener el protectorado del imperio británico, interesado en sus tierras sólo para el paso de un ferrocarril a construir. El protectorado de la corona sería, en todo caso, el menor de los males. Khama viajó a la metrópoli en 1895 acompañado por tres caciques tribales, todos dispuestos a lograrlo. Coincidieron allí con dos eventos memorables de los últimos tiempos victorianos: el proceso y prisión de Oscar Wilde y el glorioso centenario de la benemérita Sociedad Misionera de Londres. El relato de su visita a Gran Bretaña está en “El rey Khama y la gran reina blanca”, de Neil Parsons. Se trata de un cuadro del encuentro de dos culturas diferentes y una sátira sobre sus particularidades. Describe humorísticamente la gira inglesa de los africanos ayudados por la influyente Sociedad Misionera, así como las incomodidades de los funcionarios ante huéspedes tan pintorescos. Durante semanas viajaron por el interior cosechando adhesiones con su alegría, sus deslumbramientos y su compostura en público con el whisky. Al fin de su gira ocurrió lo extraordinario: la corona inglesa, impresionada por la simpatía que habían despertado, concedió lo que pedían. Bajo la protección de la reina, el territorio tendría un residente británico y los jefes regirían sus propios pueblos como siempre. El gran Cecil Rhodes no tuvo más remedio que tascar el freno. Dicen que exclamó: “Es profundamente humillante ser batido totalmente por unos negros miserables y sobre todo… ¡a título de abstemios!”. Vengamos más cerca del presente, tal como se lo refiere en la bibliografía. Bechuanaland obtuvo la independencia en 1966 y adoptó un nombre nuevo: Botswana, el actual. Seretze Khama, descendiente de aquel líder del viaje a Inglaterra, fue nombrado caballero por la reina Isabel. Los estados nativos comprendidos supieron después mantener un nivel aceptable en sus instituciones sociales, centralización política y formas de participación en las decisiones. Un sistema de asambleas para las leyes sirvió al orden y la alternancia en el gobierno. “El rey es rey por gracia del pueblo”, levantaron como lema político. Mantuvieron independencia de Gran Bretaña sin perjuicio de admitir el paso del ferrocarril que interesaba a los ingleses. En lo económico, implementaron un agro suficiente; carne y sorgo, los productos principales. Desde 1970 explotaron prudentemente los depósitos de diamantes evitando las guerras “Blood Diamond” (diamante de sangre) que arruinaron a otros países africanos y asegurando no crear grandes inequidades. Los libros dicen que actualmente Botswana es el país de más rápido crecimiento y que tiene el ingreso por habitante más alto de África, al nivel de países europeos del Este o de Costa Rica, entre los latinoamericanos. Un éxito espectacular. La tercera referencia. Poco antes de los recientes comicios presidenciales de México que ganó Peña Nieto con el PRI, se publicó un artículo firmado por Isabel Turrent en el que, comentando un libro de Acemoglu-Robinson, esta escritora de pensamiento positivista planteaba su pregunta sobre el futuro de México bajo el título “Destino político: ¿Botswana o Argentina?”. Explicaba los términos de la disyuntiva. “Botswana”, por el país que es una muestra viva de las políticas que se deben adoptar para progresar en democracia. Con todo en contra, dice, consolidó un sistema democrático y plural, ha usado prudentemente la riqueza de sus diamantes, no ha tenido guerras ni tiene corrupción y ha crecido por décadas a tasas altísimas. “Argentina”, por haber sido la nación más rica de Latinoamérica a principios del siglo XX, un país inmenso y bellísimo que emprendió la vía del subdesarrollo por culpa primero de una aristocracia terrateniente despilfarradora y miope y luego por Perón a partir de los años cuarenta. Escribe: “El peronismo estableció un modo de gobernar que no ha cambiado. Erigió barreras proteccionistas y un sistema político clientelar que la ha convertido en una nación empobrecida y solipsista, incapaz de aprender con el avance de otros países”. México, concluye, está a la mitad del camino, no es ni Argentina ni Botswana. Pero tampoco ha sentado los cimientos de una democracia ni una economía dinámica e innovadora. (*) Doctor en Filosofía