Uruguay mira a las Malvinas
En los últimos años el agresivo y prepotente gobierno nacional argentino, sumado al provincial entrerriano, puso en marcha toda una serie de medidas unilaterales con el propósito escondido de dañar la economía de nuestros vecinos orientales. Lo hizo aparentemente en absurda actitud de presión y represalia porque nuestro país perdió el pleito por las “pasteras” y debe hoy limitarse a contemplar –en silencio– cómo ellas trabajan (y generan riqueza) del otro lado del río que sirve de frontera entre los dos países; entre esas medidas, algunas últimas que tienen que ver con el alije, que han perjudicado –mucho– a los puertos uruguayos en el río Uruguay. Mientras tanto, Argentina exigió a Uruguay que prohibiera el amarre de buques con bandera de Malvinas en sus puertos. Así sucedió. Esto, como era de suponer, derivó en una caída de la actividad económica en Uruguay, provocando una pérdida importante de trabajo portuario en la Banda Oriental, con agentes, proveedores, estibadores, agencias marítimas, etcétera, cuyos volúmenes de negocios mermaron significativamente. Pese a ello Argentina le siguió pegando deliberadamente a Uruguay, sin solución de continuidad, como si este país no pudiera, de pronto, devolverle ese tipo de tontas “amabilidades”. Pero, tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe. En efecto, una delegación de legisladores orientales, hartos de las agresiones comerciales argentinas, viajó recientemente a las Islas Malvinas en procura de resucitar viejos vínculos, encabezados por el legislador del Partido Nacional Jaime Trobo. Lo hizo en procura de comenzar a reestructurar un flujo de negocios que se estima en unos 300 millones de dólares por año y que puede incluso suponer que la lana de Malvinas se lave –y procese– en Uruguay, con un efecto multiplicador de la actividad económica aún mayor, y que se puedan vender alimentos básicos orientales a los isleños, así como que los barcos hagan escala en Montevideo. Todavía se está lejos de haber comenzado a resucitar un flujo comercial que ha desaparecido, pese a que era tradicional hasta hace apenas una década. Con ese propósito se ha comenzado a trabajar. Esto es consecuencia de la torpe miopía de quienes diseñan y manejan nuestra política exterior, que no anticiparon que la presión y el daño constante a la economía uruguaya iban a producir, como resultado inexorable, que a Uruguay ya no le importe tanto defender nuestra soberanía en el Atlántico Sur, pagando además ellos la cuenta por esa defensa. Habrá que trabajar intensamente sobre esto y procurar descomprimir las tensiones y agresividades que vienen siendo desplegadas contra Uruguay, país hermano que no merece el trato que le damos ni por hermandad ni por conducta. Donde las dan, las toman. (*) Analista del Grupo Agenda Internacional
GUSTAVO CHOPITEA (*)