Un volcán llamado Eyjafjalla

Por Redacción

Las líneas aéreas del mundo han sido golpeadas últimamente no sólo por terroristas cuya voluntad de derribar aviones llenos de pasajeros las ha obligado a tomar una serie de precauciones sumamente molestas, por el aumento esporádico del precio del combustible que en ocasiones ha alcanzado niveles muy altos, por los paros ya rutinarios de pilotos y otros inconvenientes sino también por la naturaleza. La erupción de un volcán, de nombre hasta hace poco desconocido por todos salvo un puñado de entusiastas, en Islandia acaba de sumir en el caos más absoluto a la aviación europea, provocando la cancelación de decenas de miles de vuelos programados, dejando varada a una cantidad impresionante de viajeros frustrados, obligando a líderes mundiales como el presidente norteamericano Barack Obama y la canciller alemana Angela Merkel a modificar su agenda de actividades y causando pérdidas económicas multimillonarias. Hasta ahora sólo España, Portugal y, por irónico que parezca, Islandia no se han sentido obligados a ordenar el cierre de su espacio aéreo. Aunque después de algunos días los europeos comenzaban a preguntarse si la nube de cenizas volcánicas producida por Eyjafjalla realmente era tan peligrosa para los aviones como habían supuesto, es lógico que las autoridades políticas de los países afectados hayan optado por asumir una actitud muy cauta. Al fin y al cabo, de producirse un accidente atribuible al volcán serían acusadas de anteponer el afán de lucro de las aerolíneas y los aeropuertos a la seguridad de los pasajeros, lo que desataría un escándalo de proporciones que pondría fin a por lo menos algunas carreras prometedoras y daría pie a una avalancha de demandas legales extraordinariamente costosas. Los encargados de controlar el espacio aéreo europeo no son los únicos que, luego de pensar en lo peor que podría ocurrir, optan por una política de tolerancia cero con el propósito de minimizar los riesgos. También suelen actuar así los gobiernos de virtualmente todos los países cuando se trata de la salud de sus compatriotas, de ahí la reacción rayana con el pánico frente a la aparición de la gripe porcina, una variante que, por fortuna, ha resultado ser menos mortífera que la común que nos visita todos los inviernos. Igualmente contundente ha sido la reacción de muchos gobiernos ante el presunto peligro de que, debido a las actividades del hombre, el planeta se caliente tanto que pronto se haga apenas habitable. Como en el caso de Eyjafjalla, la convicción de que el peligro es bien real y por lo tanto hay que tomar medidas sumamente drásticas cuanto antes, se basa en “modelos matemáticos” que tal vez resulten equivocados. Si lo son y si, como han propuesto los gobiernos de Estados Unidos y la Unión Europea, se gastan los billones de dólares o euros necesarios para cambiar el sistema económico internacional para que produzca menos gases carbónicos, el mundo se habrá empobrecido debido a un sencillo error científico. De todos modos, el que la irrupción de un volcán en un país remoto haya producido un impacto económico y por lo tanto social tan fuerte en el resto de Europa ha servido para recordarnos el poder inmenso de la naturaleza y lo difícil que puede resultar convivir con ella. Mientras que los estragos causados por los terremotos, a menos que desaten tsunamis, suelen limitarse a lugares determinados, las erupciones volcánicas pueden afectar a continentes enteros. En tiempos históricos, erupciones en Islandia e Indonesia modificaron por un rato el clima mundial, provocando hambrunas sin que las víctimas hayan logrado identificar la causa. No hay garantía alguna de que Eyjafjalla deje pronto de emitir nubes de cenizas y gases –según los familiarizados con el volcán, podría seguir haciéndolo por muchos meses más– y existe el peligro de que un vecino todavía mayor entre en actividad. De ser así, las aerolíneas europeas y, si los vientos cambian de dirección, las norteamericanas se encontrarían frente a la alternativa de suspender por mucho tiempo más los vuelos, lo que para muchas empresas significaría la bancarrota, y arriesgarse con la esperanza de que en esta oportunidad los escépticos estén en lo cierto y en verdad las precauciones extremas que se han tomado nunca fueron necesarias.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 768.803 Director: Julio Rajneri Co-directora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación de Editorial Río Negro SA – Miércoles 21 de abril de 2010


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