Una visión pesimista

Por Redacción

De confiar “el mundo” en que la Argentina por fin lograría poner en marcha un programa de reformas económicas, políticas y sociales que le permitiría emular a otros países que consiguieron triplicar su ingreso per cápita en el lapso de una sola generación, el problema planteado por la deuda pública -de la que, no lo olvidemos, más de una tercera parte corresponde a argentinos- pronto dejaría de parecer tan “aplastante” como afirmó el presidente Néstor Kirchner en la arenga que pronunció ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. En tal caso, no sería ni necesaria ni deseable una “quita” draconiana como la reclamada en tonos amenazantes tanto por el ministro de Economía Roberto Lavagna y el presidente mismo: siempre y cuando el país desistiera de aprovechar cualquier manifestación de paciencia por parte de los acreedores para endeudarse todavía más, como ya ha hecho en tantas ocasiones, no le resultaría excesivamente difícil salir de la trampa en la que ha caído.     

Aunque a juicio de muchos el gobierno ha manejado la economía con más sensatez de lo que habían previsto, al asumir frente al resto del mundo una postura agresiva, tratando a todos los acreedores, sin excluir a los jubilados argentinos que fueron obligados a “invertir” en las AFJP, como si los creyeran delincuentes o, cuando menos, cómplices conscientes de los autores del desaguisado fenomenal producido por nuestra clase dirigente, está informándole en efecto que en su opinión el país no tiene remedio, que si bien podrá crecer bastante en los años próximos, sería absurdo suponer que esté en condiciones de reducir mucho el abismo que lo separa de Asia oriental, Europa occidental, América del Norte y Australia. Es que desde que los peronistas desplazaron al presidente Fernando de la Rúa, la retórica oficial se ha caracterizado no sólo por la humildad en cuanto a las perspectivas frente al país sino también por la noción de que a nadie salvo un delirante podría ocurrírsele imaginar que la Argentina sería capaz de modernizarse con cierta rapidez. Será por eso que en Nueva York el presidente Kirchner, lejos de declarar que la Argentina ha aprendido algo de los errores cometidos y que por lo tanto merecía ser considerada un país lleno de oportunidades para los interesados en compartirlas, optó por tomarla por una nación casi moribunda, víctima de la estupidez y malicia de otros, al aseverar -pasando por alto los problemas que enfrentarían los herederos- que “nunca se supo de nadie que pudiera cobrar deuda alguna a los que están muertos”. Puede que la autocompasión así exhibida haya resultado grata a oídos del auditorio interno, pero acaso sería mejor que el presidente de la República se acostumbrara a hablar de forma más optimista tanto en el país como en el exterior.

Aunque el gobierno ha logrado dotarse de una imagen progresista y en ámbitos determinados ha actuado con decisión y vigor, parecería que su objetivo principal consiste en aferrarse al statu quo por miedo a las grandes batallas políticas que le esperarían si intentara impulsar los cambios necesarios para que el país lograra modernizarse lo bastante como para satisfacer las expectativas mínimas de la mayoría de sus habitantes. Tal actitud puede entenderse. Hasta en países “avanzados” como Francia, Alemania e Italia, a los gobernantes les está resultando sumamente difícil llevar a cabo reformas mucho menos radicales que las precisadas aquí. Con todo, el que el “proyecto Kirchner” sea en el fondo conservador por basarse en la supuesta importancia de“luchar” en defensa de esquemas corporativos cuyo fracaso no podría ser más evidente, significa que a lo sumo conseguirá estabilizar la mediocridad imperante, ahorrándonos así las convulsiones que a comienzos del año pasado muchos temían pero al costo de resignarnos a ver ampliarse cada vez más la distancia ya sideral que nos separa del Primer Mundo y de este modo condenar a nuestros descendientes a una vida incomparablemente más estrecha que la que disfrutarían si nos gobernaran hombres y mujeres equiparables con sus homólogos de España o, mejor aún, con los artífices de los “milagros” protagonizados por países como Singapur y Taiwán.          


Exit mobile version