Un problema auténtico

Por Redacción

No bien nos informó el ministro del Interior, Aníbal Fernández, que las empresas eléctricas podrían provocar cortes de energía con el propósito de presionar en favor de un aumento de las tarifas, la Capital Federal fue víctima de un gran apagón -por fortuna muy breve-, que ocasionó una multitud de inconvenientes, desgracia que a ojos tanto del gobierno como de “la gente” sólo habrá servido para confirmar que el sector ha decidido librar una suerte de guerra sucia contra la política económica oficial, sin reparar en los métodos utilizados.  Puesto que siempre es difícil averiguar con precisión las causas de un corte determinado, es de suponer que los más encontrarán convincente la tesis gubernamental, pero aun cuando las sospechas formuladas por Fernández resulten justificadas, el que las autoridades hayan optado por politizar tanto el tema de las tarifas no puede sino tener consecuencias nefastas para el país. Por haber hecho de la negativa de permitir que aumenten las tarifas una de sus principales banderas de lucha, el gobierno se ha comprometido con una política energética cortoplacista que virtualmente garantice que en los años próximos el sistema se deteriore hasta tal punto que los grandes apagones vuelvan a ser rutinarios porque, mal que le pese, sin inversiones adecuadas no habrá posibilidad alguna de que siga funcionando de manera aceptable.  Asimismo, no cabe duda de que la evidente hostilidad del gobierno hacia las empresas energéticas y las esporádicas manifestaciones xenofóbicas de representantes oficialistas incidirán en la actitud asumida por todos los inversores extranjeros en potencia.

Tratar a los empresarios del sector energético como lobbistas desalmados que, luego de haberse enriquecido a costillas del pueblo, quisieran continuar explotándolo puede dar al gobierno algunos beneficios políticos, pero no lo ayudará en absoluto a superar los problemas enormes ocasionados por un default triunfalista seguido por una devaluación salvaje que fue instrumentada de forma grotescamente arbitraria por un presidente comprometido con los llamados “productivos” del conurbano bonaerense. Aunque es de suponer que Néstor Kirchner, un hombre más sofisticado que sus antecesores inmediatos, hubiera obrado de manera más prolija, por motivos políticos se siente constreñido a reivindicar lo ya hecho, razón por la que hasta ahora sus esfuerzos por restaurar la confianza del resto del mundo en el país han dado frutos tan decepcionantes. En diversas oportunidades, el presidente ha señalado que no es su intención provocar enfrentamientos con el empresariado internacional mayormente extranjero que provee servicios públicos esenciales, pero se ha sentido obligado a asumir posturas agresivas que brindan una impresión muy diferente.

Nadie ignora que en la actualidad el país no está en condiciones de soportar tarifas que medidas en dólares serían iguales a las habituales en los años noventa, pero tampoco puede ignorarse que a menos que las inversiones en el sector sean lo suficientes como para cubrir los costos de mantenimiento y de las mejoras necesarias, tendremos que resignarnos a un sistema que funcione cada vez peor. Aunque en todas partes es muy grande la tentación de descuidar esta realidad evidente, de ahí los apagones recientes en América del Norte y Europa, la voluntad comprensible de los gobiernos de mantener artificialmente reducidos los costos energéticos no constituye una solución para los problemas así planteados, sino una forma de intentar trasladar la responsabilidad de enfrentarlos a sus eventuales sucesores. Puesto que en nuestro país la situación es decididamente más traumática de lo que es en el “Primer Mundo”, las alternativas son todavía menos gratas. Por un lado, el gobierno puede continuar tratando a los empresarios del sector energético como enemigos a sabiendas de que si los derrota quedaremos sin luz; por el otro puede hacer un esfuerzo genuino por analizar con objetividad y realismo los problemas para que las tarifas sean compatibles tanto con las posibilidades del país como con sus necesidades. Ya que parece haber elegido considerarlos enemigos, no extrañaría que en los meses próximos los apagones se multiplicarán, obligándonos a pagar todos los costos humanos y económicos correspondientes.


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