Una asignatura pendiente

Redacción

Por Redacción

Es probable que en otros tiempos los más resueltos a ayudar a los cubanos a deshacerse de su dictador vitalicio hubieran sido “progresistas” más interesados en la libertad que en la presunta conveniencia de mantener el orden establecido, pero a pesar de todo lo ocurrido en los años últimos Fidel aún puede contar con el respaldo entusiasta de muchas organizaciones que se dicen comprometidas con los derechos humanos y también de personajes como el recién reelegido jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Aníbal Ibarra, que hace poco lo condecoró por sus “servicios a la humanidad”. Por una ironía salvaje de la historia, el último dictador de América Latina, uno que para colmo suele pavonearse en un uniforme militar y que tiene en su haber más violaciones a los derechos humanos que las sumadas por Jorge Rafael Videla y Augusto Pinochet, sigue siendo el ídolo de quienes en teoría se oponen a casi todo cuanto representa, pero que suponen que sus nociones anticapitalistas y el odio que siente por Estados Unidos son méritos más que suficientes como para absolverlo de cualquier culpa por todos los muchos crímenes que ha cometido.

Por razones nada misteriosas, la mentalidad así supuesta ha irritado sobremanera a dirigentes de Europa central que no han olvidado que en vísperas del colapso del imperio soviético muchos “progresistas” occidentales todavía persistían en colaborar con sus opresores, oponiéndose sistemáticamente a los intentos por lo común débiles de los gobiernos de sus propios países de obligarlos a respetar la dignidad humana. Por este motivo, los ex presidentes de Polonia, la República Checa y Hungría, Lech Walesa, Vaclav Havel y Arpad Goncz, acaban de difundir una carta pública en la que exhortan al mundo democrático a respaldar firme y directamente “a los disidentes, prisioneros de conciencia y sus familias” perseguidos por el régimen castrista. Es posible que sus palabras incidan en la actitud de algunos -Walesa, el líder del sindicato Solidarnosc que protagonizó la lucha por la liberación de su país y Havel, un dramaturgo notable, son personas célebres en el mundo entero-, pero muchos otros se resistirán a cambiar de opinión. Para ellos, Castro siempre será el guerrillero romántico de los años cincuenta y Cuba un bastión de resistencia contra el imperialismo yanqui. Lo demás, el destino de personas no tan distintas de ellos mismos, no les importa un bledo.

Por desgracia, no se trata de un mero conflicto ideológico o de la supuesta necesidad de optar entre América Latina por un lado y Estados Unidos por el otro. La conducta de aquellos intelectuales y políticos que, debido a la nostalgia que sienten por las fantasías revolucionarias de su juventud o al fastidio que les produce el poder norteamericano, se proclaman partidarios de Fidel tiene consecuencias bien concretas en la isla. Puede que a primera vista la “solidaridad” de escritores y de políticos extranjeros sea de importancia limitada, pero sirve para que los esbirros del régimen se sientan más fuertes y de este modo con derecho a tratar con más brutalidad a quienes se animan a desafiarlos. Cuando la dictadura encabezada por Videla creía disfrutar de la “comprensión” de los líderes de los países avanzados, no vacilaba en secuestrar, torturar y asesinar a los considerados “subversivos”, pero en cuanto la opinión pública internacional comenzó a pedir a los gobiernos democráticos protestar contra las violaciones a los derechos humanos en la Argentina, decidió intentar actuar con menos ferocidad.

Walesa, Havel y Goncz entienden mucho mejor que la mayoría de los occidentales que si una dictadura cree disfrutar de la aprobación de la intelectualidad extranjera se sentirá libre para aplastar cualquier síntoma de disenso, pero que si se sabe aislada la desmoralización resultante puede socavarla. Asimismo, para que luego de la muerte o derrocamiento de Castro Cuba logre convertirse rápidamente en una democracia, les parece esencial que los demócratas cubanos reciban el apoyo moral del resto del mundo. El que hasta ahora muchos, entre ellos nuestros gobernantes actuales, se hayan negado a respaldarlos es vergonzoso, pero aún no les es demasiado tarde para que cambien de actitud, aunque sólo sea a fin de ahorrarse el desprecio de los sucesores de Fidel.


Es probable que en otros tiempos los más resueltos a ayudar a los cubanos a deshacerse de su dictador vitalicio hubieran sido “progresistas” más interesados en la libertad que en la presunta conveniencia de mantener el orden establecido, pero a pesar de todo lo ocurrido en los años últimos Fidel aún puede contar con el respaldo entusiasta de muchas organizaciones que se dicen comprometidas con los derechos humanos y también de personajes como el recién reelegido jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Aníbal Ibarra, que hace poco lo condecoró por sus “servicios a la humanidad”. Por una ironía salvaje de la historia, el último dictador de América Latina, uno que para colmo suele pavonearse en un uniforme militar y que tiene en su haber más violaciones a los derechos humanos que las sumadas por Jorge Rafael Videla y Augusto Pinochet, sigue siendo el ídolo de quienes en teoría se oponen a casi todo cuanto representa, pero que suponen que sus nociones anticapitalistas y el odio que siente por Estados Unidos son méritos más que suficientes como para absolverlo de cualquier culpa por todos los muchos crímenes que ha cometido.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora