Una cosa de locos
Luchar por la democracia puede ser emocionante y en ocasiones heroico, pero para quienes creen que la política debería proporcionarles una dosis diaria de sensaciones fuertes vivir en democracia suele resultar muy aburrido. No se trata de un asunto menor; a juzgar por lo que está ocurriendo en Europa, América del Norte y el Japón, las sociedades más prósperas, libres y tolerantes de la historia de nuestra especie están por morir de aburrimiento. Para conseguir los estímulos que necesitan, los hay que se comprometen con causas exóticas: el islamismo, el castrismo y, en algunos casos, con la liberación de los animales o la defensa del medio ambiente contra las actividades contaminantes del género humano con la esperanza apenas disimulada de devolvernos a la Edad de Piedra. Otros se esfuerzan por convencerse de que, no obstante las apariencias, su propio país es en realidad una dictadura y que por lo tanto no les cabe más alternativa que la de alzarse en rebelión contra un statu quo engañoso, reeditando así las hazañas de quienes tuvieron la suerte de vivir en épocas más truculentas. A los partidarios más fervorosos de Cristina no les gusta del todo saberse integrantes del elenco gobernante. Es comprensible: cuando un gobierno ya se ha consolidado en el poder, ser oficialista es propio de conservadores, de personajes que son aburridos por antonomasia. Muchos cristinistas quieren ser revolucionarios como su santo patrono, el Che Guevara. Si bien no se les ocurriría prescindir de los beneficios económicos y laborales que les supone la militancia oficialista, se creen opositores natos decididos a cambiar el mundo. Felizmente para ellos, tienen a mano una solución para el problema de identidad que los atribula: consiste en imaginarse en guerra contra un régimen fantasmal, el poder permanente, una corporación siniestra que, con habilidad extraordinaria, sigue gobernando el país sin que los ciudadanos rasos se hayan enterado de su existencia. Se dicen que es su deber combatirlo por los medios que fueren, reanudando así la gesta libertadora truncada de sus padres o abuelos de la década de los setenta del siglo pasado. Los cristinistas nos aseguran que han logrado desenmascarar al jefe del ejército en las sombras que defiende las estructuras dejadas por el Proceso que supuestamente comenzaron a ser desmanteladas hace casi treinta años pero que en realidad apenas se han modificado; es el comandante Héctor Magnetto. A primera vista, se trata de un contador público anciano, de salud precaria, que maneja con solvencia profesional un grupo periodístico, pero los cristinistas saben que en verdad es mucho más que un ejecutivo exitoso. Lo toman por un personaje de astucia sobrenatural que está detrás de virtualmente todo cuanto sucede no sólo en el país sino también en el resto de América Latina, cuando no en el mundo entero. Si los petroleros de Chubut o Santa Cruz se declaran en huelga, será porque Magnetto les susurró una orden. Si los argentinos prefieren dólares a pesos, es porque Magnetto se ha encargado de lavarles el cerebro, limpiándolo de pensamientos nacionales y reemplazándolos con ideas imperialistas. Si el Fondo Monetario Internacional pone en duda la veracidad de las estadísticas patrias, es porque Magnetto movilizó a sus seguidores neoliberales, ordenándoles difundir sus mentiras asquerosas. Los cristinistas de Unidos y Organizados, La Cámpora, el Movimiento Evita y otras agrupaciones afines ven la mano negra del contador satánico en todas partes. Al estallar hace un par de días las protestas salariales de la Prefectura Naval y Gendarmería, se dieron cuenta enseguida de que, lo mismo que los cacerolazos multitudinarios del 13 de septiembre, se trató de un nuevo intento de “generar un clima de desestabilización a través de una serie de hechos que van en escalada de forma casi guionada por el señor Magnetto”. Parecería que dicho señor se las ingenió para hackear las computadoras de las fuerzas de seguridad y hacer aún más caótico que antes el sistema de pagos, privando a los efectivos de la mitad o más de sus sueldos y asestando así un golpe alevoso al gobierno popular. Frente a un enemigo tan fenomenalmente maligno, los soldados de Cristina se han visto constreñidos a atribuirse el derecho a tomar medidas contundentes. Tienen que frustrar los designios siniestros del mandamás del terrible “monopolio” que, a su entender, se las ha arreglado para transformar a todos los argentinos, salvo un puñado de militantes esclarecidos, en títeres dóciles. Se han propuesto irrumpir en el cuartel general del enemigo el “7D”. Los más entusiastas dicen que será la madre de todos los escraches, la batalla final contra el responsable de casi todas las muchas desgracias nacionales. ¿Qué piensa Magnetto de los esfuerzos de estos aliados fogosos del gobierno de Cristina por hacer de él un personaje malísimo digno de una novela o película de James Bond? ¿Se siente molesto, ofendido, divertido? Es difícil saberlo. Puede que, como el protagonista de un chiste judío –uno más trágico que cómico– según el que un pobre almacenero perseguido por los nazis dijo que le encantaba leer la prensa antisemita porque le informaba que los judíos eran todos ricos, poderosos y tan fabulosamente inteligentes que manipulaban tanto a los comunistas de Moscú como los capitalistas de Londres y Nueva York, a Magnetto le parezca halagüeño que los militantes oficialistas lo crean una especie de supermán ubicuo y omnipotente. O puede que sólo le haya motivado extrañeza el destino insólito que le ha tocado. En la Argentina de los cristinistas, a Magnetto le corresponde el papel desempeñado por Emmanuel Goldstein en la novela “1984” de George Orwell. Goldstein es el enemigo máximo, el blanco de los “dos minutos de odio” que el régimen totalitario del Partido celebra diariamente con el propósito de adoctrinar a un pueblo depauperado. Con todo, si bien es posible que Goldstein no haya existido fuera de la imaginación febril de los propagandistas de una dictadura implacable, Magnetto es una persona física, de carne y hueso aunque, claro está, parece decididamente tenue su relación con el individuo fantasioso del “relato” cada vez más extravagante que están escribiendo Cristina, sus familiares y amigos, los filósofos lamentablemente prosaicos del colectivo Carta Abierta y los pensadores de La Cámpora.
JAMES NEILSON
SEGÚN LO VEO
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