Uritorco

Por Redacción

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MARÍA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com

Antes que realidad, antes que se acercara el tiempo maya del final, antes de ser el motivo de un viaje con amigas, fue una esperanza. Años y años, miles de quilómetros de por medio, charlas telefónicas de por medio, fue la cita que alguna vez cumpliríamos con mi hermana Nina. “Y subiremos al Uritorco”, bromeábamos. O no. ¿Quién sabe cómo se labran los caminos de los sueños? De modo que mientras se postergaba, sin fecha de vencimiento, aquí, en medio de los vientos patagónicos, se armaba el viaje. Potenciado por la fecha mítica del 21 del 12 del 2012. Eso pasa cuando se tamiza con criterio occidental y cristiano una cosmología absolutamente distinta. ¡Cómo se estarán riendo los mayas! Sin embargo, fueron impulsores del viaje, porque se alinearon no sólo los planetas, lo que sí es un hecho; sino porque tejiendo amistades y actividades distintas, al menos para mí, fue con otra hermana, Margarita, y dos nuevas amigas, Makis y Mary, que afrontamos los abundantes quilómetros en pos del Uritorco. ************* No pudo ser el 21. Fue unos días antes, atravesando esta variada geografía que pasa de las bardas y el desierto a las amables praderas pampeanas, bordea las sierras puntanas y se precipita en Capilla del Monte, el albergue del Uritorco. Debo decirle: no me impresionó. No sé qué esperaba, quizás alguna señal cósmica, alguna sensación, alguna energía especial. Ahí estaba, difícilmente distinguible de los demás cerros, porque no emerge como nuestro Lanín; es parte de una cadena montañosa similar, y la mejor manera de encontrarlo es siguiendo cartelitos que indican el camino adornado con retratos de extraterrestres y naves espaciales, al mejor estilo “Expedientes X”, hasta llegar a una sinuosa escalera de piedra al pie de la cual corre -¿corre?- un arroyo seco por completo, y atravesando un puente colgante, o caminando por el arroyo arenoso, salteando sus piedras, está. ¿Qué está? Una prosaica confitería y un par de representantes de la familia concesionaria del cerro, quienes explican cuánto cuesta subir y cuánto tiempo se tarda -insume varias horas-, en caso que quiera afrontar la escalada. Yo no lo haría, cuestión que ya había decidido, realistamente, visto mi endeble estado atlético. En realidad, fui en busca de los artesanos que se congregan, y eso fue lo mejor, materialmente hablando, además de la convivencia enriquecedora que depara un viaje plagado de risas y anécdotas. Un par de días, caminando las calles de Capilla del Monte, y asistiendo a las más esotéricas convocatorias: charlas angélicas, danzas del despertar de la tierra, personas de todas las edades de largas y flotantes vestiduras y largos y flotantes pelos, una suerte de festival hippie serrano. Y un cielo que se cae de estrellas. Si Uritorco, más que un lugar es una mística, lo encontré en Merlo. Esta encantadora población de San Luis tiene algo, se lo aseguro. ************* Sus cerros son amables y contoneados de verdes frescos, y sus arroyos fluyen puros y cantarines, y los zorros te miran sin miedo en el camino, y sus piedras son maravillosas. Es como entrar a la cueva de Aladino a cielo abierto. Su energía se siente y te atraviesa… Sí, me gustaría volver. Se lo voy a proponer a Nina.


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