Vas de titular
“Vas de titular. El fútbol es así, como la vida”. Tras veinte fechas consecutivas como suplente en las que se sintió invisible, Isidoro Reyes escucha que el DT lo apura. Jugará de entrada por primera vez en el torneo. Sus compañeros ya salieron del vestuario pero él todavía no se cambió. Se le vienen a la cabeza sus dos momentos de gran protagonismo. En un partido entró en los últimos cinco minutos cuando ganaban 4-1, el rival ya tenía dos expulsados y él pudo sacar un lateral. En el otro quedaba un minuto y al final el DT le dijo: “Te puse para hacer tiempo”. Reyes, sacándose las medias, rememorando tiempos mejores y sin mirarlo, le dijo que no estaba seguro de si era necesario decir esas cosas. No sabe si el DT lo escuchó aquella vez pero sí se acuerda de que en ese momento pensó en “Mentiras piadosas”, la canción de Sabina que empieza afirmando que “la pasión por definición no puede durar” y que en un tramo dice: “No seas absurdo, me regañó, esa explicación nadie te la pidió / así que guárdatela, me pone enferma tanta sinceridad”. Le dieron ganas de putear al DT y dejar el fútbol. Por suerte, se dijo, eso ya había pasado. Estaba frente a su gran oportunidad para mostrarse y ganarse el puesto de volante por derecha. Pero había llegado tarde al vestuario y no terminaba de cambiarse. Se desesperó. Se enojó. Por un lado creía que era su responsabilidad no haber llegado a tiempo y por el otro se preguntaba: “¿Justo cuando no llego en horario me pone de titular? ¿Será a propósito? ¿Alguien que te conoce puede tener esa maldad?”. La misma sensación ya lo había atravesado otras veces en su vida y lo llevaba a plantearse lo mismo: “¿Cuál es el límite para insistir cuando uno no se siente valorado? ¿Cuánto hay que tolerar? ¿Tengo que abandonar lo que creo que me corresponde? ¿O reclamarlo? ¿A qué precio?”. El tiempo, espeso, sin continuidad, se consumía. Al fin se puso las medias y los botines. Se ató los cordones. Escuchó el silbato. Corrió. Cuando llegó a la cancha el partido ya había empezado. El árbitro lo dejó entrar enseguida. En una de las primeras jugadas forcejeó con un rival. Sintió un codazo en el pómulo derecho. Cuando logró abrir los ojos vio a su mujer acostada al lado suyo en la cama. Ella se desperezó y le dijo: “¿Vos no tenías que ir a jugar al fútbol? Vas a llegar tarde”. Reyes se refregó los ojos y le respondió: “¿Para qué voy a ir si nunca me pone?”.
Juan Ignacio Pereyra