Una buena noticia

De la Rúa y Machinea parecen entender que, cuando de finanzas se trata, la impaciencia suele ser contraproducente. De modo que extrañaría que optaran por relajarse.

Redacción

Por Redacción

Tan acostumbrado está el país a recibir malas noticias desde el frente económico que el anuncio de que en junio se registró un récord histórico de la recaudación fiscal resultó toda una sorpresa, esto a pesar de que debería haber sido previsible a la luz del «impuestazo», la moratoria y el aumento en el anticipo de ganancias. Sea como fuere, por primera vez en mucho tiempo el gobierno ha podido permitirse un grado de optimismo suficiente como para hablar de una «reactivación importante» en los próximos meses sin que sus vaticinios hayan motivado las burlas ni de economistas profesionales ni de políticos a los cuales les gusta profetizar catástrofes por venir. Aunque la mejora servirá para estimular a los deseosos de celebrarla gastándola en seguida a fin de hacer gala de su «solidaridad», tanto el presidente Fernando de la Rúa como el ministro de Economía José Luis Machinea parecen entender muy bien que cuando de las finanzas se trata la impaciencia suele resultar contraproducente, de suerte que extrañaría que optaran por relajarse. Por el contrario, lo más probable es que procuren actuar con más rigor aún al tomar las buenas cifras de junio por una reivindicación de la disciplina fiscal, no por un pretexto para declararse listos para compensar a la población por sus sacrificios.

El objetivo del gobierno ha de consistir en lograr un superávit fiscal permanente, además de «sobrecumplir» con las metas pactadas con el FMI, porque sólo así podrá convencer a los mercados, sobre todo a los internos, de que el país no se dirige hacia una nueva crisis financiera como la que se perfilaba antes de que De la Rúa tomara la decisión de reducir los salarios de los estatales.

Como ha confirmado la experiencia de Estados Unidos y de diversos países europeos, los superávit fiscales inciden de manera contundente en el «clima social»: cuando todos saben que las cuentas están en orden, es normal que se difunda una sensación de optimismo porque no existen motivos para sospechar que estén por producirse barquinazos que obliguen a las autoridades a tomar medidas antipáticas. Es así aun cuando nadie ignore que abundan las lacras sociales y las «asignaturas pendientes». En Estados Unidos la euforia por el buen desempeño de la economía es palpable aunque amplios sectores no se han visto del todo beneficiados por el crecimiento, pero hace varios años el Estado deficitario de las finanzas públicas contribuía a difundir el pesimismo porque el futuro parecía incierto. Por razones similares, los españoles sienten confianza a pesar de la persistencia de una tasa de desocupación del 14,9 por ciento, debido a que los más dan por descontado que la gestión financiera del gobierno de José María Aznar se destaca por su severidad.

La depresión anímica que experimenta la Argentina desde hace varios meses no puede atribuirse solamente a los archiconocidos problemas sociales del país. Ha sido fruto de la idea difundida de que el gobierno se limitaba a demorar la llegada de una crisis abrumadora que pondría en peligro la convertibilidad, desatando así una convulsión socioeconómica de consecuencias imprevisibles, pero sin duda nada buenas. Esta impresión, intensificada por las diatribas de clérigos, políticos y sindicalistas contra el «modelo», o sea, contra el orden económico que impera en todos los países significantes, no será modificada porque en un mes determinado la recaudación impositiva haya superado las expectativas -pesimistas, naturalmente -, de los funcionarios del Ministerio de Economía, pero de alejarse el riesgo de una suerte de colapso fiscal el país no tardaría en librarse del derrotismo que se apoderó de él durante los primeros meses de la gestión aliancista y que, de profundizarse, podría llevarlo a un colapso costosísimo.

Como algunos han señalado, los datos económicos recientes, si bien han sido decepcionantes, no han sido tan malos como para justificar la retórica casi apocalíptica de ciertos ideólogos, pero aunque el origen de la crisis ha sido psicológico esto no quiere decir que haya sido meramente subjetiva: para un país, lo mismo que para una persona, el estado de ánimo es fundamental.


Tan acostumbrado está el país a recibir malas noticias desde el frente económico que el anuncio de que en junio se registró un récord histórico de la recaudación fiscal resultó toda una sorpresa, esto a pesar de que debería haber sido previsible a la luz del "impuestazo", la moratoria y el aumento en el anticipo de ganancias. Sea como fuere, por primera vez en mucho tiempo el gobierno ha podido permitirse un grado de optimismo suficiente como para hablar de una "reactivación importante" en los próximos meses sin que sus vaticinios hayan motivado las burlas ni de economistas profesionales ni de políticos a los cuales les gusta profetizar catástrofes por venir. Aunque la mejora servirá para estimular a los deseosos de celebrarla gastándola en seguida a fin de hacer gala de su "solidaridad", tanto el presidente Fernando de la Rúa como el ministro de Economía José Luis Machinea parecen entender muy bien que cuando de las finanzas se trata la impaciencia suele resultar contraproducente, de suerte que extrañaría que optaran por relajarse. Por el contrario, lo más probable es que procuren actuar con más rigor aún al tomar las buenas cifras de junio por una reivindicación de la disciplina fiscal, no por un pretexto para declararse listos para compensar a la población por sus sacrificios.

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