Variantes limitadas
Si bien se equivocan los que dicen que los precandidatos presidenciales mejor ubicados carecen de propuestas llamativas -Adolfo Rodríguez Saá quisiera borrar toda la legislación vigente y, antes de que Washington lo desautorizara, Carlos Menem afirmó que dolarizaría la economía-, ya parece evidente que quienes a comienzos del año esperaban que el país pronto experimentara una transformación fundamental tendrán que conformarse con una versión más pobre del existente. Es que tanto aquí como en muchas otras partes de América Latina, el peligro principal no es que se produzca una revolución neocastrista ni una recaída en el populismo de derecha tradicional, sino que la región se deslizara hacia un futuro signado por más ineptitud, más corrupción y más delincuencia, resignándose a ser una inmensa villa miseria con algunos reductos blindados habitados por plutócratas fabulosamente ricos. Aunque muchos se niegan a darse por enterados, todo hace pensar que los debates entre los escasos partidarios del capitalismo liberal por un lado y los muchos que están en favor de una «alternativa» que hasta ahora no han sabido definir ya han sido ganados por descarte por aquéllos. Después de todo, sería difícil concebir circunstancias más favorables para los deseosos de reemplazar el llamado «modelo» por otro radicalmente distinto que las imperantes en los meses que siguieron al derrocamiento del gobierno del presidente Fernando de la Rúa, pero a pesar de que muchos hayan tratado de brindar la impresión de estar a punto de presentar a la ciudadanía sus planes salvadores, todavía no se han visto más que las consignas de siempre.
Es posible que América Latina aún nos tenga reservadas algunas «revoluciones» izquierdistas o populistas y es por lo menos factible que en la Argentina, de la mano de los Rodríguez Saá y sus compañeros, se concrete una variante de este género tan típico y tan destructivo. Sin embargo, no cabe duda alguna de que en tal caso los resultados serían a lo mejor decepcionantes y a lo peor trágicos, porque a esta altura debería sernos dolorosamente evidente que los grandes problemas de casi todos los países de la región tienen que ver con la ineficacia institucionalizada que los ha hecho incapaces de funcionar mínimamente bien en el mundo actual, realidad que muchos han procurado soslayar imaginando esquemas internacionales inéditos como si creyeran que nada sería más fácil que inventar un orden económico mundial en el que una versión del corporativismo latinoamericano podría prosperar.
El Primer Mundo ha contribuido de dos maneras al desastre que se ha concretado aquí y que podría repetirse en el Brasil. Una está vinculada con el avance constante de la tecnología que ha modificado drásticamente los sistemas de producción y, las comunicaciones mediante, ha impulsado la globalización. No hay nada que los países latinoamericanos puedan hacer para retrotraernos a los años cincuenta. Otra ha consistido en erigir barreras proteccionistas virtualmente impenetrables que han tenido un impacto brutal en el desarrollo de nuestra agricultura e industria. Ultimamente, algunos dirigentes norteamericanos y europeos parecen haberse dado cuenta de los perjuicios colosales ocasionados por su egoísmo, pero por desgracia los lobbies proteccionistas de Estados Unidos, la Unión Europea y el Japón siguen siendo muy poderosos y nos costará mucho derrotarlos. Con todo, el atraso de la región se debe principalmente a factores internos de los que los más importantes están relacionados con intereses creados políticos, sindicales, financieros y empresarios que se oponen con tenacidad a todos los intentos de poner en marcha un auténtico proceso de modernización que, es innecesario decirlo, tendría que comenzar con una reforma drástica del Estado no para «achicarlo» sino para convertirlo en un conjunto de instrumentos sumamente eficaces, exigencia ésta que según parece muy pocos consideran prioritaria. Mientras esto no suceda, empero, todos los «proyectos nacionales», «perfiles productivos», «estrategias de desarrollo» y «luchas» sectoriales sólo servirán para repartir de modo levemente distinto los recursos penosamente exiguos que puedan generar sociedades premodernas que se resistan con tenacidad perversa a evolucionar con los tiempos.
Si bien se equivocan los que dicen que los precandidatos presidenciales mejor ubicados carecen de propuestas llamativas -Adolfo Rodríguez Saá quisiera borrar toda la legislación vigente y, antes de que Washington lo desautorizara, Carlos Menem afirmó que dolarizaría la economía-, ya parece evidente que quienes a comienzos del año esperaban que el país pronto experimentara una transformación fundamental tendrán que conformarse con una versión más pobre del existente. Es que tanto aquí como en muchas otras partes de América Latina, el peligro principal no es que se produzca una revolución neocastrista ni una recaída en el populismo de derecha tradicional, sino que la región se deslizara hacia un futuro signado por más ineptitud, más corrupción y más delincuencia, resignándose a ser una inmensa villa miseria con algunos reductos blindados habitados por plutócratas fabulosamente ricos. Aunque muchos se niegan a darse por enterados, todo hace pensar que los debates entre los escasos partidarios del capitalismo liberal por un lado y los muchos que están en favor de una "alternativa" que hasta ahora no han sabido definir ya han sido ganados por descarte por aquéllos. Después de todo, sería difícil concebir circunstancias más favorables para los deseosos de reemplazar el llamado "modelo" por otro radicalmente distinto que las imperantes en los meses que siguieron al derrocamiento del gobierno del presidente Fernando de la Rúa, pero a pesar de que muchos hayan tratado de brindar la impresión de estar a punto de presentar a la ciudadanía sus planes salvadores, todavía no se han visto más que las consignas de siempre.
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