Una tragedia educativa

La pandemia golpeó con dureza a los países latinoamericanos y a la Argentina en particular, castigando no solo a la salud de su población, sino que además agravó problemas estructurales como el desempleo, la pobreza, el hambre y la desigualdad social. Uno de los sectores más hostigados es sin dudas el educativo, lo que obligará a nuestro país a planificar cuidadosamente el regreso a las aulas y realizar enormes esfuerzos para contener los daños a un sistema que ya tenía graves fallas y afecta negativamente el futuro de niños y adolescentes.

Esta semana la Unesco reveló que un tercio de los estudiantes del mundo fue marginado del sistema por el cierre de los establecimientos. Cientos de millones de chicos de sectores vulnerables perdieron el acceso a la enseñanza y posiblemente nunca continúen el proceso, a menos que los Estados inviertan masivamente en conectividad, apoyo a las familias, capacitación docente y escuelas seguras para el regreso de clases presenciales.

En nuestro país se conocieron los resultados de los exámenes Aprender 2019, realizados antes de la irrupción del virus. Un 72% del alumnado de secundaria no llega al nivel satisfactorio en Matemática y el 42% no entiende conceptos básicos. En Lengua e Historia los resultados fueron mejores. El informe agrega otro dato preocupante: solo el 63% de los estudiantes termina la secundaria y apenas el 29% lo hace en tiempo y forma.

La pandemia obligó a cerrar establecimientos y a los sistemas educativos de todas las provincias a improvisar sistemas a distancia, mediante cuadernillos con contenidos pedagógicos y tutorías virtuales que resultaron insuficientes en niveles primario y secundario, por los graves problemas de conectividad y acceso a tecnología de los sectores más pobres. Y evidenció que la interacción personal docente-alumno es aún insustituible.

Los medios se poblaron de testimonios de chicos estresados y angustiados por el encierro y la falta de contacto con sus pares, cada vez más apáticos y renuentes a las clases. También de docentes agotados y sobrepasados por la falta de recursos y limitaciones para aplicar las consignas de los ministerios. Y padres angustiados por el escaso aprendizaje y la imposibilidad de ayudar a sus hijos.

La pandemia además agravó problemas que inciden en lo educativo como adicciones, embarazo adolescente, abusos sexuales y violencia intrafamiliar y de género. Más niños y adolescentes salen a trabajar para apuntalar los ingresos familiares o deben dedicarse a tareas de cuidado, postergando o abandonando los estudios.

Jurisdicciones, como CABA, partidos de Buenos Aires y provincias con bajos niveles de contagio comenzaron a ensayar un limitado retorno de modalidades presenciales y semipresenciales de clases, apuntando a quienes no habían tenido contacto con docentes desde marzo. También escuelas privadas comenzaron con actividades. En Río Negro y Neuquén, en pleno pico de contagios, parece lejana hoy cualquier reapertura.

En medio de la crisis, la educación ha quedado relegada no solo de la agenda de los gobiernos, sino de la población. Los sondeos muestran al desempleo, el virus, el dólar, la inflación, la inseguridad o la reforma judicial como las principales preocupaciones. La educación casi no figura.

Este fin de ciclo debiera servir para ensayar y planificar el ciclo lectivo 2021, que comenzará sin vacuna contra el coronavirus. Será necesario, de acuerdo a la situación epidemiológica, combinar presencialidad y educación virtual. Planificar cómo será la educación con distancia social, como en otros lugares del mundo. Fijar protocolos de actuación ante contagios y cierre de establecimientos si hay brotes. Ensayar soluciones creativas sobre el uso del espacio escolar, actividades al aire libre, etc. Sin dudas cualquier diseño debe incluir la participación de toda la comunidad educativa.

La peor opción es seguir mirando para otro lado: el Estado y la sociedad no pueden renunciar a una herramienta clave para mitigar las desigualdades sociales que la pandemia ha profundizado.


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