Una “revolución incompleta”
Por Bruno Bartoloni
Hace cuarenta años se abrió en la basílica de San Pedro, del Vaticano, el Concilio Vaticano II, la asamblea plenaria de obispos que marcó una suerte de “revolución incompleta” dentro de las estructuras de la Iglesia Católica. De esa “revolución incompleta”, en la que participó el actual papa Juan Pablo II, entonces monseñor Karol Wojtyla, obispo de Cracovia, sobrevive un puñado de eclesiásticos.
El aniversario de esa importante reunión, a la que asistieron 2.500, no será conmemorado oficialmente y es probable que el pontífice se limite a evocar el Concilio durante la audiencia general del miércoles.
Al convocar el Vaticano II, Juan XXIII, entonces de 77 años y ya enfermo, no sabía exactamente el alcance de la iniciativa y creía que podía clausurar los trabajos tras una sola sesión. Se necesitaron cuatro asambleas plenarias y el Concilio duró tres años. Mientras tanto Juan XXIII falleció, en 1963, y fue reemplazado por Pablo VI, una figura más intelectual y liberal, que suscitaba desconfianza entre los sectores ultraconservadores.
“El Concilio no fue traicionado, menos aún en su espíritu y sus objetivos fundamentales, a pesar de lo que afirman algunos críticos”, aseguró Gian Franco Svidercoschi, ex vicedirector del “Osservatore Romano”, el diario oficial del Vaticano y autor de un libro sobre el Vaticano II (“Un Concilio que continúa”, ediciones Ancora). “No creo que el actual Papa convoque el Concilio Vaticano III, como aseguró el cardenal italiano Carlo María Martini. Un Concilio ahora, con su capacidad de decisión, es prematuro”, agregó Svidercoschi.
“No era tampoco la obra del Anticristo, como decían algunos eclesiásticos, aterrorizados con la palabra ‘reforma’. La revolución iniciada con ese Concilio no se ha completado”, agregó.
Por su parte, el cardenal Martini espera que sea convocado un nuevo Concilio que aborde asuntos disciplinarios y doctrinales, sobre todo después de los escándalos que han afectado a la Iglesia y sus miembros, como la pederastia y los abusos sexuales.
El eventual Concilio Vaticano III debería, según el purpurado, examinar también el problema de la mujer en la sociedad y en la Iglesia, la participación de los laicos en algunas responsabilidades ministeriales, la sexualidad, el matrimonio, la relación entre las leyes civiles y los deberes morales. Es evidente que la convocatoria de los 4.500 obispos con los que cuenta actualmente la Iglesia implica una serie de problemas organizativos comparables a los registrados en 1962 para traer a Roma a 2.500, o en 1870, para reunir los 700 obispos del Concilio Vaticano I.
Para Gian Franco Svidercoschi, la decisión más revolucionaria del último Concilio fue la introducción del concepto de libertad religiosa, que era rechazado por la Iglesia, convencida de que era la única depositaria de la verdad.
La eliminación de la lectura en latín de la misa y el hecho de que los sacerdotes la oficiaran mirando a los asistentes, en lugar de espaldas, fue para algunos católicos “una experiencia chocante”, recuerda el experto.
El cambio de la liturgia y la ausencia del latín fueron uno de los aspectos que recibieron más críticas del ultraconservador arzobispo Marcel Lefebvre, quien protagonizó el primer cisma de la Iglesia contemporánea.
El Concilio Vaticano II terminó con la promulgación de 16 documentos, entre ellos la constitución dogmática “Lumen gentium” (La luz de las gentes), la menos aplicada.
(AFP)
Hace cuarenta años se abrió en la basílica de San Pedro, del Vaticano, el Concilio Vaticano II, la asamblea plenaria de obispos que marcó una suerte de “revolución incompleta” dentro de las estructuras de la Iglesia Católica. De esa “revolución incompleta”, en la que participó el actual papa Juan Pablo II, entonces monseñor Karol Wojtyla, obispo de Cracovia, sobrevive un puñado de eclesiásticos.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora