Una misión muy costosa

Por Redacción

En algunos países todos los funcionarios, en especial los más destacados, entienden que nunca les convendría tratar bienes públicos como si formaran parte de su propio patrimonio no sólo porque hacerlo significaría violar la ley sino también porque los “costos políticos” resultantes podrían ser muy pero muy elevados. Aunque en este ámbito como en muchos otros nuestras pautas suelen ser bastante flexibles, a veces se producen casos que, por algún motivo, llaman tanto la atención que bastan como para poner fin a una carrera política promisoria. Puede que el gobernador chaqueño Jorge Capitanich sea una víctima de este fenómeno esporádico. Si bien es posible que logre superar el trance que le ha supuesto la decisión de utilizar el avión oficial de su provincia, un Lear Jet-60, para viajar de vacaciones con sus hijas adolescentes a distintos países de América Central y el Caribe, excursión que, según se informa, costó casi un millón de dólares, no le será nada fácil. Hasta ahora sus intentos de minimizar las eventuales anomalías aludiendo a una “misión oficial” a Panamá para vender arroz y carne y a Haití, según parece por motivos de solidaridad, además de la presunta necesidad de llevar el avión a Panamá para una revisión técnica reglamentaria, no han servido para aplacar a sus críticos que ya se han puesto a preguntarle si el año pasado usó el avión para trasladarse a Río de Janeiro, Punta del Este y Bolivia. Tampoco ha resultado convincente la afirmación de Capitanich de que “el viaje no tuvo ningún costo para la provincia, porque todo lo pagó el seguro”, porque conforme a los entendidos la revisión técnica pudo haberse efectuado en cualquier aeropuerto argentino. De ser así, el viaje a Panamá habrá tenido más que ver con el deseo del gobernador de visitar lugares centroamericanos o caribeños, entre ellos la isla de Curazao, que con la necesidad de asegurar el mantenimiento del avión provincial. Si bien es normal en todas partes que los dirigentes políticos se sientan obligados a asistir a reuniones o “cumbres” celebradas en lugares turísticos atestados de hoteles lujosos, costumbre que les brinda la oportunidad de disfrutar de vacaciones acaso breves a costa de los contribuyentes, en los países democráticos por lo menos suelen hacer un esfuerzo auténtico por distinguir entre lo público y lo privado. En nuestro país, en cambio, parecería que muy pocos se preocupan por tales nimiedades. Por lo demás, como regla general, cuanto más pobre sea una jurisdicción tanto más despilfarradores propenderán a ser sus gobernantes, lo que en cierto modo es lógico porque en las ciudades y provincias relativamente prósperas abundan los dispuestos a cuestionar la conducta de los dirigentes políticos, mientras que en las de tradiciones feudales la mayoría entiende que sus gobernantes son personas privilegiadas con derecho a aprovechar al máximo los bienes públicos disponibles. He aquí una razón por la que el costo económico de la política –de “la democracia”, dirían los funcionarios y legisladores– de provincias paupérrimas es tan inverosímilmente alto en comparación con el de jurisdicciones mucho más grandes, e incomparablemente más ricas, de Estados Unidos o los diversos países de la Unión Europea. Al fin y al cabo, no es ningún secreto que en la Argentina abundan las personas que, a pesar de haber recibido durante décadas sueldos decididamente modestos como funcionarios de gobiernos provinciales o como legisladores, se las han ingeniado para adquirir un patrimonio personal envidiable. El caso protagonizado por Capitanich plantea un dilema a los dirigentes tanto del Chaco como del resto del país, ya que están en juego no sólo la reputación de un gobernador que aspira a desempeñar un papel importante en el escenario nacional sino también aquella de la clase política en su conjunto. Con todo, en el Chaco por lo menos algunos se han resistido a la tentación de cerrar filas en defensa de uno de los suyos. En opinión de un diputado radical provincial, el que el gobernador pudiera haber usado el avión oficial para ir de vacaciones con sus hijas es “una vergüenza que roza la obscenidad”, pero es de suponer que el juicio mayoritario será más caritativo porque, de tener la oportunidad, muchos no vacilarían un solo minuto en hacer lo mismo.


Exit mobile version