Un sistema disfuncional

Redacción

Por Redacción

SEGÚN LO VEO

A la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus partidarios no les gusta demasiado “el mundo”. A su juicio, se trata de un lugar hostil en el que abundan políticos derechistas, neoliberales desalmados, especuladores insaciables que se comportan como aves carroñeras y otras alimañas de la misma especie miserable. Pero no se proponen dejarse intimidar por la incomprensión ajena. Si bien les produce frustración la ceguera obtusa de los dirigentes de otras latitudes que se niegan a tomar en serio el “modelo” nacional y popular, están decididos a mantenerse en sus trece. Como dijo hace poco la jefa del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, al dirigirse a un público conformado por economistas que se enorgullecen de su adhesión a ideas que suponen heterodoxas, “este gobierno desafía el saber convencional” y por lo tanto no le preocupa en absoluto que los calificadores de riesgo, el FMI, la gente de Wall Street, los funcionarios de la Unión Europea y otros sujetos poco imaginativos “nos sigan criticando”. Una vez más, pues, la Argentina se ha visto transformada en un gran laboratorio al servicio de un conjunto reducido de iluminados que se afirman resueltos a probar que ellos tienen razón y virtualmente todos los demás están equivocados. Aunque han sido calamitosos los resultados de los experimentos que a través de vaya a saber cuántas décadas fueron ensayados por otros de actitudes muy parecidas, son muchos los que se sienten convencidos de que, por ser la Argentina un país sui géneris, no servirían aquí modalidades que podrían considerarse apropiadas para los norteamericanos, europeos, australianos, japoneses, chinos y surcoreanos. Es ésta la tesis de Cristina. Con cierta frecuencia, nos asegura que buena parte de los problemas locales se debe a que “el mundo” se está cayendo en pedazos debido a la ineptitud de sus gobernantes, pero que, merced al blindaje que le proporciona su “modelo” particular, la Argentina logrará continuar progresando. Puesto que la economía dista de ser una ciencia exacta, hasta los catedráticos más aferrados a la sabiduría tradicional son heterodoxos a su modo; al fin y al cabo, el heresiarca más notorio de la segunda mitad del siglo pasado fue el “monetarista”, para no decir “neoliberal”, Milton Friedman, un hombre que en opinión de muchos rebeldes locales encarna la ortodoxia imperante. Sea como fuere, con la presunta excepción de algunos voluntaristas excéntricos, todos los economistas coinciden en que no convendría intentar convivir por mucho tiempo con una tasa de inflación de casi el 30% anual que, pensándolo bien, importan las inversiones y que es peligroso procurar manejarse con estadísticas fraudulentas. Lo demás: pesificación o dolarización, barreras proteccionistas o libre comercio, el pro y el contra del dirigismo estatista en un país sin un Estado profesionalizado, los controles de precios, puede discutirse, pero hay ciertos límites, los fijados por la matemática elemental, que incluso los heterodoxos más visionarios tienen que respetar. Hace más de cuarenta años, el notable economista norteamericano Paul Samuelson dividió los países del mundo en cuatro categorías: los desarrollados, los subdesarrollados, el Japón que, a pesar de carecer de recursos naturales y ser de cultura asiática, se enriquecía a un ritmo impresionante, y la Argentina que, además de poseer recursos de todo tipo en cantidades envidiables, tenía una población de origen mayormente europeo, pero que aun así se las arreglaba para depauperarse. A partir de entonces mucho ha cambiado: por motivos en el fondo demográficos los países desarrollados han dejado de ser tan dinámicos como antes, algunos subdesarrollados, como Corea del Sur y China, han avanzado mucho al emular la estrategia del Japón, mientras que a causa del envejecimiento colectivo la economía japonesa se ha estancado. Pero, por desgracia, la Argentina no ha cambiado; a ojos de los demás, sigue siendo el caso más emblemático del fracaso inexplicable. Es verdad que, luego de la implosión del 2001 y 2002, el país disfrutó de un período de crecimiento “a tasas chinas”, pero, así y todo, el ingreso per cápita sigue siendo una mera fracción del norteamericano, europeo occidental, japonés y australiano, sin que haya motivos para suponer que aumente mucho en los años próximos. Antes bien, es posible que caiga nuevamente, aun cuando el complejo sojero continúe generando miles de millones de dólares anuales. Los recursos naturales fácilmente comerciables aseguran a los países que los tienen un colchón, pero sucede que desde comienzos del siglo pasado demasiados lo han usado para dormir, lo que ha sido un error sumamente costoso en una época en que la prosperidad depende cada vez menos de las ventajas naturales y cada vez más del aprovechamiento inteligente de los recursos humanos, una en que equipos pequeños organizados por individuos como Bill Gates y Steve Jobs valen mucho más que miles de pozos de petróleo o decenas de miles de kilómetros cuadrados de tierra apta para el cultivo del yuyo salvador. El sistema socioeconómico argentino es obra de una casta política que se ve dominada por personas de mentalidad populista, es decir, conservadora, que se han acostumbrado a privilegiar, en nombre del bienestar general, sus propios intereses corporativos. Su éxito en dicha empresa se basa en la voluntad de millones de perdedores de creer que sus penurias son consecuencia de las actividades nefastas de una multitud de malhechores codiciosos extranjeros, más sus infames aliados locales que, por motivos insondables, quieren mantenerlos en la pobreza extrema. Huelga decir que los kirchneristas no son los únicos que se dedican a difundir este relato soporífero. También se empeñan en hacerlo los sindicalistas de la CTA de Pablo Micheli y la fracción de la CGT que permanece leal al camionero Hugo Moyano, además de muchos peronistas, radicales y los militantes de las diversas agrupaciones izquierdistas. Se trata de una forma muy eficaz de reconciliarse con el fracaso colectivo imputándolo a la hostilidad implacable de un mundo que, supuestamente, se ha confabulado en contra del país y que, para alcanzar sus objetivos perversos, insiste en recomendarle cursos de acción que han brindado resultados excelentes en otras partes del planeta pero que, según los comprometidos con el establishment populista, no pueden funcionar aquí porque la Argentina es diferente.

JAMES NEILSON


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