Una nueva lógica territorial
Por Ramón Martínez Guarino
A partir de la iniciativa de unificar la Patagonia ha surgido un importante debate sobre la región; con aportes muy interesantes y también, como es lógico, algunos argumentos descartables, como es el caso del ahorro que generaría una sola Legislatura. Pero lo cierto es que el tema es relevante y tiene que ver con los apetitos crecientes que despierta este territorio.
Sobre el potencial del cual está dotada la Patagonia no vale la pena abundar y no es el objeto de esta reflexión, pero es archisabido que esta región tiene la fortaleza que surge de poseer recursos muy codiciados: energía, agua, tierra abundante, bellísimo paisaje y baja contaminación, y la debilidad de ser un territorio despoblado. No hay que extrañarse de que sean crecientes los compradores de tierras, el protagonismo de las petroleras o el manejo concentrado desde fuera de la región que tienen los grandes operadores turísticos. Ultimamente hay mucha gente y muchos intereses movilizados en torno del tema, a tal punto de merecer tapa del New York Time. Vale preguntarse ¿qué hace la Patagonia? ¿qué hacen los patagónicos? ya que, como dice Toffler, cuando no se tiene una estrategia propia, inmediatamente se pasa a formar parte de una ajena.
Hay varios temas en danza, pero el primero tiene que ver con cuál es la región a la que se hace referencia al hablar de la Patagonia. Ese es el principio y allí existen algunos interrogantes que siempre han estado presentes y que hoy conviene retomar:
¿Hay una Patagonia norte y otra sur, o es una sola?
¿La provincia de La Pampa y el sur de la provincia de Buenos Aires forman parte de la Patagonia?
¿Hay una Patagonia argentina y otra chilena, o es sólo Argentina?
Cada una de estas preguntas es fuente de debate y existen diversas posiciones que por momentos se traducen en disputas casi domésticas por la «marca», pero con una mirada amplia puede arribarse a que, en realidad, la Patagonia es una, pero con cuatro componentes o subregiones diferentes, de cuyo reconocimiento puede derivar su fortaleza y unidad: Patagonia Norte; Patagonia Sur; Patagonia Este (o Pampeana) y Patagonia Oeste (o Chilena).
Los límites son referenciales y ni siquiera debieran pensarse como fijos y eternos, al igual que el andamiaje político institucional. Tendrían que ser los más apropiados para la sustentabilidad y la calidad de vida de los habitantes y punto. En este caso cuando hacemos referencia a las cuatro Patagonias sólo estamos reconociendo una situación de partida:
La Patagonia Norte se corresponde con las actuales provincias del Neuquén, Río Negro y una partecita del Chubut.
La Patagonia Sur va desde ese límite hasta Tierra del Fuego, incluyendo el mar territorial y las Malvinas.
La Patagonia Este tiene límites menos precisos, pero podría corresponderse con La Pampa y el sur de la provincia de Buenos Aires.
La Patagonia Oeste es el territorio chileno de la VIII Región hasta Punta Arenas.
Lo de Patagonia Norte y Sur ya está instalado y debatido, incluso fue condicionante del Chubut y Santa Cruz en el momento de firmar el Acta de Santa Rosa, mediante la cual los seis gobernadores acordaron crear la región en junio de 1996, en el marco de la Constitución de 1994.
Lo de la Patagonia Este ordenaría territorialmente lo que hasta ahora se ha definido por presiones políticas de La Pampa, más que por una lógica territorial; en este caso incluyendo además el sur de la provincia de Buenos Aires, que no ha podido manifestar mayormente sus intereses ante el poder centralizador de su capital. Sin duda éste es un territorio diferente, pero la diversidad puede ser una ventaja más que un inconveniente. Si la intención fuera restringir el territorio patagónico a los efectos de no extender ciertas ventajas promocionales impositivas (como ha ocurrido) es una cosa; si se tratara de dotar de fortaleza y sustentabilidad a la región, es otra.
El reconocimiento de una Patagonia Oeste, en otro país, supone una interpretación de la integración con Chile y las relaciones con los países del Pacífico, muy distinta de las posiciones beligerantes y anti chilenas. Con Chile como enemigo, la Patagonia nunca será plena ni segura. No tanto desde lo bélico, sino desde otros aspectos más sutiles y vulnerables. En cambio una Patagonia Oeste ensamblada (económicamente, en los circuitos turísticos, en los corredores bioceánicos, en la creación de conocimientos, en la cultura) no sólo fortalece la región, sino que crea una situación interna (territorialmente hablando), donde la integración del sur chileno es más cercana y natural con el sur argentino que con su norte distante.
Con esos cuatro componentes, identificados y armonizados, cada uno con su peculiaridad, la Patagonia tendría una lógica territorial formidable para dialogar con el país y el mundo de otra manera.
Para ser región no son suficientes los límites (concepto defensivo), se requiere una solidez estructural interna, que unifique a las partes, les dé identidad, mejor aprovechamiento de sus potencialidades y asegure su sustentabilidad. Eso es sólo posible con una historia y un proyecto futuro, lo que equivale a tener un «Proyecto Patagónico».
La historia está, habrá que reinterpretarla a la luz de una mirada inteligente y si fuera posible más rigurosa que la hecha hasta el presente. El futuro en cambio no está y depende de las definiciones que se tomen de aquí en más, especialmente en las estrategias territoriales, en la preservación de la identidad, en cómo se manejen los recursos energéticos, cómo se articule el poder político-administrativo, cómo se involucre la gente, cómo funcionen las empresas y los mercados patagónicos, como jueguen las universidades y los centros generadores de conocimiento, cómo se distribuya el poder. Esas cosas hacen a la existencia de la región, a su capacidad de sobrevivir la crisis del país sin confundirse con situaciones «ventajosas», ni caer en tentaciones separatistas mágicas.
Es una tarea que debería comenzar ya, pero pensando al menos en los próximos cincuenta años. Esto es muy difícil en un país que ha borroneado el futuro de tal manera que no se sabe lo que ocurrirá mañana, pero habría que intentarlo. Habría que construir una nueva lógica territorial capaz de atravesar todos los niveles, desde los actuales límites provinciales, sus departamentos, los pequeños pueblitos abandonados, los establecimientos rurales, donde la identidad patagónica esté presente no para esconderse, sino para relacionarse con el mundo desde sus fortalezas.
Profesor de Gestión Territorial y Urbana en el posgrado de la Facultad de Arquitectura de Montevideo;
coordinador del GEUM (Centro de Estudios Urbanos y Microrregionales);
ex secretario de Estado del Copade.