Un sueño de muchos quedó hecho trizas por un puñado de violentos

Depo Viedma había recuperado identidad y el “Poli” a pleno como en viejas épocas. La ilusión del ascenso y los violentos que destruyeron ese sueño.



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Alegría tras la clasificación a “semis”. Esa imagen no volvió a repetirse.(Foto: DeViedma )

Un sueño de muchos quedó hecho trizas por un puñado de violentos

El ascenso era la ilusión de la capital rionegrina pero hubo un cierre inesperado de temporada para Deportivo Viedma en el Torneo Nacional de Ascenso.

Fue el menos deseado, no por su rendimiento deportivo o el nivel de su rival, sino por la noche de los incidentes en el polideportivo Cayetano Arias que marcó un antes y un después.

En ese primer duelo de las semifinales, con un discutido doble sobre el final, se generó el peor clima y la posterior agresión hacia los árbitros, que derivó en una dura sanción. Ese fue el factor principal de la despedida en la temporada.

El Tribunal de Disciplina de La Asociación de Clubes no tuvo piedad: sin público en el segundo juego y una multa de casi 250 mil pesos. Pero lo que más se sintió fue la ausencia de sus hinchas, durante toda la temporada fue el “sexto hombre”, como lo había definido el capitán Pedro Franco.

Hacía cuatro años que el equipo viedmense no superaba el repechaje, que no llegaba a semifinales y no colmaba el Cayetano Arias. A base de buenos resultados y un equipo con varios locales, el público respondió con un lleno total en los playoffs.

Por culpa de un puñado de violentos las mil almas se quedaron afuera del gimnasio y Depo Viedma tuvo que seguir la serie bajo un clima complicado.

El equipo santacruceño no dejó pasar la oportunidad para quebrar a su rival que estaba noqueado por estos factores extra deportivos, ganó el segundo punto de visitante para quedar doble match point y con la definición en su reducto.

El martes por la noche le dio la estocada final a un equipo que llegaba herido, con el ánimo por el piso y encima con la dura misión de dar vuelta la serie a menos de dos mil kilómetros de distancia de casa.

La suerte ya estaba echada para el conjunto rionegrino y el resultado sólo fue para decorar (101-77). Si bien el inicio fue favorable para el conjunto que dirige Leandro Hiriart por 8-4, sólo fue un espejismo de cara a la ilusión de alcanzar el milagro de dar vuelta la serie.

Bronca, impotencia, desilusión, tristeza fueron algunos de los sentimientos que afloraron después de ese primer partido de la serie. Los jugadores no lograron superar esas emociones por culpa de un puñado de violentos y el sueño del ascenso, que comenzó a crecer tras una fuerte localía, quedó hecho trizas.

Ahora la dirigencia también deberá replantearse estas situaciones y dejar de lado las excusas de una conspiración, sobre todo cuando hay un antecedente violento de la temporada pasada.

Se fue logrando la identidad durante este tiempo, ese objetivo que tanto le costó recuperar y se echó por la borda en apenas minutos, en esa noche violenta que marcó el destino final para el equipo viedmense.

Las agresiones a los árbitros y los botellazos de unos pocos destruyeron la fiesta en la capital rionegrina. El trabajo de casi un año vuelve a cero.


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